De vez en cuando experimento una sensación de satisfacción cuando alguien se detiene en este blog el tiempo suficiente como para sentirse atraído por él. Debo confesar que no escribo sólo para mí, lo hago a la búsqueda del lector, como el pescador de caña que ensarta el cebo al extremo del sedal, con la esperanza de capturar una presa que merezca el trabajo invertido. No obstante también confieso que de no ser así lo seguiría haciendo, porque mi ego lo acaba exigiendo.
Esta entrada obedece a la última situación. El Hombre Tranquilo es una magnífica –Homérica- película de John Ford que nadie en su juicio debe perderse… 7 nominaciones y dos Oscar en 1952: al mejor director y a la mejor fotografía en color.
John Wayne y Maureen O’Hara protagonizan esta película en los que los secundarios Barry Fitgerald, Ward Bond y Victor MacLaglen bordan cada uno de los planos.
Nos deja frases como:
-¿Un vaso de leche? Ni los Borgia eran tan ruines…
-¡Lo lamentará hasta el día de su muerte, si vive hasta entonces!
—Esta mañana se tomó algunas libertades con mi hermana. —Sólo le deseé buenos días. —Sí, pero pensaba en buenas noches.
-Oh, sí, conozco a tu familia, Sean. Tu abuelo murió en Australia ahorcado en un penal. Y tu padre también era un buen hombre.
-Tenga este palo para pegar a su encantadora esposa…
Cine en estado puro, y no hagan caso si alguien les dice que es una trasnochada comedia pasada de años. Quizás es ingenua, pero no ñoña. Propone valores fuera de lugar estos días como la honradez o la firmeza de carácter.
Ford consigue evocación y ternura contraponiendo dos armarios roperos del tamaño de Wayne y MacLaglen con la salvaje belleza de Maureen O’Hara, muy por delante de su época.
Encontrarán una descripción extraordinaria en la siguiente dirección.
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