Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.
Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.
Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.
La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.
Quizás llegué tarde a verla, la estrenaron mientras yo
estaba viviendo mi propio drama, quizás debía esperar hasta ahora… La vi ayer
tarde, víspera del día del trabajo. Los primeros cinco minutos no me invitaban
a continuar, la verdad, aguanté la escena inicial de la violación y la
parsimonia de Isabelle Huppert limpiando la escena de los hechos y el arranque
posterior. Me atrapó a partir de ese momento…
Las críticas le conceden a la protagonista el mérito de la
cinta. Sin menospreciarla creo que el mayor acierto está en el corrosivo relato
coral de Verhoeven en torno a la particular familia de la protagonista. Ese
entorno cercano del que no hay que alejarse para encontrar todo un universo de
perversión y morbo.
Y eso que mi favorita siempre sería Virginie Efira aquí
relegada al papel secundario de vecina y esposa beata del sorprendente objeto
de deseo de la protagonista…
Tiempo de Nostalgia en plena primavera… Película: "A Kind of Murder" (increíble traducción El Cuchillo)... Fiesta estilo
Hechizada/Embrujada… Alcohol y tabaco, estética años cincuenta… Haley Bennett en
un ajustado vestido negro… Su perfil eslavo y esa increíble cabellera ondulada… Ha llegado para convertirse en un mito, aunque en esta película no dice nada quédense con su mirada.
Johnnie Ray o Alexandra
Lerta para gustos… I Can't
Escape From You
Una sorpresa encontrarme al otro lado del Caribe con el
alter ego cubano de Pintado, el teniente Mario Conde.
No conocía las novelas de Leonardo Padura ni tampoco,
evidentemente, a su personaje Mario Conde, un desencantado teniente de la Policía
Nacional cubana, escritor frustrado, bebedor de ron y fumador de cigarrillos,
enamorado compulsivo, intuitivo y pasional. Un tipo que quedó varado en la
Habana y que a falta de otro horizonte
hace de la isla su universo único.
A falta de la lectura de los libros he empezado con la
versión cinematográfica para Netflix. Todo un regalo que estoy disfrutando este
miércoles feriado en Venezuela.
Nueva
entrega de la saga Bond: Daniel Craig, algo más contenido que en las anteriores,
sigue sin mostrar una sonrisa y sus ojos azules, pequeños y limitados, sin expresar nada casi. Christoph
Waltz interpreta un villano sin alma, perdido en algún lugar de su locura,
prescindible, nada que ver con los dos anteriores. La chica,Léa
Seydoux, no traspira la sensualidad exigible a la elegida de Bond, la chica
mejicana del principio o cualquiera de las chicas de los créditos está mucho
mejor. Monica Belluci, bellísimas arrugas mínimas y piel de seda antigua, a la que apenas conceden
unos breves minutos, no tiene opción de calentar el ambiente ni siquiera
durante los segundos que le conceden en lencería negra. Ralph Fiennes el mejor
M de la historia… Mejor que Judi Dench de la que siempre pensé no debía haber
salido de su veraneo en Benidorm…
Con
todo me ha gustado más que Skyfall escena de arranque incluida…
Al
llegar a casa del cine me encontré con una fiesta en el apartamento de arriba.
Trajes de etiqueta y combinación de traje largo y corto en las señoras. Funcionarios
de la embajada británica y sus invitados celebrando el estreno de la película… Uno
de ellos con smoking y chorreras y botella de Moet en la mano. Luego, sólo en
la terraza de mi apartamento, pude contemplar al fondo cerca de la Plaza
Altamira fuegos artificiales… Nunca pude pensar una noche de estreno Bond como
la de ayer.
Roma. Jep Gambardella. La Mundanidad como
concepto motor de la vida.
Comienza la película con una curiosa escena
coral. Con la súbita muerte de un turista japonés a la vista del foro romano…
Continúa con una fiesta en un ático, bailando al son de Raffaella Carrá y de un
mariachi. Me sentí sobrecogido por el ambiente frívolo y desquiciado que
traslada Paolo Sorrentino con una maestría difícil de superar.
