SINOPSIS



Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.

Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.

Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.

La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.


Mostrando entradas con la etiqueta NOVELA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NOVELA. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de marzo de 2017

FALCÓ. ARTURO PEREZ-REVERTE. VUELVE EL HOMBRE


El pasado fin de semana leí Falcó. Con retraso, mi hija me lo regaló en Noviembre, hasta que llegó su momento. La última de Perez Reverte me ha dejado un regusto a los primeros Alatristes que devoraba de una sentada un día cualquiera de las vacaciones de Navidad de los 90’s mientras mis hijos jugaban en la alfombra y yo leía tendido en el sofá.
Es una novela corta, justa diría yo, de las que se leen en un par de sentadas, de pocos personajes, aunque bien dibujados: el Almirante, Paquito Araña, Lisardo Queralt –este promete-, Eva Rengel… Que repetirán en las próximas entregas. Ambiente de retaguardia, la trastienda del conflicto bélico, aquel en el que se mueven los hombres de negocios turbios, los políticos camaleónicos, los tuercevelas que nunca faltan, militares salvapatrias, radicales de opereta bolivariana ochenta años antes del concepto chavista venezolano. Me transportó a la época con solvencia documental. Referencias las justas, ambientes perfilados: Hotel, fiestas, calles, pisos, luces, muebles, licores, telas…
De joven leí un relato que mi padre conservaba en su biblioteca, un libro de formato bolsillo, de papel grisáceo e impresión irregular. Contaba una historia de paseíllos y checas, conceptos que todavía susurraba mi abuela paterna pasados apenas 25 años del final de la guerra. No recuerdo el título, aquel libro desapareció del montón apilado en el suelo, estaba desencuadernado y sin tapas, pero yo acerté a leerlo antes de que se perdiera en el olvido. No entro en la parcialidad de su autor, pero recuerdo el ambiente tenebroso de las calles de un Madrid para mí entonces desconocido,  de la FAI, de los Comunistas y de los Republicanos de izquierdas, de los Militares salvadores de la Patria, de la Cruzada y de los Falangistas… Crecí escuchando de soslayo la diferencia entre Rojos y Nacionales, el Cara al Sol y otras canciones… Por instantes rememoré aquellos paisajes de niño que me entregó aquel libro arrumbado y cercano a desaparecer.

En Falcó, de momento, no hay tal crudeza, mejor, ni falta que hace… Recomendable, aunque no esperen nada sobresaliente, Perez Reverte puede hacerlo, lo ha hecho otras veces ya, mucho mejor. De todas formas Gracias Maestro. Ha sido un gran Regalo.

Monkey Man... Esto sonaba en Bonaire por Carnavales...

viernes, 10 de febrero de 2017

CUANDO LA REALIDAD SUPERA A LA FICCION. ARTURO ANDRADE. SOLES NEGROS. IGNACIO DEL VALLE.


La tremenda noticia que me ronda la cabeza ha sido la del caso de la niña rusa a la que su madre también rusa prostituía por alcohol y tabaco en Almería… Tantas veces la realidad a la ficción que no debiera sorprenderme que estas cosas sucedan.
El pasado fin de semana concluí la lectura de Soles Negros, la última novela en la que Ignacio del Valle retoma la figura de Arturo Andrade. La leí de una sentada, sin ser capaz de levantarme del sofá, apurando la luz de la sala mientras que por el ventanal dejó de escurrirse el último halito de claridad necesaria para enfocar mis cansados ojos. Cuenta una historia de miseria y podredumbre moral en los primeros años de la posguerra. Andrade ha recorrido un largo camino desde que lo hallé dentro del Arte de Matar Dragones, siendo joven ha envejecido y se ha transformado, casi ha perdido cualquier rastro de piedad o compasión por sus congéneres, ya no quiere salvarse del naufragio y hace lo mínimo por sobrevivir, sólo un viejo compañero de armas, Manolete, con alma más ligera de pesos, menos complejo, pero también con menos lastre moral, lo mantiene pegado a la tierra y lo redime por instantes de caer en la sima de la descomposición. Esta vez me ha costado mantener un mínimo de simpatía por el personaje, era lógico que ocurriera, es casi imposible mantenerse incólume ante tanta podredumbre, pero tenía la esperanza de que se sobrepusiera a ella porque le atribuía al soldado un carácter capaz de superar cualquier situación. No ha sido así, el autor ha decidido no redimirlo de esta y el ser humano sale mal parado, ha perdido casi todos los valores, apenas mantiene cierta dignidad ante el colega, el apoyo a Mencía, la esposa del guerrillero huido al monte con el maquis,  la promesa que le mantiene al preso anarquista que trabaja en la sierra, pero poco más…

Es una gran novela, nada complaciente, vibrante y real, como la vida misma, en la que el personaje nos arrastra a una realidad que supera a la ficción, como la vida de esa ya no tan niña de trece años, que en Almería, delante de todos, de la policía incluso, se prostituía para su madre no tan madre, por alcohol y tabaco… 

miércoles, 1 de febrero de 2017

EL TENIENTE MARIO CONDE. CUATRO ESTACIONES EN LA HABANA. LEONARDO PADURA


Una sorpresa encontrarme al otro lado del Caribe con el alter ego cubano de Pintado, el teniente Mario Conde.
No conocía las novelas de Leonardo Padura ni tampoco, evidentemente, a su personaje Mario Conde, un desencantado teniente de la Policía Nacional cubana, escritor frustrado, bebedor de ron y fumador de cigarrillos, enamorado compulsivo, intuitivo y pasional. Un tipo que quedó varado en la Habana y que  a falta de otro horizonte hace de la isla su universo único.

A falta de la lectura de los libros he empezado con la versión cinematográfica para Netflix. Todo un regalo que estoy disfrutando este miércoles feriado en Venezuela.
Hoy toca Credence Clearwater revival... 

sábado, 3 de octubre de 2015

MUSICA PARA FEOS. LORENZO SILVA


Acabo de finalizar su lectura con un nudo en la garganta y los ojos húmedos.
Mi hija Laura, siempre es ella quien tiene el extraordinario poder de conmoverme íntimamente, me lo regaló hace unos meses y lo había dejado sobre la mesilla de noche a la espera de la ocasión propicia. Esta llegó el fin de semana pasado. Comencé su lectura el domingo en la mañana, en la piscina del edificio de apartamentos donde paso últimamente los fines de semana. Lo abrí a la sombra de una palmera de frutos rojos y pequeños y emprendí su lectura intercalada entre chapuzones en el agua tibia.
La historia de amor que narra Mónica en primera persona con Ramón es sencilla, tierna y sin embargo estremecedora – ¿y por qué no iba a serlo?-. Lorenzo Silva escribe un relato narrado por Mónica haciéndose eco de la parte femenina, lo cual si bien al principio me lastraba algo la lectura, pues no dejaba de percibir al autor más allá de sus palabras, luego despega y acaba arrastrándonos de forma creíble al calor de la pasión en el corazón de los dos amantes. Luego entendí que el relato es sobre la pareja y no sobre Mónica o sobre Ramón. Y es que el Amor –cuando es con mayúsculas-no pertenece a cada uno de los amantes por separado sino a los dos como un Todo, sólo los sentimientos son privativos, y por eso sea cual sea el desenlace sigue ahí, perpetuo, incuso cuando todo los demás, hasta la vida, pase.

