SINOPSIS



Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.

Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.

Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.

La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.


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miércoles, 31 de mayo de 2017

DESPEDIDA PARA UN VALIENTE... JOSE PORRAS

Para mi amigo José Porras, quien se despide hoy de la Compañía en la que ha trabajado durante dieciséis años. Una de las mejores personas que he conocido, quien muchas cosas me ha enseñado y situaciones aliviado y a quien tengo el privilegio de llamar amigo... Un náufrago más de esta isla llamada Venezuela y a quien espero ver tomar de vuelta la balsa de salvación.

Si...
Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor
la han perdido y te culpan a ti.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no incurres en el odio.
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y arremangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: "¡Resistid!".

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!

Traducido de IF de Rudyar Kipling...

domingo, 5 de febrero de 2017

EL DIA DE LA MARMOTA BOLIVARIANA. VUELVA USTED DENTRO DE QUINCE DIAS…


Como en la película de culto de Harold Ramis “El día de la Marmota (Atrapado en el tiempo)”, miles de venezolanos viven su particular vivencia a la hora de renovar sus documentos de identidad. Y como Bill Murray –el protagonista- reviven, semana tras semana, la misma escena que el periodista revive a diario en el pueblecito de Punxstawnwey dónde acudió a cubrir la aparición del roedor Phil…
En la Venezuela de hoy resulta prácticamente imposible renovar la cédula (carnet de identidad) o el pasaporte. Sólo recurriendo a terceros bien relacionados, llámese funcionario del aparato del estado, burócrata del SAIME o del Ejército, pueden obtenerse los citados documentos al módico precio de 500 dólares al cambio, sin que ello implique seguridad alguna de recibirlos.
Lo que cuento no es ningún chisme, le ocurre a miles de ciudadanos y lo he sabido de primera mano, seguro que usted, si es que vive acá puede corroborarlo. Si alguien armado de paciencia e inocente corrección demócrata accede a una oficina del SAIME a reclamar su carnet o solicitar la renovación del pasaporte obtiene un lacónico. “Vuelva dentro de quince días”… Y así en repetición de un particular día de la marmota bolivariana.
Sin embargo estas semanas Maduro publicita el "Carnet de la Patria", un documento de identidad electrónico que regulará el acceso a alimentos y artículos de primera necesidad adquiridos en los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP).
El presidente de la República hizo un llamado al fortalecimiento de los Clap como el instrumento ideal para concretar en 2017 la recuperación de la economía: "Hay que fortalecer los Clap y el proceso de carnetización; debe haber puntos de inscripción para el Carnet de la Patria en todos los estados y así derribar los muros de la guerra económica y encaminarnos a la recuperación". Maduro además insiste en la importancia de que todo el pueblo asista al proceso de carnetización,  porque "es la única forma de medir los alcances de la revolución" y llegar hasta donde, por ahora, les ha sido difícil concretar los cambios.
Estamos buenos, igual hasta me tengo que hacer revolucionario para acceder a los alimentos básicos…

Y sobre todo no sean ingenuos, detrás de todo esto, el Totalitarismo, el aparato del Estado intentando frenar la sangría de venezolanos que abandonan el país porque no les queda otra, el control a ultranza, los puentes dinamitados para que nadie detrás acceda o salga de la zona de guerra... En cualquier caso un atentado contra la libertad del individuo.

A la vista de todo esto, Señor Zapatero,  ¿sigue usted siendo optimista?

sábado, 4 de febrero de 2017

QUE VERGÜENZA ZAPATERO…


El otro día en un encuentro entre directivos de empresas españolas en Caracas, me han comentado, uno de ellos expresó con enorme disgusto su decepción y la vergüenza que le producía como español  la presencia del Sr. Rodriguez Zapatero, el ex presidente de gobierno español, ya saben, en la mesa de diálogo entre el Gobierno y la Oposición venezolana.
Comparto plenamente ese sentimiento y en otras entradas he expresado mi opinión sobre este señor. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, pero nunca he sido y sigo sin ser capaz de ver las capacidades de Zapatero y me cuesta trabajo entender lo que hay en esa mente que intento escrutar más allá de esa mirada entre bovina y canina que parece el fruto de un imposible cruce entre charolés y san bernardo.
Desde acá solo recibo comentarios de amigos y conocidos poniéndome de vuelta y media al interfecto, pero si se analiza lo que ocurre no queda otra salida. Veamos.  
He buscado la últimas noticias sobre JLRZ: “Zapatero: Soy optimista sobre un futuro en paz y convivencia en Venezuela” dice el titular de El Nacional del 1 de febrero. Le doy vueltas y vueltas a la afirmación del prohombre y sigo leyendo: “el afán por la convivencia exige lucha por la convivencia, intentar generar confianza y mucho respeto”. Ahí le ha pegado, pienso, coño, va orientado. “Hay mucho antagonismo en Venezuela, pero nosotros la Unasur con los acompañantes estamos en un empeño decidido a que la senda de Venezuela no sea la de la confrontación, una confrontación que sería muy grave, sino que sea la senda del entendimiento”…
El periodista resume: Rodríguez Zapatero aseguró en su discurso -tras recibir la distinción (Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Santo Domingo), Diosss¡¡¡- que mantiene una “visión positiva de la acción política” y que su “optimismo permanece y que incluso está optimista sobre el futuro en paz, en progreso y convivencia en Venezuela, tarea a la que ahora estoy muy empeñado”.
Este optimista, tonto hasta decir basta, estúpido –en sentido literal- no se ha dado un paseo por las calles de Caracas ni de cualquier ciudad o pueblo venezolano, no ha hecho una cola, o no ha sufrido en carnes propias la necesidad de un medicamento desaparecido de los anaqueles de las farmacias. Este, que no es más tonto porque no practica, no ha sentido ese pellizco en las entrañas cuando te acercas en tu coche, en cualquier carretera, a cualquier hora, a una alcabala y ves ese fusil en manos de un imberbe de la Guardia, o de las CONAS (Comando Nacional Antiextorsión y secuestro), o de cualquier policía que apenas sabe leer y no tiene ni para comer pero porta una Glock 17 al cinto con todos sus cartuchos rellenando el cargador…
Semejante estulticia nunca debe ser interpretada como un gesto de buena voluntad en pro de la paz, no he comentado la intervención del Vaticano, que también me parece un desacierto desde el momento en que da alas a un gobierno que no demuestra respetar los derechos humanos, a las pruebas me remito, ni ofrecer gestos visibles en pos del diálogo sincero y transparente entre las partes: ¿como interpretar si no el acoso al Parlamento o la ausencia de respeto a lo que dicta la carta magna en lo relativo a las elecciones y el revocatorio del Presidente de la República?. Cada vez que Zapatero aterriza en Maiquetía lo interpreto como una grave amenaza para el futuro de los venezolanos y demanda una actuación decidida del gobierno español que no debe apoyar la presencia en zona de guerra de este indocumentado por la paz…
Y lo peor es que hay venezolanos que nos juzgan y califican por individuos como este... Qué Vergüenza Zapatero.   
Qué maravilla esta Nicki Parrot...