Jep Gambardella, de vuelta de todo, cínico y
sensible, rompe el conjunto y se separa de la masa para encender un cigarrillo
y alejarse de todo.
Si tuviera que escribir una novela sobre la
nada… Bastaría con entender lo que hay detrás de la mirada de Jep, de sus lágrimas
cada vez que desaparece un ser amado, nunca suyos, siempre de alguien: Su novia
de juventud, que lo abandona para casarse con alguien de quien treinta y cinco
años después apenas es capaz de dedicarle un par de líneas en un diario; de la
de Andrea el hijo millonario de una familia desaparecida y a quien en su
funeral nadie se ofrece para portar el féretro, hasta que lo hace Jep y los
viejos amigos de su madre; de Ramona, la hija ya madura de un viejo amigo
heroinómano que sigue haciendo striptease para pagarse un caro tratamiento
contra el cáncer, cuyos ojos son un poema de amor hacia Jep una mañana al
despertar, antes de desaparecer para siempre.
Y a Jep sólo le quedan sus paseos por Roma al
amanecer, los viejos amigos de años, a cual más desencantado y fracasado, la
belleza de los momentos vacíos que son todos… La consciencia de que a sus
sesenta y cinco años ya no tiene por qué hacer lo que no quiere hacer y la
seguridad de que haga lo que haga solo le quedan los recuerdos de lo que había
tras las puertas que se cerraron.
Sin embargo Jep trata con el respeto del
cariño a todos… Y esa es La Gran Belleza…
Aquella noche Pintado estaba menos
melancólico que de costumbre y Alfonso, ya saben el barman de La Sibila, más
generoso que otras veces. La música que sonaba de Antonello Venditti -"Amici Mai”- tenía a mi amigo con la mirada perdida en el sofá Chester hacia el que siempre mira cuando acabamos allí. Yo iba por mi segundo whisky y
Pintado por su tercer Dry Martini. -Alfonso los prepara muy secos y muy fríos, -me
dijo él, -como los ojos de ella cuando se molesta por algo…
-Le pregunté si se refería a La Rusa, -a
quien demonios si no, -me respondió, con un cierto toque sarcástico en la voz y
los labios fruncidos, con cierta violencia contenida. -Sabes andaluz, -me dijo,
y yo supe que tocaba sentencia, como siempre que me menciona por mis orígenes, -Yo
la quiero mucho y no sé si lo que ella quiere es que yo la quiera como Jep Gambardella…
Al principio no caí, rebusqué en el disco
duro, el nombre me sonaba. Pintado estaba hablando con Alfonso, le acercó la
copa vacía y le pidió el cuarto Martini. Me removí nervioso en el taburete y
empecé a deletrear el alfabeto en silencio, dentro de mi cabeza, lentamente,
esperando que las imágenes se me formaran en la mente. Una pareja entró. Ella
bonita, de mediana edad, grandes ojos verdes y boca carnosa, no debería tener menos de
cincuenta, quizás más pensé cuando la luz de los halógenos le acarició la
piel sedosa. Más joven él, tercera generación
de pijos por lo menos, bronceado y cuidado en gimnasio. Pareja ocasional. No se
miraban con complicidad.
Un grupo ruidoso en una mesa del fondo
destruyó con sus risas estentóreas la magia de la siguiente canción de
Venditti, “Che tesoro che sei”, los camareros revoloteaban alrededor de aquella
mesa como buitres hambrientos sirviendo el vino. Otro grupo esperaba que los
acomodaran a una mesa. Una mujer joven se separó de este último grupo y caminó
hacia nosotros con la mirada altiva que tienen esas mujeres que miran sin ver
cuando se acercan. Algunos miembros del sexo opuesto giraron sus cabezas a su
paso, como ventiladores. En un último esfuerzo la imagen que esperaba se formó
de pronto: Jep Gambardella es el personaje de Toni Servillo en la Gran Belleza. La película
italiana…
-Por qué dices eso, -le dije a mi amigo satisfecho de que la senilidad no me pueda de momento. -No
te pareces nada a Gambardella. Tú no tienes su sentido estético de la vida, ni
su sensibilidad, ni su estilo, nada de nada, -apostillé al final de mi corto
relato de diferencias, nada sutiles por cierto.