Lorenzo Silva, como ya hizo en relatos anteriores, intercala con astucia y acierto fragmentos de canciones, que en esta ocasión apalanca con el uso de enlaces de Internet… Música para Feos.      

domingo, 25 de noviembre de 2012

UN DIA EN LA VIDA DE LA NOVELA

Hoy me toca una entrada sin contenido "literario", apenas un testimonio, la traza insignificante de la vida de una novela, que como cualquier humano, siendo singular se pierde rápidamente entre millones, el inexorable juicio de los números.
Hace unas semanas decidí proceder con el proceso de publicación: revisé una vez más el texto -siguieron saliendo faltas y defectos, como esos pequeños insectos que se deslizan de entre los armarios y recovecos de las casas antiguas-, contraté la obtención de los datos de registro y remocé la portada, buscando que fuera más atractiva.
Casi hemos terminado, la novela está registrada, ya tiene sus etiquetas legales y verá la luz, tinta sobre papel al fin durante estas navidades. En unos días, como siempre, los demás se convierten en jueces de mis deseos.
Luego que crezca como Dios le de a entender…



domingo, 28 de octubre de 2012

TRAICION. Verónica.

24              TRAICION. Verónica.


Pintado llevaba una hora en la barra y ahora estaba terminando el tercer café. El barman pasaba el paño sobre la superficie bruñida dejando regueros espirales de humedad mientras lo miraba con aire ausente, esperando sin ganas las instrucciones de algunos de los pocos clientes que ocupaban la cafetería cercana a una perpendicular a la calle Orense. Era el típico bar mutante, por la mañana servía desayunos a los oficinistas de los cercanos ministerios y de madrugada dispensaba los gintonics de los hijos. Por la tarde era telón de fondo a la merienda de esposas y madres, cómplice inconsciente de ellas mientras ahogaban las penas de sexo mojando magdalenas en el café. Cuando Ginés se cansó de mirar a la calle, más allá de la cristalera, pidió un periódico al camarero, este le miró como si fuera un marciano y le puso por delante un par de ejemplares atrasados del Mundo y del ABC.
Pintado terminó de ojear la sección de economía harto de crónicas de la crisis, del programa de duros ajustes anunciado por el gobierno y de las declaraciones del Comisario de Economía de la Unión Europea. Grecia seguía erre que erre y Francia y Alemania sacaban pecho por ser tuertos entre países de ciegos. Y para postre habían abierto las barreras a los productos agrícolas del Magreb… Como el día de la marmota.
Supo que era ella tan pronto entró en el local. Vestía un traje de chaqueta sobrio y elegante, ajustado, manejando con sabiduría el juego que da un milímetro de menos. Era morena y tenía la piel bronceada por los rayos UVA del Spa. Se movía con la seguridad de un general entre la tropa, con distinción de reina en un baile de gala. Dejó el bolso de mano en el asiento de al lado y se sentó en una mesa junto a la vidriera, de espaldas a la calle. Si se hubiera permitido fumar en el local habría encendido un cigarrillo y exhalado el humo echando la cabeza hacia atrás, en su lugar se cruzó de piernas y comprobó que la falda quedara justo por encima de la rodilla.
El camarero salió de la barra batiendo el record de salto de altura del barrio y danzó hacia ella como un figurante de revista. Ella le sonrió y en voz ni alta, ni baja, le pidió una coca cola light. Tenía una voz de contralto, un punto aterciopelada. Miró a su alrededor sin ver, con siglos de experiencia. Su sonrisa era como una ametralladora barriendo territorio enemigo. Todos los hombres del local cayeron rendidos a sus pies.
Pintado dejó el periódico sobre la barra y se dirigió hasta ella, midiendo los pasos, no supo por qué le vino a la mente la imagen de Gary Cooper encarando el duelo matinal en Solo ante el Peligro. Sus ojos de gata estaban fijos en los del ex policía, calculando sus intenciones y lo que podría sacar por ello. No tendré piedad contigo forastero, decían.
-¿Eres Verónica? –Preguntó Pintado.
-Por qué quieres saberlo. –Contestó ella.
-Soy amigo de Lola…
-Ya. Entonces sabrás que estoy trabajando.
-Pagaré por tu tiempo.
-Si es así siéntate. Y dime lo qué quieres.
Pintado se presentó y le explicó que estaba buscando a Lola, omitiendo el destino final de la mujer. La cortesana se quedó dudando unos segundos, intentando decidir si creía o no al hombre. Los labios le temblaban ligeramente, y los ojos brillaban húmedos, pretendía mantener el control aunque le estaba costando un extraordinario esfuerzo.
-Así que tú eres el cabrón que la dejó colgada. Le rompiste el corazón. No sé por qué tendría que ayudarte a encontrarla.
-Es importante, créeme… Eres la única amiga que ella tenía. Hace varios días que le perdí la pista. La última vez que la vi estaba con un tipo, uno con pasta que vive precisamente por esta zona.
-¿Cómos sabes que soy su única amiga?
-Ella me lo contó. Nunca nos conocimos antes, pero me habló un par de veces de ti…
El camarero trajo el refresco y un café para Pintado. Se quedó revoloteando por la mesa de al lado haciendo como que limpiaba. Una mirada de Ginés dura como la piedra lo convenció para regresar detrás de la barra.
-Está bien. Te ayudaré, pero no pienses que lo hago por ti. Si por mi fuera te pudrirías en el infierno.
Verónica le relató lo poco que sabía. Hacía unos días Lola la había llamado por teléfono desde una gasolinera. Se oía mucho ruido, la comunicación era muy mala, le contó que le habían destrozado los piños un matón de Nájera y que un fulano al que le había hecho un trabajito le estaba acompañando a una clínica en la que recomponerse cerca de Coruña.
-¿Cerca de Coruña? ¿No tenía sitios en Madrid?
-Ya. A mí también me extrañó, pero se cortó la comunicación. Luego se quedó sin cobertura porque no conseguí contactar de nuevo con ella a pesar de intentarlo un par de veces.
-¿Recuerdas qué día fue esa llamada?
-No… Aunque déjame mirarlo. Mira la lista de llamadas entrantes… Aquí está… Fue hace seis días… -Dijo ella señalando el display luminoso del móvil.
Pintado calculó mentalmente y comprobó que todo encajaba. La llamada de Lola fue hecha la misma mañana que él estaba viajando a Coruña, dos días después del trabajo que hizo para Cienfuegos. Ambos habían transitado la misma ruta, camino del mismo sitio.
-Gracias. Me has servido de mucha ayuda. Toma, por tu tiempo. –Dijo Pintado de pie, dejando un par de billetes de cincuenta euros doblados sobre la mesa.
Ella lo miró con desprecio. Tomó los billetes, los arrugó y se los arrojó a la cara. Pasó junto a él como un torbellino a cámara lenta y abandonó la cafetería sin girar la cabeza. Pintado deseó que se lo tragara la tierra.
Los presentes observaron como el hombre, de barba descuidada y espaldas de estibador, suspiró con aspecto cansado y se perdió tras la puerta caminando con las manos en los bolsillos.
El calor en la calle abofeteó su rostro y le encogió la respiración, como si estuvieran cociéndole en un microondas. Sobre su espalda caía como plomo derretido el sol de Madrid. Miró arriba y abajo sin importarle la dirección. Echó a andar en sentido opuesto al que había tomado Verónica López, por aquel día se había quedado sin arrestos para mirarla de nuevo a la cara.

