Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.
Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.
Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.
La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.
Tiempo de Nostalgia en plena primavera… Película: "A Kind of Murder" (increíble traducción El Cuchillo)... Fiesta estilo
Hechizada/Embrujada… Alcohol y tabaco, estética años cincuenta… Haley Bennett en
un ajustado vestido negro… Su perfil eslavo y esa increíble cabellera ondulada… Ha llegado para convertirse en un mito, aunque en esta película no dice nada quédense con su mirada.
Johnnie Ray o Alexandra
Lerta para gustos… I Can't
Escape From You
Directamente del último rincón de mi memoria… Tantos recuerdos de mi
época de estudiante en Sevilla. Cuantas veces lo escuché de fondo mientras
trataba de resolver los problemas de cálculo y álgebra… Las noches frescas de Mayo,
el olor del Guadalquivir allá al fondo a la altura de la esclusa, los rumores
del aeródromo de Tablada y el perfil de los cerros del Aljarafe.
El soporte eran cintas de cassette grabadas de los discos
comprados con los ahorros robados a la asignación para la comida. Miguel, mi
amigo Miguel de la Torre, me había montado un amplificador casero en una caja
de aluminio, y dentro una placa de circuitos fabricada por él mismo cuyos componentes había comprado
en una tienda cerca de la Plaza de Cuba –Sonytel creo que se llamaba-. La caja estaba
atornillada burdamente y tenía un par de diales luminosos y dos potenciómetros,
uno para el sonido y el otro para el balance. Las cajas acústicas eran dos cajones de
madera con un par de altavoces de no más de 20 watios de potencia… Un cañón…
Los graves sonaban bien, lo suficiente para hacerme pensar
que aquella habitación de apenas 10 metros cuadrados que Benjamín, mi amigo
Benjamín Rodriguez, me había asignado…
Gracias Hilario, cuando te fuiste te llevaste contigo muchos
de mis mejores recuerdos de juventud…
Pintado ha vuelto a aparecer por la misma puerta que cerró
de un portazo cuando se fue hace ahora algo más de un año. Como siempre, ni
dijo esta boca es mía, sólo me miró y con un arqueo de cejas me invitó a
ponerle una copa de lo que tuviera a mano. No está el horno para bollos entendí
en esa expresión de sus ojos un poco penetrante, un poco amable, un poco
inteligente y muy, muy escrutadora.
Mientras esperaba el fluir de su verbo, ya saben que él es
de pocas palabras, me fijé en lo jodidamente inclemente que es el tiempo con
las personas cuando nos juega en contra. No es que tuviera más arrugas, a
nuestra edad el tiempo no se mide por su número, sino por su profundidad, pero
me di cuenta que su cara estaba surcada de sufrimiento y desesperación, de
conocimiento indeseado, de ansia y de certeza de lo que le quedaba. Tenía un
ojo más abierto que el otro, asimetría que destacaba como la de dos faros
disparejos en la noche
Sus ojos me trajeron de vuelta al momento… Sabes que es
cierto eso de que la mejor defensa es un buen ataque… Que no hay sentimientos,
ni rabia ni remordimiento, más intensos que aquellos que proceden de lo que
eres capaz de adelantar en tu mente, maldita imaginación anticipativa… Y si
entiendes esos mecanismos podrás manipular a cualquier tipo, por más
inteligente o espabilado que se crea…
Al principio no entendí aquella perorata, tuve que esperar
un rato largo, el que pasó contándome lo ocurrido con La Rusa, el desenlace de
una historia, sin detalles, relatada sólo a trazos gruesos, a palmos.
Percepción masculina: Pasión sublime, tórrida, intensa y desgarradora.
Desengaño. Decepción. Incapacidad de alcanzar el cielo con las manos. Caída
libre, en barrena. Promesas incumplidas. Amenazas cumplidas con creces. Y en la
búsqueda de la protección, reproches de ella: Evidentes, Promesas incumplidas.
Subyacentes, Cobardía. En resumen un rescate fallido del Fondo Monetario
Internacional, una muestra más de la incompetencia economicosentimental de mi
amigo. He llegado a pensar que su problema no es tanto de incapacidad sino de
una mala gestión de los riesgos y del equilibrio elemental de la convivencia.
Estoy seguro de que su inteligencia le alcanza para imaginar los escenarios
alternativos, pero también que desecha todos aquellos sin final feliz, con
violines de fondo y rocío en los ojos y se olvida de que la generosidad nunca
es desinteresada y tiene un contrapunto lejano en el principio de equidad
conmutativa que gobierna la relación de pareja. En cualquier caso entendí que
estaba siendo testigo de una ceremonia de despedida. Un entierro sin cadáver de
cuerpo presente. El adiós a un sentido deseo. La liberación de un alma. El
funeral vikingo de Beau Geste.
Dejé que apurara la segunda copa de whisky –me había vaciado
la botella de Jhonnie Walker etiqueta dorada y amenazaba con atacar la reserva,
mi última tequila Don Julio-, cuando fue capaz de alzar su mirada para pedirme el
veredicto. Cada vez se me parecía más al Bogart del Sueño Eterno. Hasta entonces
yo no había hablado, lo había atendido a ratos con la mirada perdida en algún
lugar del paisaje de palmeras que nos rodeaba aquella caída de la tarde, a
ratos persiguiendo las pasadas fugaces de las parejas de guacamayas que surcaban el aire cálido y perfumado,
embelesado por la trayectoria recta de las colas suspendidas tras los cuerpos
fusiformes, con la aerodinámica perfecta de los pequeños seres de Dios, verdes,
amarillos y naranjas, pensando en el pañuelo y la mirada lánguida que recitaba
Celia Cruz… Todo el tiempo una palabra se deslizaba por mi mente, como un
letrero luminoso: Manipulación.