-Es la sensación que tengo. No sé si ella espera un tipo como yo y no busca en realidad a alguien como Jep Gambardella. Yo nunca podré ser
él. Yo nunca la querré como Gambardella quiere a Ramona –el personaje
interpretado por la bellísima Sabrina Ferilli-, nadie quiere a nadie de la misma manera, ni más, ni menos. Yo nunca podré revolotear la
vida sólo por el puro disfrute de la belleza, yo nunca podré ser el Rey de la
Mundanidad. No, yo soy un tipo algo más prosaico. No me importa usar la misma chaqueta dos días seguidos, no me gustan las fiestas…
-Para, no sigas, -le interrumpí, -pero te gustan los amaneceres, como él, y amas el arte y
la literatura, como él, te gusta escuchar en silencio las conversaciones inteligentes y ajusticiar las peroratas de los insustanciales, y a los dos os gusta la soledad cuando hacéis mutis por el foro... –Es posible,
-me dijo, -ojalá entienda que la quiero como nunca antes a nadie… Ni más. Ni menos,
Ni regular… -Y dicho eso se calló y apuró el cuarto Martini…
Me quedé mirándolo sin entender del todo sus últimas
palabras… Más o menos, regular.
Hoy toca cine. Este fin de semana he vuelto a
mis orígenes, cuatro películas por día tiene sobre mi espíritu un efecto
sedante que necesitaba desesperadamente. Cuando Pintado se instala es difícil hacerlo
a un lado, menos mal que le gusta el cine casi tanto como a mí.
El Patrón, radiografía de un crimen no es una joya del cine,
ni tan siquiera una gran obra, pero hay que reconocer en el trabajo de Sebastián
Schindel un magnífico ejercicio de respeto hacia un guión muy sólido. Joaquín Furriel interpreta a Hermógenes Saldivar
en una transformación meritoria –salvo por la utilización irregular del acento
particular de Santiago del Estero- que, a veces, consigue meternos en la piel
de un personaje arquetipo de la sumisión desesperada, de la anulación de la
personalidad de un individuo del cual nunca llegamos a saber si es bueno, malo
o qué. Luis Ziembrowski, la contraparte, hace de hijo de puta integral sin
ninguna concesión a sentimientos intermedios, su rostro –que no necesita
transformación alguna- transita la cinta monótono, sin rictus que matice la
facies, le basta el tono de sus palabras, sus ojos inexpresivos de depredador
natural. Un relato de esclavitud en estado puro.
A destacar la fotografía de Marcelo Laccarino que es capaz de transitar
espacios minúsculos sin que por ello perdamos atención por encuadres imposibles…
Y sobre todo el montaje consecuencia del cual el ritmo de la película es impecable…
Un reconocimiento al cine argentino -en este caso en coproducción con Venezuela- capaz de rodar este tipo de cintas capaces de asomarnos al submundo del Mundo Feliz, aunque lo hace de forma tímida, apenas se atreve con el interior de la carnicería, y desaprovecha la incursión en los juzgados -que trata de forma indebidamente amable-, en los barrios marginales -con ocasión de la visita del abogado a la esposa- y en el decorado exterior de la carnicería en la esquina de una calle cualquiera...