miércoles, 1 de febrero de 2017

LA MALETA DEL SEÑOR ANTONIO. CIENTO DIEZ AÑOS A SUS ESPALDAS.


Quien escribe, o lo intenta, conoce bien esa sensación de caminar al borde del precipicio, la ansiedad por plasmar lo que revolotea dentro de tu cabeza, esquivo a veces, espeso otras.
Llevo esa sensación a flor de piel desde hace días. Necesito compartir lo que llevo dentro, contar historias, plasmar a brochazos gordos lo que la vida me deja.  Y no es cuestión de conversación franca con la pareja o con el amigo de turno, al menos no solo de eso. Es tirar el bote de pintura sobre el lienzo enorme en el suelo y pisar sobre el rastro viscoso que se extiende erráticamente sobre la superficie horizontal.
Debe ser eso que antes llamaban musa, inspiración, se hace esquiva la condená… No me importa ser ñoño a veces, compensa la brutalidad con la que se materializan otras las ganas de escribir. Por eso la poesía infumable de Galdón, o el diálogo interminable con Pintado frente a una imaginaria copa de efectos no tan imaginarios.
En cualquier caso ya conozco el remedio, es cuestión de empezar.
Necesito contar lo que está pasando en este país dónde vivo desde hace algunos años y comparto con otros seres humanos a los que la realidad de este trágico comunismo caribeño de opereta, pero tan implacable y letal como todo totalitarismo que se precie, no vayamos a confundirnos, les está haciendo vivir en propias carnes la historia que los millones de europeos del este vivieron hasta la caída del muro, o los cubanos, queridos vecinos lejanos y esperpénticos, viven todavía a pesar de la desaparición del sátrapa Fidel, o lo que algunos españolitos descerebrados pretenden a tenor de su amor por las ideas de Iglesias y Errejón –ya veremos en lo que acaba su matrimonio a punto de disolución-.
Llevo semanas lamentando no levantar mi pluma –nadie ha dicho que sea buena, por si acaso a alguno se le curva el labio en un rictus de sarcasmo- contra el opresor, para cuando menos expresar mi repulsión por lo que sucede y dejar claro lo que pienso de todo esto. Hay ya demasiada gente que me importa involucrada en este fangal que es ahora Venezuela, y lo llamo así porque la vida acá es la de una charca infectada de caimanes que pelean y depredan a todo bicho que se mueva por encima, sobre y debajo de la superficie putrefacta.
Este país se ha convertido en un espacio donde medran los incapaces, progresan los radicales, sobreviven los delincuentes, asesinan los sicarios y las bandas que secuestran y extorsionan, se corrompe una juventud cada vez más carente de los valores tradicionales de la familia. Este país que alguna vez fue llamado joya del caribe, que estaba llamada a ser el faro de progreso de Latinoamérica, el hogar de acogida de millones de inmigrantes españoles (que aquí los canarios, vascos, gallegos, andaluces, extremeños, catalanes, o linarenses , son sólo eso, putos españoles), italianos, portugueses, sirios, libaneses,  cualquiera que procediera de países en dificultades, cualquiera que estuviera dispuesto a compartir la vida del criollo y a trabajar duro para dignificarla tenían cabida. En este país todos esos incapaces han empobrecido la charca, la han depredado, agotado los recursos haciéndolos inviables. Mientras estos mismos se han enriquecido a costa de los demás, robando a manos llenas, corrompiendo un sistema político de instituciones débiles, manipulando la historia de lo cotidiano, empequeñeciendo la Historia de quienes fundaron la República, antes y después de la independencia, traficando con alimentos, mercancías, drogas, promoviendo una sociedad en la que el espíritu se ha vuelto anécdota y folclore, el arte futilidad inútil, la belleza consumo y la inteligencia aplicada un ejercicio estéril y peligroso…

Y todo esto porque el sábado, de regreso de mi paseo matutino por la playa dorada donde rompen las olas que devuelve la isla Chimana, me di de bruces con una muestra de la brutalidad de estos días. En un pequeño mercadito americano, de esos en los que se vende en la calle los restos de una vida, a veces de toda una existencia anterior, sobre el suelo de cemento que rodea un quiosco en venta, me topé con una maleta de madera, forrada de tela cuarteada y polvorienta que alguna vez exhibió un luminoso azul cobalto, con refuerzos de madera, cuero y latón remachados. Aquella imagen era la viva estampa de Venezuela. Un viejo artículo de lujo arruinado al sol del Caribe, en venta por unos mangos que ya no valen nada. Pero como sucede con la belleza en Venezuela, no importa de dónde venga, se me quedó mirando con esos ojos profundos de maleta huérfana y decidí adoptarla.