Quise decirle: ¿gilipollas, qué esperabas?... Pero no habría
sido amable ni elegante… En cambio le dije: Otra vez será tío, la próxima será
diferente…
Me miró, sonrió
-apenas una mueca-, quizás entendió que mi sentencia era un deseo, sólo
eso y, antes de girarse para desaparecer en busca de Dios sabe qué o quién, dijo
con una estentórea carcajada que quedó resonando en mi interior: Y el puto
Brunch tuvo que ocurrir en Maracaibo…
Yo sonreí y pensé en las ancas de mi vecina la Flaca. Sería
una buena idea pedirle que me abriera la tapa del Tupperware… (pero esa es otra
historia)
Los botones de llamada atraían mi mirada como si el mundo se
limitara a aquel pequeño dispositivo rectangular incrustado en el sucio mármol de
las paredes del distribuidor de la planta quinta del edificio de oficinas. Ya
era tarde y aquella jornada había durado una eternidad pasada entre indios –de la
India- y damnificados por la era Chávez –el carismático prócer en ciernes de la
Republica- . Aquello sólo lo podía arreglar una cerveza helada, una
conversación en la terraza disfrutando de la fresca brisa del mar o un paseo
por la playa al anochecer.
Allí estático, con el dedo cerca del botón de bajada, huía
de un día más de anonimato reconocido, de rutina asfixiante, de confirmación
del fracaso de toda una vida persiguiendo mi quimera particular. Hundí con saña
el índice en la pastilla plástica y observé la tenue luz titilante. ¿Los
objetos tienen orgasmos? ¿Los botones titilan porque reaccionan emocionalmente
a los deseos? Podía haberme preguntado aquello, pero no, lo que hice fue dejar
mi mente en blanco y mirar la parpadeante respuesta del triángulo de bajada.
La puerta se abrió lentamente, rechinando el cilindro de
arrastre, dejando ver poco a poco el contenido de la caja recubierta de acero inoxidable
ahora ajado y sin brillo. Otras veces lo que me había golpeado, saliendo a mi
encuentro, era el olor a humanidad contenida del interior, otras la plenitud
del vacío absoluto, otras la diversidad de Venezuela… Aquella sólo pude mirar a
la flaca que ocupaba el exacto centro de la plataforma de bajada. Describirla
no sería suficiente para entender lo que sentí. Su porte era distinguido. Era
guapa, sí. Elegante, también. Su piel de color del chocolate suave y su pelo
negro y liso. Sus rasgos finos y delicados, la nariz pequeña, los ojos negros y
almendrados y su boca entreabierta en una sonrisa amable. Parecía una princesa
escapada del castillo. Su mirada se dirigió hacia la mía, probablemente
preguntándose por el interés y las intenciones del hombre que la miraba de una manera
tan penetrante.
De pronto aquel espacio reducido se convirtió para mí en el
universo que quería recorrer y explorar, del que no quería salir… Y ya nunca
dejé, porque una parte de mí se quedó prendida, perdido en aquellos ojos que me
miraban y quizás, me imaginé, sonreían para mí…
Es cuanto hacía que no me asomaba al mundo por esta ventana
tan particular. Todo ese tiempo lo he pasado vagando sin rumbo fijo, dando
bordadas erráticas, aferrándome al cabo de vida sin demasiadas ganas de
hacerlo. Ha sido una travesía complicada de la que salgo vivo por los pelos…
La Rusa ha sido un personaje difícil de digerir, no me costó crearlo,
me la encontré porque decidí jugarme todo a su número. Ha sido una experiencia difícil
de calificar: transformadora, sorprendente, intensa, cautivadora, cáustica, decepcionante,
provocadora, estimulante, agotadora… Irrepetible en cualquier caso. La Rusa se
ha llevado con ella parte de Pintado. Afortunadamente.
Con ella al lado apuré la poesía que me llegaba a raudales mientras
buscaba su cercanía y tanta ilusión imaginada tras su sombra. Como única recompensa
alcancé la desesperación absoluta tan pronto me cercioré de que a su lado mi
cotidianidad era imposible. No le echo la culpa. ¿Cómo podría? Lo que sucedió tuvo
su parte de error: un error -mio, sólo mio- que, como todos, sólo lo es cuando adquiere la naturaleza
pasada, que mientras es presente llamamos amor, deseo, pasión, todo al mismo
tiempo. También su porción de acierto: Recuperé para el futuro partes de mí que
se habían perdido en el camino. Y de paso a mis hijos.
Ahora que pusimos lejanía, tiempo y espacio a partes casi
iguales, es hora de recuperar parte de lo perdido y de invertir lo ganado, que
de todo hubo. También le doy las gracias.
Como un náufrago que pisa la playa tras la tormenta he
recuperado el tacto de la arena bajo mis pies y he dejado que la mirada larga
se pose allí donde el carmesí de la puesta de sol se pierde. De nuevo la brisa
acaricia mi rostro y mis ojos se humedecen por una nueva oportunidad de vivir
sin morir en el intento.
