SINOPSIS



Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.

Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.

Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.

La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.


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miércoles, 18 de enero de 2017

CORTA HISTORIA DE UN BRUNCH EN MARACAIBO. LA ETICA DEL REPROCHE. TIEMPO DE MANIPULACION.


Pintado ha vuelto a aparecer por la misma puerta que cerró de un portazo cuando se fue hace ahora algo más de un año. Como siempre, ni dijo esta boca es mía, sólo me miró y con un arqueo de cejas me invitó a ponerle una copa de lo que tuviera a mano. No está el horno para bollos entendí en esa expresión de sus ojos un poco penetrante, un poco amable, un poco inteligente y muy, muy escrutadora.
Mientras esperaba el fluir de su verbo, ya saben que él es de pocas palabras, me fijé en lo jodidamente inclemente que es el tiempo con las personas cuando nos juega en contra. No es que tuviera más arrugas, a nuestra edad el tiempo no se mide por su número, sino por su profundidad, pero me di cuenta que su cara estaba surcada de sufrimiento y desesperación, de conocimiento indeseado, de ansia y de certeza de lo que le quedaba. Tenía un ojo más abierto que el otro, asimetría que destacaba como la de dos faros disparejos en la noche
Sus ojos me trajeron de vuelta al momento… Sabes que es cierto eso de que la mejor defensa es un buen ataque… Que no hay sentimientos, ni rabia ni remordimiento, más intensos que aquellos que proceden de lo que eres capaz de adelantar en tu mente, maldita imaginación anticipativa… Y si entiendes esos mecanismos podrás manipular a cualquier tipo, por más inteligente o espabilado que se crea…
Al principio no entendí aquella perorata, tuve que esperar un rato largo, el que pasó contándome lo ocurrido con La Rusa, el desenlace de una historia, sin detalles, relatada sólo a trazos gruesos, a palmos. Percepción masculina: Pasión sublime, tórrida, intensa y desgarradora. Desengaño. Decepción. Incapacidad de alcanzar el cielo con las manos. Caída libre, en barrena. Promesas incumplidas. Amenazas cumplidas con creces. Y en la búsqueda de la protección, reproches de ella: Evidentes, Promesas incumplidas. Subyacentes, Cobardía. En resumen un rescate fallido del Fondo Monetario Internacional, una muestra más de la incompetencia economicosentimental de mi amigo. He llegado a pensar que su problema no es tanto de incapacidad sino de una mala gestión de los riesgos y del equilibrio elemental de la convivencia. Estoy seguro de que su inteligencia le alcanza para imaginar los escenarios alternativos, pero también que desecha todos aquellos sin final feliz, con violines de fondo y rocío en los ojos y se olvida de que la generosidad nunca es desinteresada y tiene un contrapunto lejano en el principio de equidad conmutativa que gobierna la relación de pareja. En cualquier caso entendí que estaba siendo testigo de una ceremonia de despedida. Un entierro sin cadáver de cuerpo presente. El adiós a un sentido deseo. La liberación de un alma. El funeral vikingo de Beau Geste.
Dejé que apurara la segunda copa de whisky –me había vaciado la botella de Jhonnie Walker etiqueta dorada y amenazaba con atacar la reserva, mi última tequila Don Julio-, cuando fue capaz de alzar su mirada para pedirme el veredicto. Cada vez se me parecía más al Bogart del Sueño Eterno. Hasta entonces yo no había hablado, lo había atendido a ratos con la mirada perdida en algún lugar del paisaje de palmeras que nos rodeaba aquella caída de la tarde, a ratos persiguiendo las pasadas fugaces de las parejas de guacamayas  que surcaban el aire cálido y perfumado, embelesado por la trayectoria recta de las colas suspendidas tras los cuerpos fusiformes, con la aerodinámica perfecta de los pequeños seres de Dios, verdes, amarillos y naranjas, pensando en el pañuelo y la mirada lánguida que recitaba Celia Cruz… Todo el tiempo una palabra se deslizaba por mi mente, como un letrero luminoso: Manipulación.
Quise decirle: ¿gilipollas, qué esperabas?... Pero no habría sido amable ni elegante… En cambio le dije: Otra vez será tío, la próxima será diferente…
Me miró, sonrió  -apenas una mueca-, quizás entendió que mi sentencia era un deseo, sólo eso y, antes de girarse para desaparecer en busca de Dios sabe qué o quién, dijo con una estentórea carcajada que quedó resonando en mi interior: Y el puto Brunch tuvo que ocurrir en Maracaibo…