Traspasé la malla de alambre que separaba el rastrillo de la acera y entré a preguntar. Un viejito, el señor Antonio, por encima de los setenta, delgado y fibroso, cabello blanco y despeinado, sonrisa irónica, hijo de vasca y venezolano y nieto de emigrantes españoles, me atendió: Mire usted estoy vendiendo lo que me queda, mis hijos ya se han ido, mi mujer ya marchó –lo dijo con brillo en los ojos-, esta maleta era de mis abuelos, la trajeron de allá… ¿Le gusta? La miré y la llevé conmigo, ahora reposa en una esquina de mi casa junto a otros huérfanos que recogí. Ahora ella también, algún día, regresará…

Alberto Cortez, en recuerdo a mi padre a quien tanto gustaba esta canción.

lunes, 26 de diciembre de 2016

MÁS DE CUATROCIENTOS DÍAS PARA VIVIR SIN MORIR EN EL INTENTO. CALMA



Es cuanto hacía que no me asomaba al mundo por esta ventana tan particular. Todo ese tiempo lo he pasado vagando sin rumbo fijo, dando bordadas erráticas, aferrándome al cabo de vida sin demasiadas ganas de hacerlo. Ha sido una travesía complicada de la que salgo vivo por los pelos…
La Rusa ha sido un personaje difícil de digerir, no me costó crearlo, me la encontré porque decidí jugarme todo a su número. Ha sido una experiencia difícil de calificar: transformadora, sorprendente, intensa, cautivadora, cáustica, decepcionante, provocadora, estimulante, agotadora… Irrepetible en cualquier caso. La Rusa se ha llevado con ella parte de Pintado. Afortunadamente.
Con ella al lado apuré la poesía que me llegaba a raudales mientras buscaba su cercanía y tanta ilusión imaginada tras su sombra. Como única recompensa alcancé la desesperación absoluta tan pronto me cercioré de que a su lado mi cotidianidad era imposible. No le echo la culpa. ¿Cómo podría? Lo que sucedió tuvo su parte de error: un error -mio, sólo mio- que, como todos, sólo lo es cuando adquiere la naturaleza pasada, que mientras es presente llamamos amor, deseo, pasión, todo al mismo tiempo. También su porción de acierto: Recuperé para el futuro partes de mí que se habían perdido en el camino. Y de paso a mis hijos.
Ahora que pusimos lejanía, tiempo y espacio a partes casi iguales, es hora de recuperar parte de lo perdido y de invertir lo ganado, que de todo hubo. También le doy las gracias.  
Como un náufrago que pisa la playa tras la tormenta he recuperado el tacto de la arena bajo mis pies y he dejado que la mirada larga se pose allí donde el carmesí de la puesta de sol se pierde. De nuevo la brisa acaricia mi rostro y mis ojos se humedecen por una nueva oportunidad de vivir sin morir en el intento.

Calma...

lunes, 2 de noviembre de 2015

A 15.000 PIES DE ALTURA SOBRE EL MAR CARIBE


Aunque la mañana es cálida la brisa que sopla desde Occidente alivia el ambiente,  lo suficiente para tener una agradable sensación de frescura. Los petroleros, cuyas proas enfilan la bahía en dirección al Morro, salpican de rojo y blanco el inmenso panorama turquesa sin iluminar todavía que tengo por delante. Miro el mar en la lejanía y no olvido las palabras que Pintado me dijo ayer: “Toqué la punta de su nariz, como si lo hubiera hecho toda la vida, como si aquel detalle de familiaridad fuera suficiente para granjearme la confianza que ella no acaba de concederme”.
Acabo de abordar el aparato, un Jetstream 3100 de 19 plazas, que despega rumbo a Caracas con cuatro compañeros y la tripulación. Abajo queda la bahía y sus petroleros salpicados, Puerto La Cruz, Barcelona, Lechería, Guaraguao y Jose con sus cielos de amanecida incendiados todavía por las antorchas de los mejoradores…
Ya surco el cielo, Pintado se quedó en la costa, algo anda haciendo por la zona de Santa Fe, me ha comentado que debido al tal Padrón. Es fácil esconder los fardos de mercancía en cualquiera de las ensenadas desiertas que hay en el Parque Mochima, si cuentas con la complicidad de los pescadores, los únicos que transitan a diario los kilómetros de costa que hay entre Puerto La Cruz y Cumaná, o de las pocas embarcaciones operativas de la guardia costera bolivariana.
Le sigo dando vueltas a sus palabras. Estoy seguro que me las ha dicho por La Rusa. No me ha contado mucho, lo que pasa entre ellos queda entre ellos, ni siquiera sé si ocurrió entre sábanas o frente a una mesa mientras comían, cenaban o tomaban una copa –los dos son de momentos íntimos-.
Le pregunté, pero nada me aclaró. Debo imaginar la escena. Quizás ella se sintió sorprendida, quizás un deja vu, la ternura paterna para con una niña ya de entrada independiente, muy segura de ella misma, muy insegura de los demás… No puedo imaginarme a La Rusa de niña, como tampoco a Pintado de niño. Hay personas que nunca tienen infancia, quizás porque su madurez es tan omnipresente que no somos capaces de imaginar cómo se construyeron esas personalidades en el tiempo. Y el origen del camino no es ajeno al destino en que nos los encontramos.
El ruido de los motores es el dueño en la cabina, traquetean, se esfuerzan por girar a la velocidad necesaria para mantener este panzudo de alas cortas en el aire…
Imagino el tacto de la punta de la nariz de La Rusa entre los toscos dedos de Pintado, un leve roce, el giro de la cara, el estremecimiento del cuerpo de ella y los ojos de los dos enredándose al mismo tiempo, la resistencia al principio, la leve sonrisa de ella que al esbozarse le da a Pintado el derecho de acariciarle la cara con dulzura. El silencio de los amantes que buscan construir lo cotidiano con detalles…