sábado, 27 de octubre de 2012

TRAICION. La casa de Cienfuegos.

24              TRAICION. La casa de Cienfuegos.

" (…)Se enamoró de mis baladas suburbiales,
igual que se enamoran
las miopes abogadas defensoras
de abyectos criminales(...)

(…)Pero antes del después de los despueses,
haciendo eses,
aprendí a maldecir el deber
y a sentir sin saber
lo que nadie sabía.
Si pequé nunca me arrepentí.
Guardo un maravedí
de carmín todavía(...)”

Después de los Despueses. La Orquesta del Titanic
Sabina&Serrat


Real revisó habitación por habitación con meticulosidad de archivero. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se desembarazó de la chaquetilla azul de algodón con el llamativo logo de colores chillones que había usado para entrar en el domicilio de Cienfuegos camuflado de operario al servicio de la compañía telefónica. Rebuscó de nuevo en los cajones intentando encontrar algún indicio del paradero del funcionario del CNI, la ropa estaba concienzudamente doblada y clasificada, tenía el típico olor a naftalina. Recorrió el pasillo y entró en el salón, se paró delante de la terraza, abrió la puerta de aluminio, del exterior penetró la flama canicular, el aire parecía caldo, denso y caliente, las plantas de las macetas del exterior estaban mustias, las hojas amarilleaban antes de morir, traspasado el punto de no retorno. Cerró de nuevo la puerta de la terraza y buscó el mando del aire acondicionado. A los pocos minutos la atmósfera sofocante se volvió de nuevo respirable. 
  Cuando llegó hacía apenas media hora, con la excusa de instalar la fibra óptica en el domicilio, el portero de la finca donde vivía el funcionario no le había sabido dar razón de su paradero. El viejo le dijo que al menos llevaba cinco días fuera, lo sabía porque era el tiempo que llevaba sin retirar las bolsas de basura de la puerta, justo –recordó Real- coincidiendo con el registro de la Clínica ZOT. No le puso mucho reparo cuando le pidió permiso para entrar a hacer el trabajo, ni siquiera le extrañó que Real no le pidiera las llaves, pensó que bastaba con hacer una conexión en la caja de distribución del sótano. Lo dejó solo en la portería y el viejo salió a la calle para pasar el rato en conversación con el portero de la finca colindante.
Abrió la caja fuerte de Cienfuegos. No había nada dentro, salvo una caja vacía de munición de 9 mm abandonada en una esquina del cubículo metálico, y polvo acumulado. En la cocina, dentro de la nevera, los yogures estaban caducados desde hacía días y las verduras del cajón inferior parecían desperdicios abandonados a la puerta de un restaurante chino. Debajo del mostrador, en una bolsa de plástico, una barra de pan estaba lo suficientemente endurecida como para ser utilizada como mazo.
Volvió tras sus pasos a la habitación de trabajo que hacía de biblioteca. Recorrió la sala con la vista: un ordenador portátil, una mesa con una pátina de polvo depositado durante días, anaqueles repletos de libros, lomos desvaídos de ediciones en rústica…  Y empezó a retirar los libros de las baldas, revisando uno por uno por si encontraba algo entre sus hojas. Un centenar de libros después la búsqueda dio fruto y una cuartilla manuscrita cayó al suelo desde su escondrijo. Era una anotación con un login de usuario y una contraseña.  Tuvo una corazonada. Rebuscó en los cajones de la mesa en busca de la correspondencia. Estaban vacios. Quizás con un poco de suerte –pensó-. Bajó los escalones de dos en dos y buscó el buzón de Cienfuegos debajo de la escalera. Estaba abarrotado de buzoneo comercial. Abrió la portezuela con una navaja y escarbó dentro con las manos, con premura. Bingo, varios de los sobres tenían el formato de las comunicaciones bancarias. Satisfecho, se los guardó en el bolsillo trasero del pantalón y subió de nuevo hasta el piso para dejar las cosas como las había encontrado.

martes, 16 de octubre de 2012

PREMIO PLANETA 2012. LA MARCA DEL MERIDIANO.


Me he despertado con la noticia: la obra de Lorenzo Silva “La Marca del Meridiano”, la última de Bevilacqua y Chamorro, ha ganado el Premio Planeta 2012. Me alegro y siento sana envidia, porque la serie es de lo mejor que nunca he leído. Cada vez que acabo una novela de Lorenzo Silva espero impaciente la publicación de la siguiente que nunca me ha defraudado.
Insisto, enhorabuena, estoy deseando meterle mano…
No obstante, mientras me afeitaba escuché en la radio que Silva se presentó al premio bajo seudónimo, no entiendo cómo es esto posible, ya que el autor ha publicado seis entregas previas de la saga...
Seguramente el de la radio desbarraba… O yo andaba todavía dormido...

martes, 9 de octubre de 2012

¿QUIÉN ES JOHN GALT? LA REBELION DE ATLAS.

La Rebelión de Atlas –Atlas Shrugged, Ayn Rand, 1957- comienza con la pregunta ¿Quién es John Galt?

Sus más de 1000 páginas se leen casi sin darse cuenta, dejando tras de sí una aparente sensación de liviandad, apenas una historia que nos puede parecer caduca y ñoña, con algunas frases ocurrentes, situaciones risibles y personajes rancios que se volatilizaron en el olvido del tiempo antes incluso de que la novela viera la luz.
¿Por qué una novela así, publicada hace 55 años y catalogada en España durante años como de Ciencia Ficción, tendría ahora una relevancia especial?