Yo sonreí y pensé en las ancas de mi vecina la Flaca. Sería una buena idea pedirle que me abriera la tapa del Tupperware… (pero esa es otra historia)  

lunes, 26 de diciembre de 2016

MÁS DE CUATROCIENTOS DÍAS PARA VIVIR SIN MORIR EN EL INTENTO. CALMA



Es cuanto hacía que no me asomaba al mundo por esta ventana tan particular. Todo ese tiempo lo he pasado vagando sin rumbo fijo, dando bordadas erráticas, aferrándome al cabo de vida sin demasiadas ganas de hacerlo. Ha sido una travesía complicada de la que salgo vivo por los pelos…
La Rusa ha sido un personaje difícil de digerir, no me costó crearlo, me la encontré porque decidí jugarme todo a su número. Ha sido una experiencia difícil de calificar: transformadora, sorprendente, intensa, cautivadora, cáustica, decepcionante, provocadora, estimulante, agotadora… Irrepetible en cualquier caso. La Rusa se ha llevado con ella parte de Pintado. Afortunadamente.
Con ella al lado apuré la poesía que me llegaba a raudales mientras buscaba su cercanía y tanta ilusión imaginada tras su sombra. Como única recompensa alcancé la desesperación absoluta tan pronto me cercioré de que a su lado mi cotidianidad era imposible. No le echo la culpa. ¿Cómo podría? Lo que sucedió tuvo su parte de error: un error -mio, sólo mio- que, como todos, sólo lo es cuando adquiere la naturaleza pasada, que mientras es presente llamamos amor, deseo, pasión, todo al mismo tiempo. También su porción de acierto: Recuperé para el futuro partes de mí que se habían perdido en el camino. Y de paso a mis hijos.
Ahora que pusimos lejanía, tiempo y espacio a partes casi iguales, es hora de recuperar parte de lo perdido y de invertir lo ganado, que de todo hubo. También le doy las gracias.  
Como un náufrago que pisa la playa tras la tormenta he recuperado el tacto de la arena bajo mis pies y he dejado que la mirada larga se pose allí donde el carmesí de la puesta de sol se pierde. De nuevo la brisa acaricia mi rostro y mis ojos se humedecen por una nueva oportunidad de vivir sin morir en el intento.

Calma...