Y mientras pienso en ellos, sin cotidianidad y sin detalles, las nubes se deslizan perezosas y silentes junto a la ventanilla, a 15.000 pies de altura sobre el Mar Caribe…

viernes, 11 de septiembre de 2015

OCLOCRACIA. EL PERVERSO GOBIERNO DE LA MUCHEDUMBRE


La oclocracia consiste en términos llanos en llamar a la revuelta urbana por parte de la clase política, lo cual es indudablemente una perversión de la democracia para manipular el normal desempeño del gobierno por medio de la presión de las muchedumbres en la calle.
La llamada democracia “participativa” -como lo denomina Podemos en España-, mezcla de manifestaciones y escraches callejeros, de malversación torticera de los poderes públicos teóricamente independientes –el poder judicial entre otros- y de habilidosa utilización de las redes sociales y los medios de comunicación -imaginénse que ocurre cuando ni tan siquiera existe la prensa libre-, como propugnan los políticos populistas en general, es el primer y más peligroso paso para acabar con la democracia real, la que, como decía Churchill, mejor garantiza la libertad, que ése sí que es el bien político supremo –como dice Esperanza Aguirre, inspiradora de este post-. Pero todavía resulta mayor perversión cuando la oclocracia la ejerce el gobierno establecido lo cual viene a significar la perversión de la perversión.
Ayer Jueves condenaron a Leopoldo Lopez. La jueza Susana Barreiros, dictó la sentencia: 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de prisión para el coordinador de Voluntad Popular, Leopoldo López. El sitio de reclusión será la cárcel militar de Ramo Verde.

Sin palabras…

miércoles, 9 de septiembre de 2015

TIEMPO DE VALIENTES


Hoy toca rendir homenaje a mi amigo Carlos Guerrero.
Tiempo de valientes es el título de una magnífica película argentina, una historia que narra en clave de comedia la alquimia de los perdedores cuando se enfrentan a situaciones extremas y estos se transforman.
Carlos es un Don Quijote ecuatoriano, un hidalgo de otra época.  Carlos no es ni Diego Peretti ni Luis Luque, no es un psicoanalista maniático ni está traumatizado por ninguna traición conyugal, Carlos es un ingeniero de campo, un soldado disciplinado, un hombre con mayúsculas, que cuando llegó el momento de la verdad alzó lentamente la cabeza y con mirada muy tranquila respondió con seguridad a una pregunta realizada por un comisario del servicio de inteligencia, asumiendo la responsabilidad indefinida del cargo, que es la más difícil de asumir -digánselo a la clase política-.
Carlos es un tipo alto y delgado, de aire pacífico y andar tranquilo. Nacido en Guayaquil y criado en Quito, nos conocimos hace algo más de tres años y me cayó simpático desde el primer momento que nos tropezamos. Conversador incansable, hemos tenido ocasión de compartir sobremesa que siempre ha resultado en tertulia apacible mientras ventilábamos una copa, y mirábamos al futuro, antes que al pasado. No le queda mucho pelo y su sonrisa es la de un chico travieso, pero su mirada, lo ha demostrado con creces, es la de un hombre de los de antes. Es educado y de modales amables y pausados, una persona de metal noble, de brillos de cobre viejo, como adquirido trescientos años atrás…
Como al que nació para martillo, del cielo le caen los clavos, a Carlos le cayeron de golpe las responsabilidades del cargo que asumió con la hidalguía que lleva en la sangre y la normalidad de los actos nobles. Y con ello nos ha demostrado a todos sus compañeros cómo los gestos simples se convierten,  más allá del testimonio que representan, en actos heroicos que mueven la voluntad de los demás. Y con profundo respeto y admiración reconozco la extraordinaria lección de bravura que me ha dado, sin ni siquiera alzar la voz, enfrentando una injusticia con gesto amable y respetuoso. Con valentía.
Tiempo de Valientes…    