No es que Perdiendo el Norte se merezca
muchas líneas… Nacho G. Velilla firma una comedia romántica simpática, de esas
que te hacen pasar un buen rato y ya está. No es que el reparto tenga una
interpretación antológica, por mucho que la belleza a ratos candorosa, a ratos seductora, y en contados instantes arrebatadora, de Blanca
Suarez -que no acaba de creerse que por fin esté rodando películas y no series de televisión- se vea correctamente contrastada por el chico blandito de turno Yon Gonzalez, por mucho que Julián
Lopez y Javier Cámara –me encantó en La Vida Inesperada a la que le dedicaré oportunamente
un ratito- hagan de secundarios de lujo y por mucho que Pepe Sacristán
interprete un cuasi cameo en recuerdo de Vente a Alemania Pepe…
Lo realmente excepcional de esta película es
una joya que aparece al final, mientras los títulos, un bolero increíble: Berlin
Rozalen… Va por ti…
Casi con el susurro de Danny de Vito en L.A
Confidential, les voy a confesar un secreto que tiene que ver conmigo y con
Guillermo Francella. Cada vez que estoy aburrido y desconectado del mundo
cotidiano me pego un youtubazo de Poné a Francella… No sé por qué, pero me
reconforta la sonrisa de complicidad del personaje, me
devuelve a la vida. No sé por qué, quizás porque durante mi estancia en Buenos
Aires viví lo más cercano a la felicidad que experimenté en mis cuarenta, quizás
porque envidiaba los cuarenta de Francella en los sketches de “Es una nena”, “Sambucetti”,
“Ojitos Azules” y sobre todo de “Cuñados”. Cualquiera de ellos es prescribible
si se sienten jodidos, créanme y háganme caso…
Glosé a Francella un par de veces anteriormente
y no será esta de ahora la última.
Lo admiré en El Secreto de sus Ojos y me
gustó en Atraco. La primera la repito cada año, como hago con: El mundo en
sus Manos, Blade Runner, Bullitt, Rockanrolla, El Último Mohicano o
pongamos con No habrá Paz para los malvados… Pintado tiene algo de cada uno
de los protagonistas de todas esas películas –menuda mezcla, verdad?-, de Francella
en El Secreto de sus Ojos: la postrera lealtad de Pablo Sandoval, como también algo de
la tenacidad y quizás de la melancólica pérdida del amor del Benjamín Espósito de Darín.
La segunda no admite segundos pases: lo hice
y Merello ya no funcionó. Me preocupé, pero esperé por sus nuevos trabajos, no
podía dejar que la pequeña fracción de Pintado en común con Francella muriera.
Afortunadamente sus dos últimas películas
estrenadas -dos comedias inteligentes: Corazón de León y El Misterio de la Felicidad-
me han devuelto la alegría y por diferentes motivos.
Corazón de León. León Godoy, el arquitecto
minúsculo, no admite el fracaso. Podría parecer un personaje improbable, pero
la vida me ha puesto por delante ejemplos de personas con el coraje y las ganas de vivir, y
hacerlo con la elegancia con que lo hace el arquitecto es envidiable, de Godoy.
Cuando lo vi, supe que Pintado también tenía derecho a una segunda oportunidad
y a enamorarse de la mujer improbable. Que tenía derecho a hacer crecer su
corazón más allá de su parálisis. La Comedia no tiene desperdicio y se resuelve
sin que la singularidad física del personaje sea objeto de mofa en ningún
momento. Es un canto a la vida y al esfuerzo por superar las adversidades.
El Misterio de la Felicidad. Quizás alguien
me pueda decir que no desarrolla las posibilidades del argumento hasta las
últimas consecuencias. Sin embargo yo diría que la forma simple en que resuelve
la búsqueda del Dorado personal de los tres protagonistas es magistral. Dos
personas que buscando a una tercera se encuentran a ellos mismos y además el
amor tanto tiempo perdido, me parece una brillante solución, donde la luz que
surge del amor entre los socios plantados supera a la terrible desesperación
del abandono. La pérdida conduce al encuentro de la felicidad. El día a día de Pintado
tiene algo de la mecánica rutina de Santiago. Su búsqueda debería tener la
recompensa del encuentro de Inés. La escena del baile magistral.
Las dos películas, supongo que por
coincidencia, tienen una escena final en una playa brasileña. Supongo que
Pintado deberá tener una escena final con La Rusa en una playa brasileña.
Supongo…
Aunque Pintado, ya lo saben, no tiene los
Ojitos Azules de Francella…
¿Alguna vez has estado en la luna?
Es una divertida comedia italiana dirigida por Paolo Genovese e interpretada en
los papeles principales por Liz Solari y Raoul Bova.