lunes, 2 de noviembre de 2015

A 15.000 PIES DE ALTURA SOBRE EL MAR CARIBE


Aunque la mañana es cálida la brisa que sopla desde Occidente alivia el ambiente,  lo suficiente para tener una agradable sensación de frescura. Los petroleros, cuyas proas enfilan la bahía en dirección al Morro, salpican de rojo y blanco el inmenso panorama turquesa sin iluminar todavía que tengo por delante. Miro el mar en la lejanía y no olvido las palabras que Pintado me dijo ayer: “Toqué la punta de su nariz, como si lo hubiera hecho toda la vida, como si aquel detalle de familiaridad fuera suficiente para granjearme la confianza que ella no acaba de concederme”.
Acabo de abordar el aparato, un Jetstream 3100 de 19 plazas, que despega rumbo a Caracas con cuatro compañeros y la tripulación. Abajo queda la bahía y sus petroleros salpicados, Puerto La Cruz, Barcelona, Lechería, Guaraguao y Jose con sus cielos de amanecida incendiados todavía por las antorchas de los mejoradores…
Ya surco el cielo, Pintado se quedó en la costa, algo anda haciendo por la zona de Santa Fe, me ha comentado que debido al tal Padrón. Es fácil esconder los fardos de mercancía en cualquiera de las ensenadas desiertas que hay en el Parque Mochima, si cuentas con la complicidad de los pescadores, los únicos que transitan a diario los kilómetros de costa que hay entre Puerto La Cruz y Cumaná, o de las pocas embarcaciones operativas de la guardia costera bolivariana.
Le sigo dando vueltas a sus palabras. Estoy seguro que me las ha dicho por La Rusa. No me ha contado mucho, lo que pasa entre ellos queda entre ellos, ni siquiera sé si ocurrió entre sábanas o frente a una mesa mientras comían, cenaban o tomaban una copa –los dos son de momentos íntimos-.
Le pregunté, pero nada me aclaró. Debo imaginar la escena. Quizás ella se sintió sorprendida, quizás un deja vu, la ternura paterna para con una niña ya de entrada independiente, muy segura de ella misma, muy insegura de los demás… No puedo imaginarme a La Rusa de niña, como tampoco a Pintado de niño. Hay personas que nunca tienen infancia, quizás porque su madurez es tan omnipresente que no somos capaces de imaginar cómo se construyeron esas personalidades en el tiempo. Y el origen del camino no es ajeno al destino en que nos los encontramos.
El ruido de los motores es el dueño en la cabina, traquetean, se esfuerzan por girar a la velocidad necesaria para mantener este panzudo de alas cortas en el aire…
Imagino el tacto de la punta de la nariz de La Rusa entre los toscos dedos de Pintado, un leve roce, el giro de la cara, el estremecimiento del cuerpo de ella y los ojos de los dos enredándose al mismo tiempo, la resistencia al principio, la leve sonrisa de ella que al esbozarse le da a Pintado el derecho de acariciarle la cara con dulzura. El silencio de los amantes que buscan construir lo cotidiano con detalles…

Y mientras pienso en ellos, sin cotidianidad y sin detalles, las nubes se deslizan perezosas y silentes junto a la ventanilla, a 15.000 pies de altura sobre el Mar Caribe…