No es que Perdiendo el Norte se merezca
muchas líneas… Nacho G. Velilla firma una comedia romántica simpática, de esas
que te hacen pasar un buen rato y ya está. No es que el reparto tenga una
interpretación antológica, por mucho que la belleza a ratos candorosa, a ratos seductora, y en contados instantes arrebatadora, de Blanca
Suarez -que no acaba de creerse que por fin esté rodando películas y no series de televisión- se vea correctamente contrastada por el chico blandito de turno Yon Gonzalez, por mucho que Julián
Lopez y Javier Cámara –me encantó en La Vida Inesperada a la que le dedicaré oportunamente
un ratito- hagan de secundarios de lujo y por mucho que Pepe Sacristán
interprete un cuasi cameo en recuerdo de Vente a Alemania Pepe…
Lo realmente excepcional de esta película es
una joya que aparece al final, mientras los títulos, un bolero increíble: Berlin
Rozalen… Va por ti…
¿Y qué diablos hago escribiendo sobre la
chica esta Meghan Trainor?, por cierto un año menor que mi hijo menor…
Pues resulta que andábamos este verano mis
dos hijos y yo circulando por la A2 holandesa. Habíamos salido de Amsterdam a
eso de las cinco de la tarde y nos dirigíamos a Ijsselstein, un pueblito
pegadito a Utrecht, yo con las manos apoyadas en el salpicadero del coche, del
lado del copiloto, mi hijo conduciendo el auto alquilado, con el desparpajo
propio de sus 23 años y los reflejos y pericia propia de su edad, que yo ya
olvidé. Le repetía, una y otra vez, que no superara los límites de velocidad
establecidos, que los holandeses que nos rodeaban no parecían miembros de la
escuadra de ataque del Enterprise por casualidad, que en esos países 120
significaba 120, no 120 más menos veinte por ciento. Mi hijo sonreía y con la suficiencia
acostumbrada, no sé heredada de quién, me informaba con esa vocecita irónica
que le conozco: Papá si no te gusta paro y tomas tú el volante, así que ya
sabes…
Me callé, no tenía ganas de conducir y menos
en esa masa homogénea que constituyen los conductores es una autopista
holandesa un lunes por la tarde a la salida del trabajo, pero mis nudillos
estaban blancos de tanto como apretaban contra el plástico texturado de la tapa
de la guantera. En eso mi hija, que había asistido pacientemente en silencio al
diálogo de alfas de la manada, arqueó sus labios en una sonrisa beatífica, que
no sé de quién habrá heredado, y me dijo: Escucha papá para que te calmes…
Y el ritmito de la tal Meghan Trainor empezó
a sonar y una extraña paz inundó mi alma… Y pensé le tengo que poner esta a Pintado, igual se
la manda a la Rusa…
Pintado me la ha vuelto a jugar… Me pidió que
lo siguiera hasta Gante, pero no quiso encontrarse conmigo antes de su cita con
el venezolano. Sé que lo hace por mi seguridad, aunque eso no me satisface,
preferiría acompañarlo, incluso a la distancia como tantas veces, entre el
silencio anónimo de la muchedumbre que nos mimetiza, sin embargo esta vez lo
dejó muy claro con su tajante instrucción. Desde que puso sus ojos en ella ha
vuelto a ser el de siempre, el hombre de las largas ausencias y de los
silencios graves, el de frases lapidarias, el poeta de las ferias y el esteta
del arte rupestre. En definitiva quien conocí in hilo tempore, una persona que
no necesita prácticamente de nadie, aunque añora a todos.
No sé qué pensar de este nuevo y, sin embargo,
reiterado estado de gracia de mi amigo. La rusa se merece eso y más, yo mismo
no he podido sustraerme a su encanto. Todavía recuerdo el día que la
conocí… Habíamos ido a un conocido restaurante de Caracas, uno que frecuentaba
William Padrón, quizás su favorito, según nos había soplado la asistente de la
oficina de su socio Diomedes Artigas, cómo obtuvimos la información es otra
historia, la obtuvimos y punto. Ella estaba conversando con otra mujer, sentada
a una mesa, parecía una pantera a punto de saltar sobre su presa. Cuando
pasamos por su lado ni alzó la mirada, sin embargo Pintado se quedó clavado, atraído
por su presencia, yo también me quedé mirándola, aunque consciente de dónde
estábamos le tuve casi que empujar para que continuara hacia la mesa que el camarero
nos había ubicado al fondo.
La mesa del rincón dónde nos sentábamos era
pequeña y estaba coja, allá apenas
llegaba el fresco del aire acondicionado y una columna a nuestra espalda nos
impedía ponernos cómodos como hubiéramos querido, pero tenía un par de ventajas
importantes: una, desde esta posición observábamos a todo bicho viviente y dos, la observábamos a ella. No hizo falta que cruzáramos ni media palabra para
darnos cuenta que ambos estábamos fijándonos en ella. Quizás lo correcto sería
decir que sólo yo me había fijado en ella, porque Pintado se había quedado enganchado
desde el primer segundo que la vio. Yo lo conozco bien, aquella vez el anzuelo
se le había clavado bien dentro.
Ordenamos la comida, un ossobuco con pasta
para mí y un pescado grillé para Pintado. Lo mío nada del otro mundo, debo
confesar: al cocinero se le había ido la mano con la salsa y no había llegado
con la cocción de la carne, me arrepentí casi en el mismo momento de que pusieran el
plato por delante. La cara de Pintado me indicó que lo suyo no estaba mucho mejor.