Pues porque al margen de la importancia que la obra ha tenido en el pensamiento Neoliberal, narra situaciones que empiezan a ser inquietantemente actuales. Lo ha visto así el oportunista Hollywood. En 2011 se estrenó la primera parte de la película y a finales de año verá la luz la segunda parte de la trilogía.
La intervención del Estado, el poder de los grupos de presión, de los Partidos, de los colectivos en defensa de…, el café para todos, el bienestar "social" por encima de la capacidad del individuo y del esfuerzo personal… Entre otros.
En la España (mientras lo permitan los secesionistas) de Mas, Valderas -su última joya la de ayer, la victoria electoral de Chávez, una oportunidad única para que Venezuela y Andalucía estrechen lazos…-, Pachi López y Pachi Vázquez –no son primos, aunque lo parezcan-, Valenciano, Rubalcaba y Chacón –los del federalismo asimétrico-, Gómez, Fabra –el cacique de otra época-, Mariano y sus mariachis (empiezan a mariconear, y no le encuentro el chiste, sin poner coto al desmán autonómico)... En la España estrellada de los jueces estrella, banqueros estrella, empresarios estrella, jugadores estrella… En esta España de la madre que los y nos parió. En esta España que sin saber su significado se pregunta de continuo ¿Quién es John Galt?, está sucediendo…
Quiero reseñar los recuerdos que se han agolpado en mi mente mientras la leía: el olor del papel de los libros de la colección Reno de Plaza & Janés que mi padre atesoraba en los anaqueles del mueble bar, sobre el hueco del televisor en blanco y negro –imágenes que siempre irán juntas en mi memoria-: el Telefunken junto a las ilustraciones de las portadas desencuadernadas, de tanto leerlas, de las novelas de Lajos Zilahy, Sinclair Lewis, Pearl S.Buck, William Faulkner, John Steinbeck, W. Somerset Maugham, John Dos Passos, Knut Hamsun, Arthur Hailey, Frank G. Slaughter, Thomas Mann… Novelas que me llevaron a recorrer los bosques de centroEuropa, las llanuras del Oeste, lastrochas embarradas en el deshielo en las Montañas Nevadas, las calles de Nueva York, de Chicago, de Los Angeles, de Berlin. A transitar la posguerra, a vestirme con sombrero y gabán, a tocar medias de seda y sentir aquella cascada luz biliosa gotear desde farolas a miles de kilómetros de Linares… Mientras fuera, en la calle adoquinada con baches centenarios, hacía frio y llovía; mientras dentro me llegaba el olor a castañas asadas, preparadas en el brasero de picón que calentaba mis piernas bajo la mesa camilla.

NIÑOS DE LA CALLE. De nuevo Fabrés.

23              NIÑOS DE LA CALLE. De nuevo Fabrés.


Moisés García el Pardillo había estado en el registro dirigido por su jefe, el comisario Bermúdez. Por expreso deseo de Pintado había quedado al margen del grupo que conocía su situación. Para él su antiguo jefe y amigo había muerto en aquél recóndito lugar del Amazonas. Sin embargo participó de buena gana en la redada frustrada. Seguía en la Brigada Judicial, aunque en la unidad especial de lucha contra el crimen organizado. No le había dicho que no a Bermúdez cuando este lo invitó a intervenir.
Pintado siempre había dicho de él que era como un perro de presa, una vez que mordía no soltaba. No era el policía más brillante del cuerpo, pero nadie nunca le pudo reprochar que no fuera de los más concienzudos y detallistas.
Por eso le extrañó cuando encontró aquel arsenal de medicamentos en la supuesta clínica de reposo. Sobre todo la enorme cantidad de algo etiquetado como Proceanim. Cualquier otro lo habría pasado por alto, pero no García. Su hijo había estudiado medicina, y su padre estaba muy orgulloso de él. No tardó en llamarlo por teléfono para preguntarle para qué servía el fármaco. Más se extrañó cuando el doctor García hijo le informó que el Proceanim era un preparado sintético fabricado por un laboratorio suizo y empleado como inmunosupresor en veterinaria, aparentemente aplicado con éxito para el tratamiento de afecciones hepáticas equinas. Ese laboratorio, Procea, estaba especializado en este tipo de fármacos y tenía en este momento su versión para aplicación humana en la fase de experimentación animal: el Proceantrim. Cuando el padre preguntó al hijo para qué demonios se utilizaría el fármaco, la respuesta le impactó. Evidentemente para trasplantes de órganos… Y Moisés García se preguntó qué demonios haría en una clínica de reposo, dedicada a la estética semejante arsenal de fármacos inmunosupresores para animales.
El siguiente paso era lógico, investigar el canal de distribución de los fármacos. Y se encontró con que Procea tenía una filial española donde se llevaba a cabo la experimentación clínica con animales antes de dar el paso definitivo para solicitar su homologación para aplicación humana. La filial española de Procea tenía la misma sede social que la Sociedad Médica del Noroeste.
Y García ató cabos y se lo comunicó a Bermúdez días después, cuando se enteró que su Comisario estaba en situación de prejubilado. Aunque él no tenía todas las piezas del puzle, la que cayó en sus manos indicaba que aquello olía, mal, muy mal.

Bermúdez entró en la sala de visitas de la cárcel del Puerto de Santa María tras franquear el escáner y firmar la hoja registro que le había puesto por delante el funcionario de prisiones. Apenas recordaba la última vez que había estado allí en ejercicio de su profesión. Nada había cambiado, el mismo olor a desinfectante, el suelo de terrazo desgastado en las zonas de paso, las mesas de formica con los cantos despegados. Y el ruido que invade el espacio de las cárceles, el silencio plagado de sonidos lejanos, un murmullo que no cesa y taladra los sentidos. Había tenido que pedir varios favores para llegar hasta allí y entrevistarse con Jaume Fabrés.
En los años que llevaba entre rejas el catalán había dejado de ser el cabrón arrogante que jodió la vida a Pintado durante la investigación del asesinato de Arangoa. No obstante, a pesar de que había perdido pelo y sin sus trajes caros parecía un truhán cualquiera de los hacinados en las galerías de presos peligrosos donde estaba confinado, el antiguo hombre para todo de Medina seguía teniendo la misma mirada de depredador de antes.
Los ojos de Fabrés brillaron cuando vio la oportunidad de joder a su antiguo patrón. Se sentía decepcionado, traicionado por este. El Marqués lo había dejado tirado, como a una colilla, solo a su suerte - estaba condenado a treinta años, y no saldría de allí hasta dentro de quince, en el mejor de los casos-. Ahora la fortuna le brindaba una oportunidad para vengarse. Así que le contó al policía todo lo que había callado durante el juicio. Claro que sabía perfectamente el origen de la relación entre Medina y Cienfuegos. Él fue quien los presentó a ambos. Supo desde el principio, desde que se tropezó con aquella chica de buena familia en aquel prostíbulo de altos vuelos regentado por Elena, que ella valía su peso en oro. Sólo tuvo que engancharla un poco más. Hasta que el padre cayó en la red. Luego bastó con venderle el favor. Así se compran a las personas…
Bermúdez encendió un cigarrillo con la anuencia del funcionario que le había abierto la ventana enrejada y vio pasar a Fabrés ensimismado en su mundo interior, ese en el que acaban viviendo los presos, a falta de otro. Iba camino del patio. Allí abajo, entre los cuatro muros que encerraban su vida actual, el catalán olió el rancho carcelario y, aunque añoraba los restaurantes caros que acostumbraba en el pasado, ahora la mejor comida que se podía permitir consistía en una lata de sardinas del economato mezclada con kétchup y cebolla. Sonrió al pensar que escribiría a Ferrán Adría para sugerirle que preparara perlas de sardina confitada en cápsula de tomate y chalotte.... Y Fabrés recordó al puto espía aquel que le había jodido la vida y le deseo la peor de las suertes. A pesar de que había sido un día como todos, uno más de los cinco mil quinientos cincuenta y cinco que tenía por delante, se alegró ante la emoción de haber arrastrado con él a dos pájaros de cuenta.