sábado, 10 de octubre de 2015

MAS O MENOS REGULAR. EL MIEDO DE PARECER JEP GAMBARDELLA



Aquella noche Pintado estaba menos melancólico que de costumbre y Alfonso, ya saben el barman de La Sibila, más generoso que otras veces. La música que sonaba de Antonello Venditti -"Amici Mai”- tenía a mi amigo con la mirada perdida en el sofá Chester hacia el que siempre mira cuando acabamos allí. Yo iba por mi segundo whisky y Pintado por su tercer Dry Martini. -Alfonso los prepara muy secos y muy fríos, -me dijo él, -como los ojos de ella cuando se molesta por algo…
-Le pregunté si se refería a La Rusa, -a quien demonios si no, -me respondió, con un cierto toque sarcástico en la voz y los labios fruncidos, con cierta violencia contenida. -Sabes andaluz, -me dijo, y yo supe que tocaba sentencia, como siempre que me menciona por mis orígenes, -Yo la quiero mucho y no sé si lo que ella quiere es que yo la quiera como Jep Gambardella…
Al principio no caí, rebusqué en el disco duro, el nombre me sonaba. Pintado estaba hablando con Alfonso, le acercó la copa vacía y le pidió el cuarto Martini. Me removí nervioso en el taburete y empecé a deletrear el alfabeto en silencio, dentro de mi cabeza, lentamente, esperando que las imágenes se me formaran en la mente. Una pareja entró. Ella bonita, de mediana edad, grandes ojos verdes y  boca carnosa, no debería tener menos de cincuenta, quizás más pensé cuando la luz de los halógenos le acarició la piel sedosa.  Más joven él, tercera generación de pijos por lo menos, bronceado y cuidado en gimnasio. Pareja ocasional. No se miraban con complicidad.
Un grupo ruidoso en una mesa del fondo destruyó con sus risas estentóreas la magia de la siguiente canción de Venditti, “Che tesoro che sei”, los camareros revoloteaban alrededor de aquella mesa como buitres hambrientos sirviendo el vino. Otro grupo esperaba que los acomodaran a una mesa. Una mujer joven se separó de este último grupo y caminó hacia nosotros con la mirada altiva que tienen esas mujeres que miran sin ver cuando se acercan. Algunos miembros del sexo opuesto giraron sus cabezas a su paso, como ventiladores. En un último esfuerzo la imagen que esperaba se formó de pronto: Jep Gambardella es el personaje de Toni Servillo en la Gran Belleza. La película italiana…
-Por qué dices eso, -le dije a mi amigo satisfecho de que la senilidad no me pueda de momento. -No te pareces nada a Gambardella. Tú no tienes su sentido estético de la vida, ni su sensibilidad, ni su estilo, nada de nada, -apostillé al final de mi corto relato de diferencias, nada sutiles por cierto.
-Es la sensación que tengo. No sé si ella espera un tipo como yo y no busca en realidad a alguien como Jep Gambardella. Yo nunca podré ser él. Yo nunca la querré como Gambardella quiere a Ramona –el personaje interpretado por la bellísima Sabrina Ferilli-, nadie quiere a nadie de la misma manera, ni más, ni menos. Yo nunca podré revolotear la vida sólo por el puro disfrute de la belleza, yo nunca podré ser el Rey de la Mundanidad. No, yo soy un tipo algo más prosaico. No me importa usar la misma chaqueta dos días seguidos, no me gustan las fiestas… -Para, no sigas, -le interrumpí, -pero te gustan los amaneceres, como él, y amas el arte y la literatura, como él, te gusta escuchar en silencio las conversaciones inteligentes y ajusticiar las peroratas de los insustanciales, y a los dos os gusta la soledad cuando hacéis mutis por el foro... –Es posible, -me dijo, -ojalá entienda que la quiero como nunca antes a nadie… Ni más. Ni menos, Ni regular… -Y dicho eso se calló y apuró el cuarto Martini…

Me quedé mirándolo sin entender del todo sus últimas palabras… Más o menos, regular.  

domingo, 27 de septiembre de 2015

EN LA BARRA DE LA SIBILA.



Ayer de nuevo me encontré con Pintado. Me preguntó por la novela, -cómo avanza, -dijo lacónicamente, mientras apuraba de un trago el whisky que le había servido Alfonso, el barman de la barra de La Sibila, y pedía otro con un seco gesto de muñeca y el vaso vacío en la mano.
Pintado parecía perdido allí y no dejaba de mirar hacia un sofá chester que había en el interior del local. Sus ojos tienen ahora una mirada más intensa que cuando lo conocí y su rostro es más terrible, la cicatriz se destaca pálida en la piel curtida por el sol y el aire marino. -Busca algo, o a alguien, -pensé. Y se lo pregunté.
No dijo nada al principio, sólo me miró, dio otro trago largo al Macallan y sólo después susurró algo así como que había estado allí con La Rusa… Imaginé la escena del Dry Martini, en aquel escenario que sólo meses atrás me hubiera parecido imposible para Pintado, pero que ahora es el decorado ideal de sus encuentros con La Rusa, a la que algún día deberé de poner nombre porque se ha instalado en la vida de mi amigo. No me dijo mucho más, no hizo falta, lo llevaba escrito en los ojos…
Miré alrededor y traté de imaginar qué mujer era capaz de transformar así un ser como Pintado…
Entraron de la mano, ella no le había permitido que le ofreciera el brazo, y todas las miradas masculinas se voltearon hacia ellos como atraídos por un imán. Pintado presentía que eso iba a ocurrir, a fin de cuentas él habría hecho lo mismo en esas circunstancias, pero se sintió molesto igualmente, ella era el objeto del deseo común y no le gustaba. La chica que recibía en la entrada le pidió el nombre y un teléfono, le dio el primero que se le vino a la mente. Atravesaron la pieza que ocupaba la barra y  se dirigieron hacia un sofá chester ubicado en la pieza continua. La Rusa había tomado la iniciativa y no dejaba lugar a vacilaciones. Pintado la ayudó a acomodarse y le tendió la mano mientras ella se sentaba cuidando que sólo una fracción pertinente de piernas quedaran al descubierto.
Encargaron los tragos, mientras esperaban una legión de varones curiosos se hizo presente desfilando por delante de la zona en una cadencia lenta y cansina, como vagones de un tren de mercancías. La Rusa apenas apartaba la mirada de Pintado, pero él sabía que ella no perdía un solo detalle de la situación, él la tomó de las manos y sin darle tiempo a protestar la besó en los labios con todas las ganas que llevaba dentro desde que la había recogido esa noche a la puerta del hotel…