Va de chica pija que se dedica al
mundo de la moda en Milán, una triunfadora cool que para liquidar una herencia irrumpe en el apacible entorno
rural de su niñez en el cual sobreviven un nutrido grupo de aparentes
perdedores… Pero las cosas no son lo que parecen, ya saben, sino lo que acaban
siendo… Los secundarios de lujo…
Habitualmente la comedia romántica
italiana, si bien carece del interesante punto ácido de la francesa, o del negro de la británica, es capaz de imprimir
al trasfondo amoroso una aguda elegancia que hace de estas películas pequeñas perlas de las cuales merece la pena disfrutar. Es el caso de películas como Inmaduros o la magnífica
Ex… Sobre todo, para mí, esta última.
Si queréis disfrutar y pasar un
buen rato os la recomiendo. Y no dejéis de escuchar la canción de cabecera por Francesco
De Gregori…
Y por cierto la protagonista,
Guia, bien podría ser –salvo por los ojos- la Rusa, el personaje que trae de
cabeza a Pintado en su tercera entrega. No se pierdan los tacones y el cabello
rubio recogido en esa cola de caballo… Pero que conste que yo la imaginé
primero…
Una sorpresa que he podido disfrutar en
francés, idioma este que no está entre los que domino… Ninguno, aparte del
castellano, no se vayan a pensar.
Un espléndido trabajo de Benoît Poelvoorde
(Ghislain Lambert) eficazmente secundado por José García (Claude Lambert) y
Daniel Ceccaldi (Maurice Focodel).
Poelvoorde es un cómico que se sale de la
pantalla, en esta y en la mayoría de las películas que le he visto. El belga
recrea con una fidelidad encomiable las peripecias de un esforzado de la ruta,
un gregario que pasa por todo con tal de alcanzar la fama sólo destinada a unos
pocos…
La película está repleta de gags bien distribuidos a lo
largo de la historia que combina a la perfección la comedia con el drama…
La mesa que ocupaba en la terraza del café Klein
me dejaba ver a distancia y en un ángulo agudo la ventana del segundo piso del Relais
Bourgondisch Cruyce, el hotel en el que Pintado me había dicho que se alojaba Walter
Padrón en Brujas. Ese hotel había servido de telón de fondo de algunas escenas
de una película que recordaba con cierto cariño: “Escondidos en Brujas” una comedia
negra bastante buena con Collin Farrell, Brendan Gleason y Ralph Fiennes, cuyo
recuerdo me hizo disfrutar de la espera. No divisaba ninguna luz tras la
ventana de vidrios emplomados de la preciosa fachada de madera y piedra.
El agua del canal que envolvía la esquina que
ocupaba el bar reflejaba las luces amarillas de las farolas y las calles que confluían en este punto se
habían quedado vacías de los turistas que acudían desde Bruselas, me entró un
escalofrío porque no me había traído ninguna prenda de abrigo, los adoquines del
suelo brillaban con la humedad de una lluvia menuda y persistente que había
empezado a caer desde primeras horas de la tarde. Pedí una cerveza, una duvel,
que me pegó fuerte porque la trasegué con la rapidez con que suelo con las
cervezas claritas de España, aun así pedí otra .
Mi celular sonó con esa mezcla de hip hop y
funky que mi hijo me instaló la semana pasada y a la que todavía no me he
acostumbrado. Deslicé mi dedo por la pantalla y escuché la voz de Pintado. Tardó
poco más de cinco minutos en hacerme un resumen de la situación. Padrón nos
había dado esquinazo y había preparado la transacción en Gante. La rusa lo
acompañaba. Me debía mover para allá a la mañana siguiente. Pintado estaba muy
excitado, no sé si por la presencia de la rubia con Walter Padrón o por pensar
que el venezolano se la había levantado en sus narices.
Respiré aliviado, lo cierto es que no disfruto
con esta parte del trabajo, pensé que por lo menos había aprovechado el tiempo
durante el paseo que había dado por la tarde mientras hacía tiempo para conocer
la ciudad. Las calles empedradas y las fachadas de ladrillo me habían fascinado.