El vino chileno que nos pusieron no ayudó a trasegar el condumio, era una pena, pero ni siquiera pagando era posible encontrar vinos aceptables. Comimos un par
de bocados y bebimos una copa, hacía calor y el sonido ambiente empezó a
elevarse conforme el restaurante se fue llenando. Ella había desaparecido hacía
rato por una puerta de un lateral, mi socio y yo nos miramos cuando la vimos pasar
sin mirarnos.
Llamé al camarero que nos había tocado en
suerte, Genaro ponía en la etiqueta que colgaba con más pena que gloria de su
chaquetilla, y le pregunté por ella. Es la Rusa, nos dijo, la dueña… Ah, respondimos
con aire de habernos enterado…
Media hora más tarde el vino se había
acabado, que fuera chileno y malo no quita para que nos lo ventiláramos, e
íbamos a retirarnos cuando apareció el venezolano en escena. El mismo William
Padrón que habíamos ido buscando aquel día, el mismo que Pintado sospechaba
estaba detrás de todo el desastre que poco a poco estábamos desvelando. El tipo
era de mediana estatura y no mal parecido, jodedor y pintón a partes iguales,
iba bien vestido para lo que es Caracas estos días y en su descargo hay que
reconocer que hizo entrada con una razonable dignidad, habida cuenta de que iba
acompañado de un par de espigados criollitos, de bíceps sobredimensionados a
punto de reventar las mangas de las camisas. Un camarero salió inmediatamente
en su búsqueda y tras saludarlo lo acompañó a la mejor mesa del local.
Pintado pidió un par de whiskys, también hielo
y soda en vasos aparte, hacía calor pero no era cuestión de bautizar todavía el
Golden label, nunca hasta la tercera copa, dice siempre mi socio. Nos
dispusimos a observar, no era día para abordar al venezolano, cada cosa a su tiempo…
Y ella salió de nuevo, tan de repente como
había desaparecido se hizo presente en el local. Esta vez la miré con más atención,
al entrar me había quedado prendado de su presencia, pero no había podido
entrar en detalles. Vestía con un sencillo vestido azul oscuro muy ajustado al
talle, con la falda medio palmo por encima de las rodillas, lo justo para imaginar
sus piernas, largas y torneadas. Miré por un segundo a Pintado, parecía
hechizado, conozco su mirada y sus gestos, esta vez no era él el depredador,
era la presa. Aunque ella caminaba en dirección a la mesa de Padrón, se volteó
un instante, sus ojos marrones se cruzaron con los míos, sin embargo supe que
sólo iban camino a encontrarse con los de Pintado. Él se quedó colgado en la pálida
blancura de su piel y en el movimiento a cámara lenta de su melena rubia.
Pintado apuró el primer vaso de whisky cuando
yo apenas había dado un par de tragos del mío. No me dijo nada. No hacía falta,
lo conozco como se de mí mismo se tratara. Estaba afectado, tanto que apenas
pude descifrar el balbuceo que salió de su boca al depositar sobre la mesa, de
un golpe seco, el vaso vacío. Le entendí algo así como: “¿Dónde hasta ahora se
había metido?...
Y yo supe en ese mismo momento que algo
irremediable había nacido entre Pintado y La Rusa… Don’t get me wrong
Recién aterrizados en este universo en Sombras...
Como una puesta de sol.
Como el mar en calma a la caida de la tarde, mirando dónde el horizonte se desdibuja.
He permanecido fuera de cobertura durante varias semanas. La razón: Pintado y yo andamos por el Caribe… Y no precisamente en viaje de placer. Me pidió que le acompañara, es la primera vez desde que intimamos, no pude negarme y además necesito material para la próxima.
De momento no me autorizó a dar detalles que expliquen la razón de este viaje así que me limitaré a pincelar escenas que estos días han amenizado mis horas.
Salimos de España un día frio y luminoso, Madrid nos despidió con su atmósfera desnuda de contaminación, una mañana de sábado. El avión de Iberia me acogió cálido como siempre. Los asientos abatibles de la clase business tienen un no se qué de crisálida que me arropa acogedor. El whisky también estaba bien, frío y adormecedor, como las buenas mujeres malas. Me desperté cuando el sobrecargo avisó por la locución interna que quedaba media hora para llegar.
La costa tiene un tono esmeralda en los alrededores de Caracas, vegetación que trepa hasta el cielo del Avila ocultando cualquier intento humano por colonizar las escarpadas laderas. Esa tarde tuvimos suerte, apenas había nubes y la calina no ocultaba el paisaje. El mar vino a nuestro encuentro junto a la estrecha cinta de tierra que dejan los montes al besar las playas.
Sábado tarde, la autopista de subida hasta Caracas estaba abarrotada de coches desvencijados con mas de cuarenta años de vida a sus espaldas, suspiros del sueño americano que fue, lágrimas olvidadas en tierras del tío Sam que han venido a dar con sus huesos de metal roña en este rincón de sol y sal. Los motorizados pululan entre cualquier hueco, dueños del asfalto, números premiados para la lotería de la muerte que se cobra cada semana varias decenas de ellos en cualquiera de las carreteras del país de la patria de Bolívar. Bingo: dos cuerpos desmadejados sobre un charco de sangre a la entrada de uno de los túneles en la subida desde Maiquetía, como flanes sobre azúcar líquido. Ella era trigueña y morena, con el pelo ensortijado, con un tinte caoba que le venía de dentro, sangre reseca por el calor. Él era un bulto informe, acostado a su lado, como si la protegiera durante la caída. Un policía que apenas tendría veinte años nos daba paso abanicando su mano, lacia, como sacudiendo el aire a su alrededor.