martes, 8 de septiembre de 2015

EL YATE DEL GENERAL… POR UN PUÑADO DE DOLARES


Este domingo mi amigo Paco “el gallego” -el señor Paco como le llama la feligresía local- me invitó a navegar en su velero por las islas del Parque Mochima.  Su esposa Bárbara, una maracucha de armas tomar, su hija Rosario -una preciosa muñeca híbrida hispano criolla-, su hermano José –un marino de los de antes, tostado por el sol, de barba blanca y ojos melancólicos-, y un matrimonio español recién llegado a la zona, éramos de la partida. No me olvido de “Rufo” el beagle familiar.
Salimos no muy temprano, el sol lucía bien alto y ardía inmisericorde allá arriba. Bárbara –quien habitualmente oficia de timonel en las salidas dominicales- dio toda la máquina que pudo para recoger brisa cuanto antes. En la bañera, incluso a la sombra del toldillo, hacía un calor pegajoso que sólo se despejó cuando pusimos proa al norte y el soplo fresco del Caribe nos entró como agua de mayo. El horizonte estaba jalonado de mar y tierra a partes iguales en aquella dirección. Los buques tanque petroleros descansaban apaciblemente en la bahía al abrigo del morro y de La Borracha dormitando la mañana como si hubieran salido de juerga. Puerto La Cruz aparecía envuelto en la neblina de primera hora y Lechería recogía el sol desde la Playa Lido.
Estaba en la proa como suelo a la salida. Sujeto a uno de los vientos del palo mayor,  respirando el aire fresco que me tomaba el rostro con sus dedos, pensando en nada, como suelo… José se acercó pronto con la primera cerveza, helada y protegida con un forro para dilatar su frescura. Las bebimos en silencio, mirando hacia Puinare y oteando delfines que no aparecían en lontananza.
Atracamos en Dominguín, los Dominguez –Paco y José- bautizaron así una playa aislada a la espalda del Saco en honor a su padre, un gallego de noventa años tostado y vivaracho que cada año repite experiencia caribeña-. Han hecho de una calita solitaria un lugar de solaz, limpiando –sólo con sus manos y con la eventual ayuda de los amigos- la playa de piedras y rocas, erigiendo un monolito piramidal de algo más de dos metros de altura y cuatro de diámetro que se puede ver desde bien lejos cuando te aproximas.
El barco fondeó fuera de la zona de corales, amarrado de popa a una cadena sumergida en el roqueo del fondo. Me puse el protector solar y nadé hasta la orilla mientras los Dominguez limpiaban el casco de caracolillo y escoria marina. Sólo en la playa todavía desierta -salvo por las carreras del Beagle- pensaba en la historia que me ha trasladado Pintado y en como contarla sin echarla a perder.
Pensaba en la extraordinaria pasión que le veo por la Rusa, sin saber todavía si habrá la misma pasión de ella por mi –supongo que ahora ya podré llamarlo así- amigo. Supongo que será pasión correspondida, pero necesito saberlo antes de escribirle las escenas, la cosa cambia si no…
Mientras miraba sin ver el horizonte, veía sin mirar como otras embarcaciones ocupaban la hasta entonces solitaria y tranquila cala, las más de ellas ocupando con suficiencia los espacios vacío. A fin de cuentas había mar suficiente para todas.
Poco me duró la reflexión a la sombra del tronco que literalmente plantamos en la arena hace un par de años. La compañía en pleno llegó y con ella las cervezas, las risas y las conversaciones de domingo… Una hora después estábamos tostados y hambrientos, dejé a Pintado y la Rusa de lado y volvimos al barco para darle cumplida cuenta a la tortilla y el jamoncito ibérico que nos habíamos traído.
Y en eso andábamos, finiquitando la tortilla y el tintorro, cuando la sombra de una nave mayestática –cómo si no defino el casco de 56 pies de un yate último modelo- se adueñó del espacio a nuestro alrededor y se acercó para abarloarse al yate más próximo a nosotros. Lo hizo sin mirar los niños que jugaban en el agua a nuestro lado, sin respetar los espacios de fondeo y amarre que el viento y la corriente dibujaban claramente alrededor.
Saltamos indignados y proclamamos en voz alta nuestra indignación por la maniobra. No sirvió de nada, el bordo del yate se vino contra el nuestro con la contundencia del matón del barrio o del niño chuleta que hace bulling en el colegio.
Un gordo de gafas negras y gorra roja de jugador de ligas menores bajó del puente con la parsimonia de un embajador plenipotenciario y mirándome con cara de lobo sanguinario me encaró: -Y esa “guevoná” a qué viene –dijo-. Lo hizo con toda la violencia explícita y amenaza sin contener del que se sabe el dueño del cotarro. -Mi general olvídelos. –escuché decir a uno de los miembros de la clá que acompañaba al personaje. –No ve que son unos “mieldas”…

Deseé estar solo y deseé que me hubiera acompañado Pintado… Deseé no estar allí por un puñado de dólares…

jueves, 3 de septiembre de 2015

PODEMOS, CUANDO EL PLUMERO ES DIFÍCIL DE OCULTAR…


Hay muchas cosas discutibles en la vida, interpretables y hasta negociables. Sin embargo no es el caso de la defensa de la razón y de los derechos humanos.
Ayer, en votación celebrada en el Senado de mi país, Podemos se abstuvo en una moción presentada por el PP en relación con la liberación de los 75 presos y el respeto a los derechos humanos políticos en Venezuela y que insta al Gobierno español a hacer «las gestiones oportunas» ante el régimen de Caracas para la urgente liberación de dichos presos, varios de los cuales aguardan a conocer hoy sus sentencias condenatorias.
Por poner las cosas en su sitio el portavoz de Podemos, Ramón Espinar, primero quiso quedar bien dentro de lo políticamente correcto y aseguró que «estamos de acuerdo con el espíritu de la moción presentada por el Grupo Popular» y hasta se dirigió a la tribuna de invitados para saludar y declarar su «respeto» a Mitzy Capriles -la esposa del alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, hoy en arresto domiciliario-. En el arranque de su intervención, el senador llegó incluso a invocar su defensa de los derechos humanos «en cualquier lugar», y a «condenar la resolución por vía judicial de cualquier tipo de conflicto político».
No obstante, Espinar justificó la falta de apoyo a la iniciativa en el «filibusterismo» de los populares. Según sus palabras, «no es que al PP le haya dado de pronto un ataque de defensa de los derechos humanos sino que desde hace tiempo lleva queriendo situar el tema de Venezuela en la agenda pública para no hablar de los problemas de los españoles».
En la misma línea se pronunciaron IU, ERC, Compromís y Amaiur, que no participaron en la votación. Cosas de la Izquierda progresista, supongo, cuyos senadores estaban incorporándose de las vacaciones de agosto, probablemente demasiado cansados para ejercer sus deberes democráticos.