De golpe volví a la realidad cuando Alfonso me preguntó si llenaba de nuevo mi vaso. Pintado había desaparecido como por arte de magia, tan ensimismado estaba imaginándome la escena que ni cuenta me di. Pregunté por mi amigo y el barman me señaló la puerta con un golpe de su barbilla mientras secaba un vaso de una forma inequívocamente profesional. El sofá chester seguía vacío al fondo y ahora lo miré con envidia.
Pagué y me fui. Fuera la noche era cálida, los sapitos inundaban el aire con su sonido agudo y persistente. Salvo por los guardias de seguridad no había un alma. Llegó mi coche y cuando subí a él me inundó una sensación de pérdida absoluta, probablemente la misma del piloto superviviente al posarse en la plataforma de la nave nodriza que acoge al último caza rezagado…  

sábado, 19 de septiembre de 2015

EL QUESO DE LA TRAMPA


Llevo recorrida media Europa detrás de Padrón y no he conseguido atraerlo a la trampa. Como un ratón, pensé, entraría a morder el queso que había entre las piernas de La Rusa, aunque hay un pequeño problema que no había previsto, me he enamorado de ella, y de resultas el ratón soy yo…
La habitación de este hotel de Amsterdam me resulta opresiva, estrecha, mal ventilada como una cloaca, como el canal inmundo que puedo ver desde este ventanuco que da a una calle del barrio rojo. Me he convertido en una puta más exponiéndose por algo de lo que ya no me acuerdo porque ella me ha borrado todos los registros anteriores. Un reflejo naranja titila en la esquina opuesta a la cama que ocupo. Las sabanas están desaliñadas y siento un frío húmedo que la ropa que llevo ni calma ni merma. Me duele la cabeza y mis pies no obedecen. Creo que he hecho mal fumando ese porro con la hierba que me vendieron en el coffee shop de abajo. No me debí fiar de aquel turco maloliente y barbudo, o sería sirio o quizás albano kosovar, tanto da, he perdido la cuenta de tanto refugiado perdido por las calles, deambulando en la compañía de otros como ellos… Aunque ahora que recuerdo el tipo hablaba un español perfecto, igual sería de Almería, yo que sé, tanto da…
Una semilla de idea se ancla a mi cerebro y el naranja cambia a un azul celeste flojito, como si las luces de fuera quisieran expulsar las miasmas tenebrosas de esta habitación vacía sin ella... No soy capaz de concretar, sólo soy capaz de ver colores que se me escapan como agua entre los dedos…
Me desperté con el indefinible sabor de ella en mis papilas, con su aroma en la pituitaria, como si se hubiera fundido en el aire que respiro y penetrado cada partícula de mi ser.  No había poesía en esa sensación, iba más allá, era total y desesperantemente absoluta, ni latir, ni respirar, ni pulsión, formaba parte de lo elemental y primigenio, era anterior siquiera a mi conciencia física. Me incorporé como pude y palpé mi cabeza, me dolía allá dónde el día anterior me golpeó el gordo, la piel estaba inflamada, pero no se había roto la epidermis, mi cuero cabelludo parecía un campo de amapolas de acero ensartadas en mi cráneo…
Una hora después estaba bebiendo café dentro de un antro que parecía un vagón de tercera atestado de mochileros fumados. Mi aspecto no era mucho mejor, aunque mi edad claramente desentonaba. No tenía dinero para otra cosa. Hasta que llegara el Andaluz no me quedaba otra.
La había llamado. Su teléfono no contestaba. Caía la llamada al cuarto ringazo. Sólo deseaba que Padrón no la encontrara antes que yo.