Era noche cerrada cuando recalé en la habitación del hotel. Pintado desapareció en el submundo que no me deja conocer en directo. Se perdió en algún lugar de un barrio llamado Petare, donde entrar es un punto y salir una incógnita.
Esperé en el bar del hotel tomando cerveza fría. Un par de horas después salí a la calle a tomar el aire. El caldo asfixiante de la llegada era ahora una brisa llevadera, agradable a pesar de la humedad. Frente a él destellaban las luces de neón que perfilaban un sugerente cuerpo femenino. Un club de alterne donde pululan decenas de sueños por romper, centenares de sueños rotos, miles de realidades ya inalterables.
Me lo pensé, quizás fuera agraciado por una risa cristalina y una historia interesante…
Pero esa será otra historia, porque Pintado llegó en ese momento, traía la ceja abierta y un cuajarón de sangre reseca en la mejilla. Me dijo chitón con la mirada y se perdió en el ascensor hacia su habitación.
Sentí de golpe todo el cansancio del viaje y de las horas de diferencia. Me fui a dormir. Quizás mañana sea otro día…
Mazarro se removió inquieto en el catre del barracón. Los eslabones metálicos del somier se clavaron en su espalda dibujando verdugones escarlata en su piel. Tenía en la boca el regusto amargo de la ginebra de garrafón que había trasegado hasta casi caer desmayado. Los testículos le escocían allá donde el trasiego nocturno con la Puri había hecho mella.
La Puri era una puta de Valladolid de toda la vida, una de esas chicas guapas de pueblo que embarazada del pinta de turno había emigrado a una Barcelona promisoria en los años sesenta y ahora desencantada, seca y cuarentona era propietaria de un burdel en el barrio Colomina donde intentaba sacar partido de los últimos restos de las ganas de los soldados españoles acuartelados en El Aaiún. Entre la Puri y Mazarro había surgido una de esas relaciones que acabaron antes de comenzar y sin embargo nunca se extinguen. Ella le daba cuartelillo cada vez que el manchego aparecía por el barrio y él le ofrecía abrazos esquivos que para ella suponían efusiones perdidas. Una relación mercantil y emotiva alejada de cualquier lógica pero eficaz para ambos, un toma y daca en las que las palabras sobraban y las caricias se apagaban con llegada del alba.
El corneta tocó diana apenas unos minutos después de que el perro del comandante Cebrían les despertara con los ladridos acostumbrados. El perro –una rara mezcla de mastín y perdiguero- era el ser más odiado de la bandera después del brigada Pumariega y de la puta madre que la parió, como llamaba la tropa al teniente Cabrales, un marica de Ceuta que había ascendido desde soldado raso y que metido en faena arreaba unas ostias de aquí no te menees.
Antes de subir al Land Rover, Mazarro se apretó el correaje y comprobó las cartucheras y proyectiles de los cargadores que le habían entregado en el polvorín minutos antes, introdujo el machete recién afilado y aceitado en su funda y ajustó el selector de disparo del Cetme a posición segura. En el estrecho banco, a su lado, estaba sentado, como siempre, el cabo Suarez y frente a ambos el Sargento Peláez, con la cara de cabreo habitual. Todos se miraron a los ojos sin decir esta boca es mía, saltando de cara en cara como la bola girando en la ruleta antes de detenerse.
El coche salió despedido para perderse en el polvo que desprendía la comitiva que ese día salía de descubierta para adentrarse en territorio saharahui. Por delante otros dos Santanas con el resto de la patrulla y por detrás el Jeep adaptado con el C106 sin retroceso y su pelotón de servicio –ninguno entendíamos la necesidad de un arma anticarro en una misión al desierto-.
Lo entendieron aquella tarde. Se los explicó el teniente Sistach, un joven oficial catalán recién salido de la academia y como los demás voluntario del tercio, cuando se detuvieron un par de horas después para dar descanso a los traseros doloridos de tanto golpe contra los bancos metálicos. Los marroquíes de Hassan llevaban varias semanas asediando algunos campamentos fronterizos con un grupo de castigo, apoyados por un semiblindado de origen francés y de la época de Maricastaña, pero con una ametralladora contra la que no podían hacer nada las patrullas de nomadeo que les andaban tras los pasos. Aquella era la razón de haberlos mandado de descubierta tras los moros a los que tenían que detener sin causar bajas a menos que quisieran armar la marimorena con Marruecos, cuestión esta innombrable en aquellos momentos.
Sistach, que era joven pero no tonto, mandó parar el convoy tan pronto recibió por radio confirmación de que el grupo de avanzada había divisado el penacho de polvo que delataba la presencia de los moros algunos unos kilómetros más allá. Teniendo en cuenta el alcance efectivo del CSA 106 tenían que atraer a los moros hasta una distancia que les obligaba a mojarse el culo a riesgo de que se escaparan de rositas. El plan era simple, uno de los Santana debía hacer de señuelo y atraer a la patrulla enemiga hasta una posición desde la que los artilleros pudieran hacer blanco, lo que en términos prácticos significaba atraer el vehículo ametrallador a menos de un kilómetro del Jeep e inmovilizarlo allí el tiempo suficiente para hacer puntería y disparar. De película.
Le tocó al grupo de Pélaez, lo que significaba que Mazarro y Suarez eran también de la partida. Decidieron hacerlo una hora antes de la caída de la tarde, al amparo de las equívocas luces del crepúsculo, confiando en que los moros morderían el anzuelo pensando que perseguían a un grupo rezagado de una patrulla de peninsulares estúpidos.