domingo, 7 de octubre de 2012

NIÑOS DE LA CALLE. Agua.

23              NIÑOS DE LA CALLE. Agua.


La botella de whisky estaba a punto de dar el último suspiro, el cenicero repleto de colillas, Real aplastó la décima de la serie después de encadenar con ella el undécimo cigarrillo. El puto grillo de la noche pasada seguía cantando rancheras en el jardín después de expulsar a la lechuza que lo había dejado por imposible. Los ojos de Real parecían inyectados en sangre después de que contara de nuevo a Pintado lo que había averiguado.
-Aquello no es una clínica de reposo. He visto muchas cosas, pero nada como esto. No volvería a pasar por eso otra vez si puedo evitarlo, es diabólico. Tenías que haber respirado ese ambiente… ¡Coño Ginés, abrió los ojos! Respiraba y la máquina marcaba los latidos del corazón. ¡Aquel chico estaba vivo, cosido como botillo, vivo…! Me pregunto por qué todos los fiambres de la morgue eran jóvenes latinoamericanos. ¡Joder!, parecían niños de la calle. De los que te puedes encontrar en cualquiera de las grandes ciudades del continente. No son muy diferentes de los que he visto en Buenos Aires, en Rio o en Lima… Tenían esa mirada… Incluso con los ojos cerrados tenían esa mirada…
Pintado se quedó meditando las palabras de su compañero. Y una idea se abrió paso en su cabeza…
-Quizás Paco esa sea la explicación. Quizás después de todo Elena Carrión no reclutaba chicos de la calle sólo para prostituirlos, quizás querían algo más de ellos…

Decidieron redactar un informe y entregarlo a Bermúdez. Aunque sopesaron la opción de esperar e intentar obtener más datos, el recuerdo de los cadáveres en la morgue de la clínica les inclinó a actuar sin más dilación. No sabían qué estaba pasando realmente, ni mucho menos los porqués, habían atisbado en un flash algo que podían imaginar execrable y tenían la obligación de parar aquella locura lo antes posible. Podían, eran, muchas, demasiadas, las vidas que había en juego. No obstante eran conscientes de que antes de que la justicia pudiera intervenir pasarían muchas horas antes de obtener los permisos necesarios y mover la maquinaria legal.
Y lo que ocurrió después fue muy complejo de organizar. El procedimiento a todas luces irregular. A pesar de la oposición de la Audiencia Nacional que no quería actuar con pruebas tan limitadas y sin preparar mínimamente la intervención, Talavera habló con Satrústegui y eso permitió instruir de emergencia bajo los indicios de una confidencia a la policía sevillana, esa fue la cobertura legal del proceso. El auto de instrucción llegó al día siguiente y el juez encargado se personó en la Clínica ZOT.
El registro se hizo con la intervención de un numeroso equipo formado por agentes de la Brigada Judicial reforzados por un operativo de la Guardia Civil compuesto por varios números del cuartel de Rascafría y miembros de la Unidad Central Especial de Inmigración venidos desde Madrid. Todo ello montado en un tiempo record gracias al apoyo de la Fiscalía General a la operación. Real los acompañaba por deferencia del Comisario Jefe de la Brigada en Madrid. Pintado quedó esperando, oculto, obligado por las circunstancias.
No encontraron nada.
Efectivamente la distribución del complejo obedecía al esquema que había dibujado el confidente. Existía una sala con cámaras frigoríficas en las que encontraron cuerpos de animales que se utilizaban para experimentación y para la obtención de células embrionarias con las que fabricaban una crema que aplicaban a los pacientes de la clínica. Existían los quirófanos, pero eran utilizados para operaciones de cirugía estética. La sofisticada maquinaria médica era un conjunto de equipos de cirugía laser y ultrasonidos al servicio de la estética.
Las plantas asistenciales del edificio tenían una ocupación limitada ya que la práctica totalidad de las intervenciones tenían carácter ambulatorio. De entrada a nadie le extrañó la sofisticación de los medios y equipamientos. Sin duda se trataba de una clínica que proporcionaba servicios caros a clientes muy exclusivos. A nadie pareció tampoco extrañar que los pocos pacientes que ocuparan las habitaciones fueran chicas que parecían salidas de los clubes y prostíbulos esturreados a lo largo de las carreteras españolas. Pareciera que el establecimiento se hubiera especializado en siliconar anatomías para el disfrute del personal.
Fueron atendidos por una cordial relaciones públicas que les guió y condujo por cada uno de los recovecos del edificio.
La lista de clientes quedaba protegida por el secreto profesional hasta que el juzgado cursara la orden correspondiente.
El juez salió tan airado del recinto que dejó a Real en tierra acompañado del comisario madrileño. En paralelo se habían practicado los mismos registros en los centros de Sevilla y Coruña con idéntico resultado. Bermúdez en Sevilla asistió a las diligencias con cinco palmos de narices, como su colega de Madrid.
Las conclusiones del juzgado fueron contundentes: No existían indicios suficientes de delito, aunque se pudieran apreciar faltas administrativas relativas a la actividad de la clínica. La legislación española no era lo suficientemente precisa al respecto como para aplicar otra cosa que no fuera una sanción económica. La Dirección de la empresa se reservó la posibilidad de emprender acciones legales contra el Estado por las molestias sufridas. Y Ahí quedó la cosa.

viernes, 5 de octubre de 2012

NIÑOS DE LA CALLE. La habitación.

23              NIÑOS DE LA CALLE. La habitación

“(…) Yo lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,
un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie protege esa vida que crece
y el amor se ha perdido
como un niño en la calle.”