Una más de Podemos, a la que se le ve el plumero… Espero que evidencias como esta, exponente claro del real cariz de la formación política, sirvan para disuadir al personal de nuevas aventuras...

viernes, 28 de agosto de 2015

DON’T GET ME WRONG


Pintado me la ha vuelto a jugar… Me pidió que lo siguiera hasta Gante, pero no quiso encontrarse conmigo antes de su cita con el venezolano. Sé que lo hace por mi seguridad, aunque eso no me satisface, preferiría acompañarlo, incluso a la distancia como tantas veces, entre el silencio anónimo de la muchedumbre que nos mimetiza, sin embargo esta vez lo dejó muy claro con su tajante instrucción. Desde que puso sus ojos en ella ha vuelto a ser el de siempre, el hombre de las largas ausencias y de los silencios graves, el de frases lapidarias, el poeta de las ferias y el esteta del arte rupestre. En definitiva quien conocí in hilo tempore, una persona que no necesita prácticamente de nadie, aunque añora a todos.
No sé qué pensar de este nuevo y, sin embargo, reiterado estado de gracia de mi amigo. La rusa se merece eso y más, yo mismo no he podido sustraerme a su encanto. Todavía recuerdo el día que la conocí…
Habíamos ido a un conocido restaurante de Caracas, uno que frecuentaba William Padrón, quizás su favorito, según nos había soplado la asistente de la oficina de su socio Diomedes Artigas, cómo obtuvimos la información es otra historia, la obtuvimos y punto. Ella estaba conversando con otra mujer, sentada a una mesa, parecía una pantera a punto de saltar sobre su presa. Cuando pasamos por su lado ni alzó la mirada, sin embargo Pintado se quedó clavado, atraído por su presencia, yo también me quedé mirándola, aunque consciente de dónde estábamos le tuve casi que empujar para que continuara hacia la mesa que el camarero nos había ubicado al fondo.
La mesa del rincón dónde nos sentábamos era pequeña y estaba coja,  allá apenas llegaba el fresco del aire acondicionado y una columna a nuestra espalda nos impedía ponernos cómodos como hubiéramos querido, pero tenía un par de ventajas importantes: una, desde esta posición observábamos a todo bicho viviente y dos, la observábamos a ella. No hizo falta que cruzáramos ni media palabra para darnos cuenta que ambos estábamos fijándonos en ella. Quizás lo correcto sería decir que sólo yo me había fijado en ella, porque Pintado se había quedado enganchado desde el primer segundo que la vio. Yo lo conozco bien, aquella vez el anzuelo se le había clavado bien dentro.
Ordenamos la comida, un ossobuco con pasta para mí y un pescado grillé para Pintado. Lo mío nada del otro mundo, debo confesar: al cocinero se le había ido la mano con la salsa y no había llegado con la cocción de la carne, me arrepentí casi en el mismo momento de que pusieran el plato por delante. La cara de Pintado me indicó que lo suyo no estaba mucho mejor. El vino chileno que nos pusieron no ayudó a trasegar el condumio, era una pena, pero ni siquiera pagando era posible encontrar vinos aceptables. Comimos un par de bocados y bebimos una copa, hacía calor y el sonido ambiente empezó a elevarse conforme el restaurante se fue llenando. Ella había desaparecido hacía rato por una puerta de un lateral, mi socio y yo nos miramos cuando la vimos pasar sin mirarnos.
Llamé al camarero que nos había tocado en suerte, Genaro ponía en la etiqueta que colgaba con más pena que gloria de su chaquetilla, y le pregunté por ella. Es la Rusa, nos dijo, la dueña… Ah, respondimos con aire de habernos enterado…
Media hora más tarde el vino se había acabado, que fuera chileno y malo no quita para que nos lo ventiláramos, e íbamos a retirarnos cuando apareció el venezolano en escena. El mismo William Padrón que habíamos ido buscando aquel día, el mismo que Pintado sospechaba estaba detrás de todo el desastre que poco a poco estábamos desvelando. El tipo era de mediana estatura y no mal parecido, jodedor y pintón a partes iguales, iba bien vestido para lo que es Caracas estos días y en su descargo hay que reconocer que hizo entrada con una razonable dignidad, habida cuenta de que iba acompañado de un par de espigados criollitos, de bíceps sobredimensionados a punto de reventar las mangas de las camisas. Un camarero salió inmediatamente en su búsqueda y tras saludarlo lo acompañó a la mejor mesa del local.
Pintado pidió un par de whiskys, también hielo y soda en vasos aparte, hacía calor pero no era cuestión de bautizar todavía el Golden label, nunca hasta la tercera copa, dice siempre mi socio. Nos dispusimos a observar, no era día para abordar al venezolano, cada cosa a su tiempo…
Y ella salió de nuevo, tan de repente como había desaparecido se hizo presente en el local. Esta vez la miré con más atención, al entrar me había quedado prendado de su presencia, pero no había podido entrar en detalles. Vestía con un sencillo vestido azul oscuro muy ajustado al talle, con la falda medio palmo por encima de las rodillas, lo justo para imaginar sus piernas, largas y torneadas. Miré por un segundo a Pintado, parecía hechizado, conozco su mirada y sus gestos, esta vez no era él el depredador, era la presa. Aunque ella caminaba en dirección a la mesa de Padrón, se volteó un instante, sus ojos marrones se cruzaron con los míos, sin embargo supe que sólo iban camino a encontrarse con los de Pintado. Él se quedó colgado en la pálida blancura de su piel y en el movimiento a cámara lenta de su melena rubia.
Pintado apuró el primer vaso de whisky cuando yo apenas había dado un par de tragos del mío. No me dijo nada. No hacía falta, lo conozco como se de mí mismo se tratara. Estaba afectado, tanto que apenas pude descifrar el balbuceo que salió de su boca al depositar sobre la mesa, de un golpe seco, el vaso vacío. Le entendí algo así como: “¿Dónde hasta ahora se había metido?...