La camarera me dejó la nota de la consumición. Dejé una
moneda en el platillo e hice una bolita con la tira de papel de forma
automática, y de la misma forma lo arrojé al canal en dirección a la línea de
luz que se dibujaba varios metros más allá. Varios patos navegaron cadenciosos y
se acercaron a curiosear por si les caía algo.
Me levanté y traspasé la línea de mesas
fronteriza con la calle al tiempo que contemplaba la imagen de la ribera del canal frente a mí, una sucesión de fachadas de ladrillo rojo, ocre y negro, iluminadas en luces y sombras que contrastaban recortadas contra un cielo que súbitamente se había limpiado de la bruma que lo envolvió a la caída de la tarde. Intenté recordar algunos de los cuadros que esa tarde contemplé en el Museo Groeninge, pero sólo me vino a la mente la única sensación persistente en mi memoria desde que Pintado me la presentó, la belleza de la rusa...
Miré las aguas del canal, ni una mínima onda
quedó como huella de dónde arroje la bolita de papel… Pensé en el rostro de la mujer que había enamorado a Pintado y apreté los nudillos con rabia, ella estaba muy lejos de todos nosotros, y viendo las ondas de agua en el canal diluyéndose con la distancia, que así son las
cosas de la vida tan fútiles que ni rastro dejan… Escondido en Brujas…
Hacía tiempo que no le dedicaba un post a una
película, y hoy lo hago porque este director británico ha tocado mi fibra más
sensible al devolverme emociones que no sentía desde mucho tiempo: me hizo
recordar las películas de la matinee del domingo o los telefilmes en blanco y
negro y doblaje portorriqueño, que admirábamos la chavalería de mi calle
aquellas calurosas tardes de verano en camiseta de tirantas en el patio de mi
casa, en la primera televisión de la familia –una vieja telefunken con un solo canal
en VHF-.
Una de espías de trama muy simple, con dos
actores masculinos jóvenes: Henry Cavill y Armie Hammer–que
ya son dos actorazos- y Alicia
Vikander, una aparente chica mona e indudable actriz de talento –que
a ratos recuerda a Penélope Cruz- como contrapunto femenino.
Ni les explico la trama, aunque me supuso un
esfuerzo trasmutar la faz de los agentes de CIPOL: Napoleon Solo -Robert Vaughn
en la original- y de Illya Kuryakin interpretado por el magistral David
McCallum, en este
nuevo formato.
En cuanto al Director: magistral, ritmo made
in Ritchie.
La BSO magnifica… Y me quedo con la canción
de Peppino Gagliardi “Che vuole questa musica stasera”
Este fin de semana he visto Atraco, la última película de Eduard Cortés. Una extraña mezcla de comedia, thriller y drama que no me ha convencido. Y no es que no hubiera ingredientes para hacer de esta una muy buena película. El guion es más que interesante, la ambientación y escenografía acertada, la fotografía extraordinaria, los actores adecuados. Sin embargo la película nunca acaba de despegar. Como comedia no pasa de provocar apenas unas risas, como thriller no engancha y como drama no conmueve. Lo resumiría con un simple carece del ritmo narrativo…
Guillermo Francella. Sublime. Su Merello es antológico. No es la primera vez que lo menciono en el blog, lo hice con ocasión del Secreto de sus Ojos. De nuevo Ojos Azules es lo mejor de la obra.
Es posible encontrar en la red algunas de sus películas en las que comprobar la ternura que imprime a cada uno de sus personajes. Por ejemplo en Papá se volvió Loco e Incorregibles. Y para reír a mandíbula batiente sus sketches de Poné a Francella para la televisión argentina.
La noche amenazaba con cerrarse en agua, así que apretamos el paso. El pub estaba más solitario que de costumbre, tanto que apenas si había un par de taburetes ocupados. A Pintado le apetecía mesa. No me preguntó, se sentó y en paz, lo seguí en silencio, no sin antes mirar alrededor por si las flais, nadie a quinientas millas a la redonda. No teniendo geografía interesante en la que perder la mirada nos enfangamos en una de esas conversaciones de hombres solos. O sea: nos quedamos en silencio mientras trasegábamos los líquidos que el camarero nos había traído hasta la mesa. Ayer no estaba ni Julia, esa chica salvadoreña que cuando no hay nadie nos alegra el rato con su aleteo de pestañas y su sonrisa límpida y evocadora de lugares más cálidos.