Hay un niño en la calle
Armando Tejada Gómez



El montacargas estaba prácticamente oculto detrás de la caldera. La cabina al otro lado de la puerta estaba iluminada por una luminaria fluorescente que pendía del techo. Las paredes estaban empapeladas como el vestuario de un taller de reparaciones, con fotos de chicas desnudas sacadas de revistas que sólo leen hombres vestidos. Pulsó el botón de la última planta y la maquinaria zumbó con aire cansino subiéndolo por el conducto de hormigón. Sintió el recalcón del cubículo metálico antes que el frenazo que le empujó contra el suelo. Abrió con cuidado y se encontró en una sala que servía de almacén. Antes de que la cabina regresara sola a la planta sótano pudo ver, a la luz tenue que se filtraba por el ventanuco de la puerta del ascensor, varias cajas apiladas junto a una pared. Se acercó, los embalajes indicaban que se trataba de suministros médicos. Luego se quedó completamente a oscuras y tuvo que esperar unos instantes hasta que sus ojos se acostumbraron y distinguió la luz que se colaba por el suelo, donde debía estar la puerta de salida. Salió a un pasillo iluminado por una cinta de luminarias encastradas en las paredes a lo largo. Era ancho, lo suficiente –calculó- para dejar pasar con amplitud una cama de hospital, y tenía puertas a ambos lados. Puertas abatibles, de dos hojas, dobles, de las de tipo esclusa, como las utilizadas para separar las zonas estériles en los quirófanos. Miró al techo buscando cámaras de vigilancias. Si las había no las vio.
Entró en la primera de las salas. Estaba de nuevo a oscuras. Buscó el pulsador y encendió la luz. A un lado de la esclusa una puerta comunicaba con la sala de vestuario. Al otro estaba la entrada al quirófano. Desplazó el batiente metálico y entró, la sala estaba repleta de equipos e instrumental médico que Real ni siquiera se atrevió a imaginar para lo que servían y que se aglomeraban en torno a la cama de operaciones de acero inoxidable que ocupaba la parte central del recinto. Sobre ella flotaban ingrávidos, suspendidos del techo, varios reflectores quirúrgicos que la enfocaban escrutándola como los gigantescos ojos facetados de una mosca. A los pocos segundos se sintió agobiado por el penetrante olor a desinfectante. Estornudó. Apagó la luz y salió de nuevo al pasillo. Al menos había otras tres salas como aquella. Al fondo, en el frontal del pasillo había otra doble puerta basculante, dudó si seguir o utilizar de nuevo el ascensor de mantenimiento. Volvió por donde había venido, era la ruta con menos probabilidad de tropezarse con alguien.
Esperó por el montacargas y bajó hasta la segunda planta. Otra sala, otro pasillo. Miró por el ventanuco: esta vez había muchas más puertas, cinco a cada lado, diez en total, y al final, en lugar de la puerta de cierre de la planta superior, lo que debía ser la revuelta hacia la otra ala del edificio. No salió. Había una mujer haciendo guardia en la isleta central del pasillo, donde estaba la sala del personal que atendía la planta. Aguardó algún movimiento.
La señal indicadora de una de las puertas cambió del verde al rojo. La enfermera se levantó advertida por un zumbido en la consola y se dirigió hasta ella. Real aprovechó entonces para salir y colarse por la primera de las puertas que encontró.
El cabecero de la cama estaba ligeramente iluminado por los indicadores del sistema de mantenimiento vital. El silencio en la habitación apenas era roto por el zumbido de la bomba de drenaje acoplada a la parte inferior de la cama en la que reposaba el paciente, conectado a varios tubos que salían y entraban de su cuerpo y a un par de columnas con bolsas transparentes. Real se le acercó y lo miró. Era un chico, como los que había visto abajo en el mortuorio, aunque este estaba vivo, al menos eso indicaba el bipeo del cardiógrafo al que estaba conectado. Paco le puso la mano en la frente, estaba caliente. Al sentir el contacto el joven abrió apenas los ojos, no estaba despierto ni dormido, parecía drogado, tenía la mirada perdida en alguna parte. De su nariz salía una sonda nasogástrica, y por el costado un tubo conectaba algún órgano con el mecanismo de bombeo. Real encontró el ánimo para levantar la sábana. El cuerpo exhibía un par de costurones como los que había visto previamente en los cuerpos sin vida del mortuorio. El bipeo aumentó de frecuencia, una luz roja se encendió en el tablero de control, y el sonido agudo de la alarma inundó la habitación. Apenas tuvo tiempo de escabullirse por la puerta y volver a la sala del montacargas antes de que la enfermera entrara para comprobar qué estaba mal.
Real pensó que ya se había arriesgado lo suficiente y que era el momento de buscar la forma de salir del recinto, tarde o temprano alguien echaría de menos al operario de mantenimiento e iniciaría una búsqueda. Regresó al sótano y desanduvo sus pasos hasta llegar a la galería de servicio por la que había entrado. Pasó junto a una habitación en la que se oían personas conversando en un idioma extranjero, el personal auxiliar de guardia pasaba el rato con una partida de cartas en la sala de descanso. Se agachó para no ser descubierto, salió al fresco aire de la noche.

miércoles, 3 de octubre de 2012

JAIME BAYLY. MORIRAS MAÑANA.


Me tropecé con Bayly por casualidad, viendo la entrevista que le hizo al “joven” candidato a la presidencia de Venezuela Hugo Chávez en 1998 -de la que por cierto pidió perdón una vez la nata sobrenadó la leche-.
Enseguida me gustó el humor socarrón del peruano, su ironía más allá del bien y del mal. Un tipo sobrado, de esos que difícilmente le gustarían a Pintado y que sin embargo provocarían su sana envidia… o no tan sana. Propietario de una biografía interesante, es un chico malo de esos que seguramente se han pasado y se siguen pasando todas las reglas por el arco del triunfo y, al mismo tiempo, lo reconoce.
Al margen de sus programas -muy al gusto de la televisión americana- late nights, de su controvertida trayectoria como político y polemista, de su azarosa vida personal –entrando y saliendo del armario según le peta-, es un escritor interesante.
Acudí atraído, como mosca a la miel, a su última novela “Morirás Mañana”. No me defraudó, ni el estilo ni los dos personajes principales: Javier Garcés –un golem de él mismo- y Alma Rossi –un Frankestein femenino hecha a recortes con el alma de todas las mujeres que han sido y serán-. A veces reiterativa, procaz y escatológica, es sin embargo brillante, ágil y sugerente.
Para leer durante la crisis de los cincuenta.  

martes, 2 de octubre de 2012

UN CADÁVER EN JUEVES SANTO. Curro “El Arreglao”.

UN CADÁVER EN JUEVES SANTO. Curro “El Arreglao”.