Y yo supe en ese mismo momento que algo irremediable había nacido entre Pintado y La Rusa… Don’t get me wrong  

jueves, 20 de agosto de 2015

JUAN SEBASTIÁN BAR: LA FASE 1…



Pintado se revolvió inquieto en el taburete de la barra del bar. Había pasado allí sentado algo menos de una hora, tiempo suficiente para trasegar tres whiskys y estar apurando el fondo del cuarto. Sentía la garganta y el esófago en carne viva, la bilis se mezclaba con el alcohol en una combinación letal que amenazaba con agujerear su sistema digestivo si el almax no lo remediaba. Volteó la cabeza con la esperanza de verla parecer, pero lo único que alcanzó a divisar con el rabillo del ojo fue la silueta tenue de un par de viejos ocupas de barra, conversando en voz baja, cerca del rincón que daba a la entrada del local.
El Juan Sebastián Bar estaba desierto a esa hora; la actuación estelar de la noche hacía tiempo que había acabado y el local se había ido quedando vacío poco a poco,  desangrándose sin ganas. Los camareros esperaban esparcidos por el local la hora de cierre, sabedores de que entre semana y a esa hora era imposible que entrara nadie. Lejos quedaban los tiempos en que, en Caracas, la rumba no terminaba hasta que el amanecer pintaba de carmesí  y amarillo el cielo en el que se diluían las pequeñas chispas de las estrellas. Ahora, tan pronto cerraban los comercios y las oficinas, las avenidas del Rosal se vaciaban de gente, tan rápido como lo permitía la tranca vespertina de la Fajardo. Hacía horas de eso.
Alguien decidió animar el cotarro y puso una pieza, de salsa suave, que se escuchaba lo suficientemente bajo como para que Pintado se girara cuando creyó escuchar el ruido de la puerta de la entrada, al abrirse. La precedió su aroma, un perfume delicado que él conocía ya en sueños. El ruido del vaso, contra la encimera, le devolvió a la realidad y sus pies tantearon el suelo como los de un buzo al sumergirse y tocar fondo. Una pareja, que se escondía en una de las mesas de la parte más escondida del local, salió a la pista a bailar y pasó por delante suyo, el tiempo suficiente para impedirle seguir con la mirada a la mujer que estaba esperando. El tipo se parecía a Antonio Machín pero más chiquito, y agarraba a la mujer, como veinte años menos que él y guapa como la madre que la parió, con la pericia de un bailarín profesional.
Pintado rastreó con la mirada buscando el objeto de su espera: la dueña del aroma errante que lo había hipnotizado al entrar. Ella casi no se había movido de la puerta, apenas lo suficiente para que esta se cerrara, Pintado se dio cuenta que ella lo miraba con la seguridad de un tigre acechando a su presa.
Cuando estuvo segura de que el hombre la había visto se dirigió hacia él con parsimonia atrayendo con su andar todas las miradas masculinas del local, pocas pero muy interesadas. Pintado se apartó de la barra y fue a su encuentro no sabría decir si en un intento inconsciente de protegerla o de dejar patente que aquella noche aquella mujer era suya en exclusiva.
La rusa casi ni lo miró, lo mínimo para orientar su trayectoria. Ella guapa y rubia, con un rostro de trazos finos y delimitados, barbilla y nariz exquisita en su cara ovalada, rasgos que parecían eslavos, de ahí su nombre de guerra, aunque sus ojos marrones sugerían un origen más meridional. Las piernas largas y torneadas tenían el color dorado del dulce de leche y hacían imaginar un tacto suave y aterciopelada, el vestido negro con dos franjas blanca a la altura de las caderas y del busto se ajustaba a su cuerpo como si fuera de licra, aunque caía con la suavidad de la seda, delineando sus contornos con la precisión de una impresora 3D.
Pintado salivó y sintió un nudo allá en las entrañas antes de que reaccionara su entrepierna como una onda en el agua de un estanque.
Se aproximaron sin avisar, como lo hacen dos trenes frenando al límite, como esos muñequitos con imán en la boca cuando se sitúan a la distancia adecuada… Se tomaron de las manos en gesto de saludo y ella apartó la cara justo en el momento en que Pintado acercaba su boca en un torpe intento de besar la suya.

-Fase 1. –Pensó Pintado. -La maldita fase 1…

NOTA: Cualquier parecido entre Rita Pavone y la Rusa es un desorden de la naturaleza...

domingo, 16 de agosto de 2015

PODEMOS, LAS COLAS EN CARACAS Y EL SEÑOR IGLESIAS: EL PASTOR DE LA COLETA.


Estaba leyendo la prensa esta mañana como cada día al despertar. Es curioso cómo te aferras a tu país cuando estás fuera de él, como añoras esas cosas que en lo cotidiano hastían y en la distancia añoras, cosas de la sique… Y leí que Pablo Iglesias, el de la coleta y líder de Podemos, estaba veraneando en una cabaña ecológica en Avila… Y me arreché que dicen acá.