Pintado se ventiló el single malt sin rechistar. Mi primera cerveza desapareció en el torbellino que se tragó a Moby Dick. Lo miré con curiosidad, no es raro que no hable, pero sí lo es que lo haga sin mirar. Le pregunté lo que pasaba. Recibí como respuesta el silencio hosco, hiriente como un dardo directo al cerebelo. Palpaba que detrás del vacío bullía un universo hirviente, un caldero en el que se recocía el regusto de la decepción. No me levanté y me fui porque no cuadró, pero es lo que tocaba.
Así pasamos hasta la tercera copa, como dos crustáceos balanceándose en las aguas turbias del fondo marino, cerca de las rocas, en algún lugar lejos de ninguna parte. Pintado se levantó y pagó sin preguntar. Dejó el billete arrugado en la barra y me hizo un gesto. No había contrariedad, apenas furiosa decepción. Salimos a la calle: un escenario inquietante como una reyerta en un pueblo fronterizo, desierta como una aldea abandonada allá en los Monegros, desprovista de vida y perdida como la mirada de un comanche borracho.
Me levanté el cuello de la chaqueta al sentir el frio que venía sierra abajo y caminé junto a mi amigo dejando que el aire de la noche despejara los humores malignos que no sé por qué, anoche, azotaban el espíritu de Pintado.
La clave me la dio al despedirme delante de la puerta de su casa, me miró como lo hubiera hecho un perro apaleado a quien después acaricia su hocico. Me miró y masculló: “Rosebud…”
Me gusta Garci. Admiro su amor y dedicación a lo cinematográfico. Me parece un Director con mayúsculas, reconozco el tono personal de sus obras, su impronta propia.
Algunas de ellas me han inspirado escenas y frases, como el caso del Crack; otras me resultaron tiernas, El Abuelo o Historia de un Beso; otras me parecieron sorprendentes como Luz de Domingo.
La semana del estreno leí, estando fuera de España, las críticas de su última película. La mayoría eran demoledoras, no les hice caso: entendía que la visión personal de Garci no gusta a muchos y, además, es posible que su cine esté un poco demodé. Por eso tan pronto estuve de vuelta en casa miré la cartelera madrileña y ayer noche vi la película.
La sala era pequeña y la pantalla más. Dos semanas después del estreno la cinta ha quedado relegada a la contemplación de una minoría, el público superaba en media la edad de cualquier residencia geriátrica, sólo yo bajaba la media. Por poco.
Aparté las miasmas que procedían del señor que a mi espalda tosía como un condenado y espanté con las manos el persistente aroma a perfume rancio de la señora que lo acompañaba.
Cuento esto para que entiendan que realmente quería estar allí y hacer honor a la obra del madrileño.
El argumento prometía: Holmes y Watson en el Madrid de final del XIX tras la pista de Jack el Destripador. Que salieran Gallardón o Fulgencio Arias, entre otros, en cameos distinguidos, quedaba fuera de mi curiosidad. Estaba allí para disfrutar de la visión del Madrid de Garci y de dos de mis personajes favoritos de todos los tiempos.
Apenas un par de minutos después, tras el inicio de la cinta, empecé a pensar que igual las críticas esta vez eran certeras. A los diez minutos estaba absolutamente convencido de ello; a los veinte miraba el reloj porque parecía que el tiempo se había detenido; a los treinta me había dado cuenta de que a Garci se le debía haber ido la pinza en algún momento del rodaje.
En resumen: ni los diálogos, ni los personajes, ni las interpretaciones –no entiendo el porqué de la belleza racialmente andaluza de Belén López (bellísssima) interpretando a Irene Adler, una joven de New Jersey-, ni siquiera la ambientación –aspecto este tradicionalmente cuidado por el director, por ejemplo la utilización reiterada de las escenas de enlace o los carteles de las estaciones de Madrid Delicias y Madrid Goya-. Nada de nada. Cabe preguntarse cómo se hizo el casting. Y cuándo. Casi ningún personaje encaja (a ratos José Luis García Pérez -Watson- y Carlos Hipólito -Galdós-).