Las calles del centro de habían ido llenando de transeúntes endomingados que trajinaban de un lado para otro intentando contemplar las procesiones de las cofradías sin perderse una. Márquez tiró al suelo lo que quedaba del cigarrillo y después de dedicarle con la mirada un breve y nostálgico responso a la brasa, respiró profundo antes de iniciar la inmersión en el microcosmos hispalense en busca de uno de sus confites, Curro “El Arreglao”.  
Callejeó hacia la zona donde esperaba encontrar al Arreglao. El pícaro -limpiabotas, buscavidas, vendedor de lotería, revendedor de entradas de espectáculos y mercader de todo tipo de objetos exóticos, ocasional cicerone- reunía en uno toda una suerte de ocupaciones tradicionales de las ciudades turísticas del sur. Todo lo veía y oía, en la más estricta invisibilidad. Arrimado a las paredes de las populosas calles, mimetizado en sus ambientes, hace años que sobrevivía orgulloso de ser el último representante de un modo de vida, de una especie al borde de la extinción: “homo sapiens picariensis”.
Al Arreglao le llamaban así por su aspecto. Aun en su miseria aparente, jamás se le veía desaliñado. Por muy vieja que fuera su ropa la vestía con dignidad y elegancia. Había quien le había dicho a Márquez que Curro no era un pobre hombre, que había preferido este modo de vida voluntariamente y que en otras épocas su ocupación había sido otra. Era posible -su forma de hablar y el modo analítico en que manejaba la información indicaba algo parecido-, aunque el hombre era hermético en este sentido y nunca permitió mayores comentarios sobre su vida pasada. Cuando tenía alguna información relevante la ofrecía, y punto. El policía no le consideraba un simple confite, tenía demasiada clase para eso. Si acaso un colaborador liberal, un profesional de la calle y de los chismes que por ella se extienden, unos ojos anónimos, pero avisados, que sabían ver lo invisible.
Apenas un cuarto de hora después lo encontró cerca de la esquina de la calle Sierpes con la Campana, especialmente ataviado para la jornada festiva. No desentonaba en el bullicioso ambiente previo a los primeros desfiles. Su tez bronceada -tan suave que parecía satinada-, y el pelo negro y crespo, hacía difícil adivinar su edad. Sus ojos -vivaces, inteligentes e inquisitivos-, no se perdían nada de lo que ocurría alrededor. Cuando sus miradas coincidieron Márquez le hizo una seña y el hombre se acercó:
-Con Dios, señor Fermín. ¿Qué se le ofrece?
-De procesiones. ¿Tú que crees Arreglao? – Respondió Márquez con sarcasmo-. Te andaba buscando… Me ha tocado la china. Un fiambre aquí al lado, y no sé ni por donde empezar.
-Como no me detalle un poco mas nos van a dar las uvas, inspector. –Respondió con gracia el confidente, sin amilanarse por la reacción del policía, pero con respeto.
Márquez sonrió y ofreció un cigarrillo al Arreglao. Le contó lo que había ocurrido mientras observaba como el pícaro, entre calada y calada, asentía interesado a la exposición sin mostrar sorpresa.
-Inspector, a ese Arangoa ya lo veía yo venir de lejos. Por poco que indague comprobará que andaba en compañías que tarde o temprano le traerían un disgusto. Y mira que el tío tenía clase, y hasta era un buen colega con sus amigos, aunque de esos tenía pocos. Pero últimamente había perdido el respeto por todo y se estaba liando en cosas que le venían grandes. En la droga siempre ha mariconeado, consumo propio, aunque no le hacía ascos a atender a quien le pidiera. Se ha juntado toda su vida con señoritos como él, y aunque siempre ha sido muy aparente en sus cosas al final la cabra tira al monte. No le extrañe que le hayan ajustado las cuentas
-Joder, Curro, caro me lo fías. Pero aquí hay algo más. No me cuadra esta muerte con un ajuste de cuentas entre camellos. Esto es diferente. –Objetó el policía.
-Es posible. Intentaré averiguar algo por ahí, aunque estos días son jodidos, ya lo sabe. Además ahora precisamente estoy muy ocupado, tengo visitas concertadas con guiris y no vea lo que vendo en lotería. –Explicó el buscavidas mientras giraba acompasadamente el pulgar e índice de la mano derecha.
-De eso nada –replicó Márquez, negando con la cabeza-. Tú verás. Espero tu llamada Arreglao.
El policía reforzó el discurso echando mano suavemente a las solapas de la chaqueta del confite, mientras las deslizaba recorriéndolas entre sus dedos, enfatizando la conveniencia de la pronta respuesta.
-No se ponga así ¿Cuántas veces le he fallado yo? Jefe, tenga paciencia que yo lo llamo tan pronto sepa algo.
-De acuerdo Curro. Oye, aprovechando ¿Te quedan entradas para la corrida del Domingo de Resurrección?
-¡Qué cosas tiene usted! Pues va a ser que no. Este año torea el chaval ese de Linares, Álvaro Ruiz, y hay auténtica expectación. Pero si me llega alguna, que es difícil, ya lo aviso. Y ahora perdone, me esperan y tampoco es bueno que me vean con la pasma tanto rato... ¡Con tos los respetos eh! Hasta luego señor inspector.
El Arreglao, puso fin a la conversación saliendo de escena como si nunca hubiera departido con el policía, mirando imperceptiblemente a diestra y siniestra, hasta asegurarse que habían pasado desapercibidos entre el gentío. Parecía un danzarín escabullendo el esqueleto entre bambalinas.
Márquez volvió sobre sus pasos hasta la zona donde había dejado el coche. Esperaba que por lo menos en comisaría hubieran podido contactar con la familia. Como siempre, le tocaría el duro trámite de atender las preguntas y hacerlas a su vez. Sabía que las primeras horas eran fundamentales para desentrañar las, a veces oscuras, relaciones entre los familiares antes que les diera tiempo a preparar explicaciones que ocultaran los hechos embarazosos. Después llamaría a su mujer y le pediría perdón por el fin de semana estropeado, aunque con un poco de suerte quizás el sábado pudiera ir a recogerlos y disfrutar con ellos lo que quedara del puñetero puente.

domingo, 30 de septiembre de 2012

UN CADÁVER EN JUEVES SANTO. Comienza la Investigación.

UN CADÁVER EN JUEVES SANTO. Comienza la Investigación.