Montaron el escenario. Vararon el Land Rover en la arena, levantaron el capó y Mazarro y Peláez hicieron de señuelo mientras el cabo Suarez emboscado tras una duna, doscientos metros atrás, protegía la llegada de los moros con el ojo pegado a la mira del rifle de precisión.
Mazarro me contó que nunca había pasado tanto miedo como cuando distinguieron el morro del camión oruga enfilando directamente hacia ellos y escucharon el tableteo de la ametralladora y el zipzip de los proyectiles levantando la arena frente a ellos. También que nunca se sintieron tan aliviados como cuando a apenas un centenar de metros vieron impactar el proyectil anticarro español y destrozar las cadenas del vehículo.
La siguiente noche Mazarro durmió junto a la Puri sin levantar la cabeza de sus pechos. Toda la noche… De descubierta.
Andaba dándole vueltas a la sesera intentando discernir los actores que han marcado mis gustos cinematográficos. Por este blog han desfilado, de momento, Steve McQueen, Gregory Peck, Gary Cooper, John Wayne, Daniel Day Lewis, Lee Marvin, Viggo Mortensen y por supuesto Harrison Ford.
Aunque con respecto a este último me centré en el papel de Deckard en Blade Runner, sin embargo ha estado presente en mi vida desde mucho antes: el teniente Halloran de la Calle del Adiós -cuando me enamoré de Lesley-Ann Down-, Han Solo en Star War, Indiana Jones y el detective John Book de Único Testigo. Por mencionar los personajes que de una u otra forma han ahormado el alma de Pintado.
Es en esta película en Único Testigo, donde la magia del cine –y del personaje- logra hacernos parecer atractiva al taco de madera llamado Kelly McGillis –la misma que increíblemente seduce al joven Tom Cruisede Top Gun- a fuerza de hacerla bailar al ritmo de Wonderful Word interpretado por Sam Cook. Un clásico.
A mi, que conste, también me hubiera gustado bailarla…
Es curioso como el post más leído en este Blog tiene que ver con Anchorena Club.
La denominación del club de swingers al que hago mención en la novela tiene que ver con un sucedido real que viví allá por el 2007, cuando residía en Buenos Aires.
En aquellos tiempos cada jueves por la tarde acudía a clase de baile en un local de Belgrano en compañía de mi esposa y otros matrimonios amigos. Los integrantes éramos un cosmopolita grupo compuesto por españoles, brasileños, colombianos y hasta un italiano. No se crean, nos dedicábamos al baile, no vayan a desbarrar e imaginarnos ya inmersos en el bizarro mundo del intercambio de parejas…
Pues bien al finalizar las clases -que impartía una beldad de origen ruso, piel nívea y ojos de un azul tan profundo como un fiordo noruego- solíamos juntarnos para cenar en compañía, uno de esos días recalamos en la terraza de un restaurante italiano Capisci cerca de la esquina de Cabildo y Juramento en la Plaza Manuel Belgrano.
Era una noche cálida, de esas que invitan a pasear para buscar una mesa en un sitio romántico, a disfrutar de la brisa bajo los árboles, a tomar cerveza helada a la luz de las velas mientras contemplas la calle y pasa el tiempo llevado de la mano de los transeúntes. Conseguimos juntar varias mesas y sentarnos para disfrutar de una velada entre amigos. Cerca, con el pie apoyado en uno de los bancos del parque, un músico callejero, de pelo largo y barba recortada, tocaba una guitarra e interpretaba baladas de cantantes cansados. El camarero tomó la nota y a los pocos minutos trajo las cervezas de los españoles, los refrescos light de colombianos y brasileños y el agua del italiano. Nos repanchingamos en los asientos mientras dábamos buena cuenta de las bebidas y de los cacahuetes salados que antecedían el condumio que esperábamos. La música flotaba en el ambiente al mismo compás que las cálidas llamitas de las velas que iluminaban el espacio. Los árboles derramaban sobre nosotros el frescor mecido en las ramas que balanceaba la brisa.
Ese día mi amigo Carlos estaba inspirado. Para cualquiera que no le conozca diré que es hincha del Atlético de Madrid –colchonero hasta la médula- y aunque está un poco calvo es un tipo irresistible cuando sus caderas se animan al socaire de cualquier ritmo latino, de profesión economista y de vocación showman compulsivo –alguna vez se arrancó a bailar sobre la mesa del restaurante al calor de los margaritas, pero eso es otra historia-. Pues bien, inspirado significa que, ese día, mi amigo Carlos estaba dispuesto a salirse de madre a la primera de cambio. Lo supe tan pronto escuché sus risotadas estentóreas al final de la segunda cerveza y vi sus ojos de tigre astigmático brillar húmedos a la luz de las velas.
Una chica se nos aproximó y sin que mediara nadie expresó con claro acento español su deseo de sentarse a la mesa. Tenía un aspecto pelín perroflauta, una hippie perdida en el tiempo y en la distancia, mitad damita, mitad putón verbenero. Era morena, de piel y pelo. Bronceada por el sol austral. Sucia de sudor y del polvo que el agua no había retirado hacía un par de días. De entrada nos callamos mientras nos mirábamos intentando dilucidar que estaba pasando. Pero Carlos –que en otra vida sería discípulo de San Francisco de Asís- se levantó de golpe y arrastrando una solitaria silla le hizo un gesto para que se sentara a su lado.