Salvaré la BSO de Pablo Cervantes y a ratos la fotografía de Javier Palacios.
Aguanté estoicamente las dos horas y once minutos, hasta que encendieron las luces de la sala. No describiré los rostros del personal. Está de más…
A pesar de todo me gusta Garci y esperaré a su próxima película. Porque a fin de cuentas el mejor escribano echa un borrón…
Andaba dándole vueltas a la sesera intentando discernir los actores que han marcado mis gustos cinematográficos. Por este blog han desfilado, de momento, Steve McQueen, Gregory Peck, Gary Cooper, John Wayne, Daniel Day Lewis, Lee Marvin, Viggo Mortensen y por supuesto Harrison Ford.
Aunque con respecto a este último me centré en el papel de Deckard en Blade Runner, sin embargo ha estado presente en mi vida desde mucho antes: el teniente Halloran de la Calle del Adiós -cuando me enamoré de Lesley-Ann Down-, Han Solo en Star War, Indiana Jones y el detective John Book de Único Testigo. Por mencionar los personajes que de una u otra forma han ahormado el alma de Pintado.
Es en esta película en Único Testigo, donde la magia del cine –y del personaje- logra hacernos parecer atractiva al taco de madera llamado Kelly McGillis –la misma que increíblemente seduce al joven Tom Cruisede Top Gun- a fuerza de hacerla bailar al ritmo de Wonderful Word interpretado por Sam Cook. Un clásico.
A mi, que conste, también me hubiera gustado bailarla…
He tenido estos días la oportunidad de comparar entre dos visiones diferentes del mismo asunto. De amores imposibles vistos desde las ópticas de diferentes autores.
Por un lado la de Laura Esquivel en Como Agua para Chocolate, por la otra la de Gabriel García Márquez en El Amor en tiempos del Cólera.
Tienen puntos de partida semejantes, un amor que los padres hacen imposible y finales comunes, la consumación del amor en el tiempo. Y he dicho consumación que no final.
Me quedo con la Tita de Laura Esquivel y con el Florentino Ariza de Márquez, ambos plasman de alguna forma los exorcismos de su amor infinito, la una en forma de recetas de cocina, el otro por medio de la lista de las amantes con las que narcotizaba su deseo por Fermina Daza.
Ambas historias son travesías por la vida y en ambas hay un rio que mientras fluye contiene la fuerza desatada de las pasiones -el Rio Grande y el Rio Magdalena- y ventea los deseos de sus protagonistas. En una la vida en el rancho, en la otra Cartagena de Indias. En ambas historias los protagonistas apenan se atreven a dejar de lado lo que les resulta familiar, como peces en un estanque. Ni pueden, ni quieren escapar de su destino.
De las películas basadas en ambas novelas, me quedo con la Mexicana. Adorable Lumi Cavazos. La adaptación de la novela del colombiano es mediocre, a pesar de la belleza de Giovanna Mezzogiorno, la insufrible caracterización de Bardem –achaparrando su figura compacta- y de los demás actores hispanoparlantes trasladando al inglés una historia profundamente hispana hacen el resultado poco creíble, en mi opinión. Y aunque no me vuelve loco Shakira, me gustó su Hay Amores...
Sólo a título de curiosidad. Cuando leí hace días la noticia de la denominada restauración del Ecce Homo de Borja (Zaragoza) por la ahora famosa Cecilia Giménez –una simpática anciana- recordé la situación que protagoniza Rowan Atkinson en la película Bean The Movie de 1997 (traducida en nuestro país bajo el “seductor” título de Bean, lo último en cine catastrófico).
La película no es demasiado buena, de hecho para los admiradores del personaje –entre los que me encuentro- supuso una seria decepción. No obstante algunas escenas se salvaban, entre ellas la que soporta la trama principal, la “restauración” del cuadro La Madre de Whistler.
La buena señora debió ver la película y actuó en consecuencia… Sólo que esta vez no se trataba de ficción...