A media mañana la actividad en la comisaría era inusitada. El inspector de guardia había tenido que acudir a un hostal del centro. En palabras del encargado del establecimiento “un guiri jamao” le había dado matarile a una trabajadora de lo social en la reducida pero pulcra habitación donde esta ejercía su negocio de forma habitual”. Así que tuvieron que llamar al próximo en la lista.
Al inspector Márquez se le hincharon las venas del cuello cuando recibió la llamada ordenándole hacerse cargo. Iba camino de Isla Antilla a pasar el largo puente con su mujer, su cuñada Pepa, y sus dos angelitos. -¡Joder! –pensó-. Eran las doce, ya casi había llegado. ¡Bueno…! Dejaría a la familia en el adosado en tercera línea de playa y estaría de vuelta en Sevilla a eso de las dos y media.
Cuando llegó al local el juez estaba visiblemente cabreado. Tanto que le reprochó en público el retraso. Márquez apenas pudo alegar unas torpes excusas.
No hacía falta tener la experiencia de Márquez para darse cuenta que lo que allí había pasado distaba mucho de ser accidental. Se enfundó los guantes de látex que le ofreció el compañero y deambuló por el escenario con soltura profesional. A pesar de su enojo inicial se aplicó con celo a observar la escena del crimen. Inclinado sobre el cadáver analizó el modo en que se había degollado al muerto: una certera cuchillada en la yugular, la que provocó la muerte, nítida y profunda, las restantes menos definidas y según le pareció asestadas con posterioridad aunque eso se determinaría en la autopsia. Pensó que el asesino fue directo al grano y lo que hizo después fue intentar ocultar su pericia con posteriores golpes para distracción de la policía. No había tenido ningún cuidado en limitar el recorrido del primer corte, de izquierda a derecha y desde atrás. La mano izquierda posiblemente forzando la cabeza para dejar el cuello libre y facilitar el corte y el encuentro con la arteria. No había señales de forcejeo, la víctima no se opuso a la agresión. O no la esperaba o simplemente le llegó tan rápido que ni le dio tiempo a reaccionar.
El muerto era de complexión y estatura media. Las facciones del rostro eran delicadas y las arrugas en torno a los ojos indicaban que había superado los cincuenta. Había algo en la expresión del fallecido que le hizo pensar que en sus últimos instantes la certeza de la propia muerte le había obligado a aceptarla con resignación.
Tras la inspección, después de cambiar impresiones con el forense, habían apartado el cuerpo dejando libre el espacio delante de la caja de caudales; restos de sangre en la cara interior de la puerta revelaban que ya estaba abierta cuando se asestó la cuchillada mortal. Salvo por los papeles empapados de sangre en el suelo no encontró indicios de su contenido antes de desvalijarla. De la declaración de la empleada había deducido que la caja fuerte se usaba para guardar los objetos de mayor valor, según esta su señorito la solía tener llena, sobre todo ahora que era Semana Santa y tendría la tienda cerrada durante días. En estas condiciones no dejaba las cosas de más valor en los expositores. Por su volumen, podía contener un buen número de piezas, la distancia entre los estantes interiores permitía almacenar piezas de muy diferentes tamaños. Sin un inventario sería imposible determinar lo que había desaparecido, pero la habían dejado totalmente limpia.
Mientras sacaban el cadáver al exterior y lo introducían en la ambulancia, la comitiva oficial abandonó la galería dejando solos a los policías.
Márquez recorrió el establecimiento hacia la entrada y comprobó que la cerradura no había sido forzada. El sistema de seguridad se activaba tras introducir una clave de cuatro dígitos en un tablero situado en el exterior y se desactivaba de la misma forma. Extrañado preguntó a Rupérez: este le informó que la mujer había relatado que al llegar ella la puerta del local estaba cerrada y con la alarma activada. Nada de eso tenía demasiado sentido, pero indicaba que el asesino conocía la clave y había activado el sistema de seguridad antes de salir, dejando el recinto tal y como lo habría hecho su propietario al finalizar la jornada. De no ser por la imprevista aparición de la empleada, nadie habría sospechado nada hasta la próxima semana, y seguramente las evidencias encontradas habrían sido más difíciles de analizar.
Se concentró en tratar de determinar cómo se habían sacado los objetos fuera del local. Ya que la puerta principal no había sido forzada todo apuntaba a que el propietario había franqueado la entrada al asesino. Una atenta mirada al lugar le indicó la solución. Al fondo del pasillo reparó en una puerta de una sola hoja. La abrió descorriendo el pestillo interior, no tenía cerradura con llave, sólo el pasador que se accionaba manualmente desde dentro. Daba a un patio interior. Se fijó en otra puerta en el muro del patio, en una esquina y parcialmente oculta por una celinda a punto de entrar en floración. Como la primera, se abría desde dentro con un pestillo, pero ésta tenía además pasadores arriba y abajo anclados a la obra de mampostería que conformaba la gruesa pared encalada. El hueco daba a una estrecha callejuela. Contempló el exterior: se trataba de una de esos pasajes formadas por las traseras de edificios cuyas entradas principales daban a otras calles. Apenas había un par de portones, el resto lo formaban tapias y muros, ventanales y balcones abrigados por persianas de madera y esteras de esparto. Especuló con la posibilidad de que en la madrugada nadie hubiera reparado en un discreto vehículo si la maniobra de carga fue suficientemente rápida. Era la única explicación posible.
Regresó al patio donde encontró restos de virutas de madera: -Relleno de embalar –pensó-, como si alguien hubiera llevado allí algunas cajas y se hubieran cargado con el botín para transportarlo. Demasiado trabajo para un individuo en solitario, al menos serían dos. De vuelta al interior del establecimiento reflexionó: El único móvil plausible parecía ser el robo de unos objetos de los que no tenía ni la más remota idea; Y sin embargo el difunto debía de haber franqueado la entrada a sus asesinos y estos, según apuntaban las evidencias, tenían cierta familiaridad con él; Por los indicios no se trataba de delincuentes comunes.
La tarea no se presentaba fácil, lo primero que tendría que hacer era intentar averiguar si había habido movimientos sospechosos en la noche de ayer. Era muy improbable que hallara alguna pista en ese sentido. Luego tendría que dedicarse minuciosamente a interrogar a todos los relacionados con el muerto, familiares incluidos.
Eran casi las cinco cuando Fermín Márquez autorizó la marcha de los restantes policías a excepción de uno de los coches patrulla al que ordenó permanecer unos minutos más. Se quedó unos instantes contemplando el local, intentando concentrarse en los mínimos detalles, en los imperceptibles sonidos y restos de olores, en definitiva, en las insignificantes, a priori, huellas de aquel espacio en que se había extinguido una vida, en el intento de aprehender sus últimas emociones. Con esta impresión en sus retinas, cerró los ojos unos instantes e inspiró profundamente, acarició el silencio que le rodeaba y se dejó envolver por el vestigio de la actividad cotidiana transmitida en el microcosmos de lo imperceptible. Dentro de la burbuja parecía que nada hubiera pasado, los objetos se arracimaban a ambos lados del estrecho pasillo central en un caos aparente dictado por los exigentes cánones del marchante. Aunque él no era experto en antigüedades reconoció que algunas de las piezas eran valiosas. El aspecto del establecimiento -ordenado y pulcro- le indicaba una y otra vez que lo que allí había ocurrido estaba muy lejos de ser un vulgar robo. Lo que hubieran ido a buscar parecían haberlo encontrado y con ello la razón para dar por concluida la vida de Arangoa.