La imagen está servida. Los españoles –ocho menos Carlos- reímos nerviosos –yo me aparté unos centímetros porque el pelo de ella estaba barriendo literalmente mi plato-, los brasileños y colombianos –bastante conservadores por cierto- se miraron incómodos. El italiano –esposo de una colombiana- miró a su esposa y carraspeó mientras se mesaba la perilla. Ella sonreía segura de sí y agradeció el gesto de Carlos estampándole un par de besos en la mejilla mientras se presentaba al personal.
Resumiré su historia: Canaria, separada, madre de una niña, mediana edad –frisaba los cuarenta- dejó su familia, su tierra y su empleo para seguir al chico argentino –el músico que cantaba baladas en el banco de al lado- del que –según ella- estaba locamente enamorada. Esto llevó no menos de diez minutos durante el feroz interrogatorio conducido por Carlos y secundado por el italiano que conforme pasaba el tiempo se iba animando.
Llegaron los platos y nos repartimos los chorizos criollos, el bife y el asado de tira. Se distribuyeron las ensaladas de brasileños y colombianos, se acantonó en una esquina el plato de sorrentinos a la crema del italiano. El vino sustituyó a la cerveza para los españoles, los refrescos light seguían alumbrando el entendimiento de los latinos y el italiano se lo pensó mejor y tras pedir el permiso de la colombiana –aunque ella se lo negó con los ojos y algo más- atacó con fruición la botella de Malbec. La canaria, mientras, asaltó la humanidad de Carlos y se le encaramó al físico tomándolo por los hombros y magreándolo sin recato. Yo le tuve cierta envidia. No mucha, la justa, pero envidia al fin y al cabo.
De nuevo resumo los hechos. Carlos contó chistes, su esposa contó los arrechuchos, una de nuestras españolas –vieja Miss Salamanca, aunque lo de vieja es un decir porque tiene unos espléndidos treinta y cinco años que Dios le conserve- contó chistes –los mejores-. Los brasileños se fueron al poco –escandalizados aunque no lo dijeron- después de ventilarse la ensalada y la colombiana arrastró tras de sí al italiano que, a ratos pegado a la tercera botella de Malbec, a ratos husmeando los aromas de la canaria, lloró al irse como lo habría hecho el propio Boabdil el Chico al dejar Granada.
Cuando quedó la peña hispana en soledad, y mientras la esposa de Carlos intentaba rescatar al soflamado varón de las garras de tan perversa hetaira –como la llamó la ofendida cónyuge en su interior desde la primera aproximación a su propiedad privada, cual Sánchez Gordillo disfrazado de fémina- la canaria nos contó de la existencia de un club de swingers en la calle Anchorena. Y…
Lo que ella nos relató y yo entendí sirvió para que días después, acompañado de mi perro mientras lo paseaba, nos pasáramos por la puerta del establecimiento. Allí en el portón del lugar decidí que algún día incluiría el establecimiento en una de mis historias. Y por eso Pintado años después viajó a Buenos Aires y, entre otros, visitó el Anchorena Club.
¿Qué pasó con Carlos aquella noche?... Eso, amigos míos, es otra historia…
Recorría esta mañana el camino desde la salida de los túneles de la M30 hasta mi recientemente estrenado lugar de trabajo, cuando a la altura de la Estación de cercanías de Delicias, en la calle Ramírez de Prado, he sido testigo de un espectáculo singular.
La mañana tenía ese color gris de los días de agosto a primera hora, el cielo aún no pintaba de turquesa y el aire olía a asfalto recocido, enfriado tras la noche ardiente, ese olor metálico y agrio que se nos queda en la garganta aferrado a ella como un garfio de escalada. La luz ambiente se desvanecía todavía en las retinas haciendo que el verde de los árboles me pareciera tan gris como el cielo que era el dosel matinal, o como el piso de la calle, apenas hojas de papel maché pegadas a troncos escuálidos de aspirantes a viejos plátanos de indias.
Es lo que tiene Madrid, su atractivo no se halla en los bulevares de los barrios, ni en sus equipamientos urbanos.
A esa hora aún había poca gente por la calle, tan poca que hasta las paradas de autobús parecen abandonadas y las avenidas solares vacios tras la espantada de vacaciones. Una chica salía del portal de la casa y encendía el primer cigarrillo callejero, un perro husmeaba el aire en busca del origen del desayuno. Un coche me adelantó por la derecha, como si le fuera la vida en el paso por boxes.
Acera adelante, del lado de la antigua fábrica de cerveza del Águila, desfilaba un curioso grupo, dos hombres y dos mujeres, rumanos. Ellos gañanes de aspecto mustio y cabellos renegrecidos, piel del color del asfalto. Ellas vestían sayas de un indefinido color que se camuflaba perfectamente con el paisaje, podrían parecer prolongaciones de laslosas de la solería, salvo por el pañuelo floreado que cubría sus cabezas. A unos metros por detrás se apresuraban para alcanzarlos un par de componentes del grupo – a estas alturas yo ya me había percatado de que no se trataba de un grupo de coros y danzas, ni de los integrantes de la orquesta de cámara de Bucarest- uno de ellos, ligero como una liebre perseguida por ágiles lebreles, asía en su mano izquierda, como habría llevado un violinista el estuche de su querido instrumento, la muleta que seguramente en unos minutos montará en su flanco mientras reclama limosna en cualquier esquina de la capital del Reino…
Cuidado con los Pícaros profesionalizados. Una nueva forma de delincuencia de bajo nivel y alto impacto. Igual Sanchez Gordillo los sindicaliza y los incorpora a su grupo de excluidos del sistema. Igual Valderas y Llamazares les otorgan carta de naturaleza y los acojen en su amoros regazo. Igual todos se suman a la rebelión de los antisistema.