Estoy pasando un par de días en Caracas mientras espero la salida del vuelo de Iberia a Madrid, vuelo que ahora se hace con una frecuencia de tres vuelos semanales, espera obligada por las dificultades para encontrar un pasaje aéreo entre la ciudad del Oriente donde vivo y la capital venezolana.
Viajé el viernes de mañana y trabajé en la oficina que mi Compañía tiene en La Castellana, cerca de Altamira, en uno de los lugares más exclusivos de la capital. Desde los ventanales del piso trece hay una vista impresionante del Avila y de los bulevares cercanos flanqueados de una vegetación verde y frondosa. Desde allí pude ver al menos tres colas diferentes de pacientes venezolanos a la caza de cualquier alimento básico subsidiado bajo la etiqueta de precio justo. Colas multicolores, rebosantes de vida y humildad, serpenteantes, kilométricas, formadas en su mayoría por jóvenes desempleados, madres desesperadas, funcionarios y funcionarias escapados y escapadas de sus puestos en los bancos o en cualquiera de las sedes de los ministerios bolivarianos y del poder popular y sobre todo por venezolanos de la tercera edad que han tomado sobre sus hombros la responsabilidad de llevar a sus hogares una bolsa de harina pan, una caja de leche o una bolsa de detergente, ni hablar de pañales o compresas higiénicas. Y también por bachaqueros –estraperlistas de baja estofa- acopiando para la reventa abusiva.

Y me imaginé al de la coleta haciendo cola con este maravilloso pueblo exhortándoles a disfrutar del Paraíso…

No quiero a mi madre que ya paso de los ochenta, ni a mis hijos que son jóvenes y todavía desempleados, o a mi vecino Carlos al que quiero mucho, tiene mi edad y está desempleado temporalmente, en una cola dando la vuelta a la manzana de cualquier calle de España. Yo mismo no quiero convertirme en bachaquero.

Don Pablo, señor Iglesias, acepte un puesto en cualquier cola de Caracas, de Maturín, de Puerto La Cruz, de Maracaibo, Valencia, San Cristobal, Mérida o de Lechería y predíqueles mientras la importancia de los virus sociales, los mismos que su partido de sainete traspone en España a los desencantados y desencantadas sin criterio a los y las que pastorea en los secos pastos de nuestra vieja tierra peninsular.


sábado, 15 de agosto de 2015

LA BALANZA DEL PECADOR


Han pasado más de dos años desde la última vez que incursioné en este recóndito baúl de sentimientos. Lo hago sin mucho que decir, pero no con tan poco de contar…
Ayer me visitó de nuevo Pintado y me entregó un sobre. Era por la tarde y yo lo estaba esperando en la cafetería del JW Marriott de Caracas donde me había citado la mañana anterior. El salón estaba semivacío y las pocas mesas que estaban ocupadas parecían sacadas de una escena de una de esas películas yanquis en las que un agente de la CIA se encuentra con su contacto en tierra enemiga. Los pocos focos que no estaban tuertos vertían una luz fría que salía de las hélices de las horrorosas bombillas de bajo consumo, enroscadas como lombrices en los casquillos de latón,  y apenas servía para iluminar la inmensidad desolada del recinto.
Solo la contemplación de la belleza de las elegantes líneas de un viejo piano de cola servía para atenuar la sensación de melancolía que me invadió durante la espera.
Apenas noté su presencia. Pintado arrojó el sobre sobre la mesa y llamó al mozo con un gesto de la mano. Lo miré intentando descifrar en su rostro el rastro del tiempo pasado. Me devolvió la mirada en silencio, con un rictus que apenas era una sonrisa esbozada. Supe que nada había cambiado y que era el tipo de los eternos conflictos sin solución.
Pidió un whisky, se conformó con un etiqueta negra. Yo le acompañé. No está Venezuela para muchas exigencias estos días. Bebimos en silencio, como casi siempre. La primera copa cuando nos encontramos, sin decir palabra, es un rito entre él y yo. Se fijó en la cubierta del libro que yo tenía sobre la mesa: “El azar de la mujer rubia” de Manuel Vincent-, y dijo entre dientes algo así como: –vaya coincidencia, no te jode¡¡¡ que no entendí.
Apuró el último trago del vaso, de un golpe, sin retener el líquido ambarino en la boca, chasqueó la lengua y me miró con suspense, manejando los tiempos como el consumado histrión que es. Sus ojos brillaban divertidos, el mentón apuntó a mi rostro esperando la pregunta de rigor que no le hice. Ya nos conocemos y sabemos el tempo del ritual.
Golpeó el sobre con un dedo y me dijo: -La tercera, chupatintas. “la balanza del pecador”. A ver qué haces con ella…
Acto seguido se levantó y me dejó mirando el sobre mientras él hacía mutis por el foro. Toqué a bulto y le calculé algo así como doscientas hojas, casi media resma de folios. Alcé la mirada con apenas tiempo para verle dejar el lobby del hotel agarrado de la mano de una mujer rubia y esbelta, de piernas esculturales y figura divina que le siguió dando saltitos…

domingo, 27 de enero de 2013

PUERTO PIRITU

Puerto Piritu es una pequeña joyita en el Oriente Venezolano. Un enclave en las costas de ningún sitio fundado en 1513. Apenas alguna choza donde vivían los pescadores que echaban sus redes en la laguna. Luego la llegada de los misioneros franciscanos en el siglo XVII y poco más. Un puerto por el que mandar y recibir mercancías entre la Isla de Margarita y las poblaciones del Llano, hacia el sur, a fines del siglo XIX.
Una playa abierta de aguas marrones y un horizonte que se pierde cuando la línea de agua se une con el cielo. Calles estrechas y largas, fachadas coloniales sencillas, de vivos colores y adornos a la andaluza, portones amplios de madera y rejas en las ventanas. Palmeras y cielo.
Dejar de lado la parte moderna y centrarse en el antiguo núcleo urbano cerca de Plaza Bolívar y la Laguna y quizás una escapada a Las Isletas. Llevar protector solar y gorra, apenas hay donde guarecerse del sol que cae a plomo desde las siete de la mañana a cinco de la tarde…
No es un destino turístico, si acaso un lugar en el que desaparecer…