Cuando tocaba en los bares un borracho me decía
"En las cenizas del fracaso está la sabiduría".
Amaral. Hacia lo salvaje.
Me desayuno esta mañana con varias noticias que resultan curiosas por separado pero inquietantes cuando se juntan en la media neurona que queda activa en esta canícula estival.
Por un lado, la “travesura” de Sánchez Gordillo, diputado de IU y alcalde de Marinaleda, quien ayer acompañado de una “turba” anónima asaltó un par de super en las localidades de Ecija y Arcos de la Frontera para arramblar con productos que luego entregó en un banco de alimentos de Sevilla. Sus argumentos incontestables: “Hemos robado para darles a los pobres, porque los ricos ya andan robando” y “esta crisis es un gran robo”. Debe pensar este moderno Robin Hood de luengas barbas que la solución pasa por el caos. Me pregunto por qué no compró él mismo los alimentos con su salario de político profesional.
Otra noticia que ha llamado mi atención tiene que ver con la fortuna personal de la Presidenta bolivariana de la República Argentina, la ínclita Cristina Fernandez. Acumula en su pecunio personal declarado la cifra de cuarenta millones de pesos, algo así como ocho millones y medio de dólares -en el supuesto de que pudiera cambiar pesos por dólares, cuestión esta complicada en la Argentina actual-. Me pregunto cuál será la cifra real, si esta es la que ha declarado oficialmente. También por qué en lugar de hacer de Robin Hood –véase expropiación de YPF- no dedica parte de sus ingresos a solucionar los problemas enquistados en los miles de villas miseria que pueblan el territorio nacional. Un inciso. Ayer visioné la película “El Bonaerense”. Magnífica y sobria. Nada parece haber cambiado en el país en los últimos diez años –salvo el peinado de las chicas, las etiquetas de las botellas de cerveza y el poder adquisitivo de los argentinos-. Una pena.
Por ultimo una breve mención a mi admirado Chávez, que estos días hace campaña acompañado del inimitable Sean Penn –cuyo aspecto por cierto no puede ser más parecido al del Sheriff de Nottingham o al del propio Juan Sin Tierra- . Todos conocen la vocación hoodiana del venezolano, que estos días se asegura la prevalencia de sus compañeros de milicia –los que no defenestró- en las listas dactilares de los aspirantes designados para gobernar los estados federales. Sin embargo nada se mueve en el país. El líder bolivariano atesora en su interior el secreto de la implosión cósmica que reduce el Todo a la Nada. De nuevo el Caos.
Como ven el mundo del caos rinde tributo a la estética Robín de los Bosques. Cuidado ciudadanos… Cuiden sus gallinas, no se las pelen en crudo.
Los reflejos del sol arrancaban lascas doradas de la superficie quieta del mar. El Mediterráneo en Sorrento tenía un azul tan intenso como el de sus ojos, aquellos que ahora le miraban sin más luz que la de un pozo sin fondo. La brisa le traía el olor a los frutos caídos en el limonar y el aire cálido acariciaba las hojas de los olivos llenos de pequeños frutos, arrullando sus sentidos, haciéndole sentir como en el regazo materno.
Pintado miró el cuerpo femenino tendido a su pies, desmadejado, recorrió sus formas, las acarició con la imaginación, pero no fue capaz de nada más, sólo de quedarse allí quieto, en silencio, dejando que el tiempo pasara, como si acaso las penas pudieran borrarse marcha atrás, desaparecer a cámara lenta, hasta decidir dónde parar. Pero ya era tarde para eso, para volver a los días de vino y rosas, para empezar de nuevo, para decir las cosas que nunca le dijo, para dar los besos que nunca le dio.
Había llegado demasiado tarde. Como siempre con ella. Primero no la había creído, luego había dudado de lo que le decía, solo cuando recibió la prueba de vida –un meñique blanco como la cera, cortado a guillotina, con un corte certero y preciso de cirujano- supo que el asunto era en serio.
Ahora con ella allí delante, inerme y vacía como un ánfora antigua, apenas le quedaba el recuerdo del primer beso robado y de los cientos de besos usados que llegaron despues...
Esta está siendo temporada de magníficos descubrimientos. Quizás sea lo bueno de desaparecer de vez en vez en el limbo de la distancia y el olvido. La vida tiene estas cosas.
Tener la oportunidad de ver con ojos distintos la realidad resulta un magnífico proceso de encuentro, un viaje imperdible. Cosas que siempre han estado resultan nuevas, desaparecen las que siempre parecieron, y se transforman las que no existían.
A fin de cuentas esto es la vida…
Seguro que esta música acompañará a Pintado en alguno de sus momentos diferentes.
LLegó por casualidad, una de esas cosas que sin querer pasan. Buscando historias de Olmedo y Porcel, rastros de sus películas y chascarrillos, y allí cómo en el fondo de un cajón, perdido, una breve secuencia con una interpretación extraordinaria.
Brillante y evocador, un diamante pulido y magníficamente cortado.
Un regalo para todos. Toni Zenet, malagueño. Y afortunadamente para mí vecino de Madrid, como tantos otros que sin haber nacido aquí, acabamos sintiendo esta ciudad que acoge a tanto náufrago.