Un rayo de sol alcanzó a penetrar la maraña humana que me antecedía. Una sensación cálida que invadió mis pupilas y entró en mi cerebro como una estrella fugaz. Recordé el sabor de sus labios en los que lamí la última gota de cocktail y entonces supe a lo que sabía el queso de la trampa…

miércoles, 16 de septiembre de 2015

EL SABOR DEL PERFECTO DRY MARTINI


Andaba dándole vueltas a una escena entre Pintado y la Rusa y se me ocurrió una en la que la pareja conversaba en los instantes previos a la cena en un elegante local acorde a la calidad de la fémina. Imaginé un elegante hotel boutique, pequeño y acogedor, escondido a las miradas de la multitud, discreto y exclusivo.
Lo primero era situar a la pareja en la zona lunch, ya saben esa área previa al comedor en la que los comensales inician la conversación, degustan un aperitivo, ordenan la cena y dependiendo de cómo vayan las cosas inician el escarceo amoroso. Un sofá chester de color tabaco me pareció el soporte perfecto.
Imaginé a la Rusa de mono (braga le dicen en Venezuela) con blusa abierta sobre un bustier negro.
Pintado estrenaría camisa blanca, primero iba a ser negra, pero lo dejé en blanca aunque sin corbata…
Y me faltaba el aperitivo. Le pregunté a la musa inspiradora, Dry Martini, sugirió.
La elaboración del Dry Martini es fácil. Vertemos el Martini y la ginebra en un vaso mezclador con abundante hielo, removemos bien, y servimos filtrando con cuidado en una copa de cóctel. A continuación, perfumamos retorciendo la piel de limón.
Para decorar una aceituna verde, sin hueso, pero sin relleno. Dependiendo del tamaño de la copa, hay quien añade dos. Servirlas ensartadas en un palillo cruzado en la copa.
Además de James Bond, que no sólo lo prefiere agitado, sino que también lo pide con vodka en vez de con ginebra — lo que se conoce como vodka Martini— algunos personajes reales, cayeron rendidos al encanto de este cóctel. Desde Marlene Dietrich hasta Franklin D. Roosvelt, Eisenhower, Hemingway, Frank Sinatra o Luis Buñuel.
Proporciones del DRY MARTINI:
Receta clásica: 1 parte de Martini extra seco, 1 parte de Ginebra, 1 golpe de orange bitter, 1 twist de limón, 1 aceituna verde
Receta actual: 1 parte de Martini extra seco, 4 partes de Ginebra, 1 twist de limón, 1 aceituna verde.
Nota: Algunos expertos indican que la mejor ginebra para un Dry Martini clásico es la Tanqueray Rangpur…

Y Pintado acabó rendido de nuevo al poder seductor de La Rusa … Sus besos tendrán un definido sabor a ginebra suavizada por el pálido dulzor del Martini seco. En los labios de ella, el sabor del Perfecto Dry Martini

jueves, 10 de septiembre de 2015

ESOS SEGUNDOS DE DESPUES… QUE DEFINEN EL AMOR


Pintado miró al techo de la habitación con la mente en blanco donde las sombras del amanecer se confundían con la suciedad del revoco de yeso, donde el blanco retrocedía frente a los estragos del tiempo. Intentaba entender lo que le estaba pasando, sin conseguirlo del todo.
La Rusa había llenado todo: el tiempo, el espacio, sus ganas, sus deseos, sus expectativas. Ella había llegado como lo hace la ola primigenia en la cadencia vital, silenciosa y previsible, inminente, omnipresente, poderosa, pasando por encima del orden natural, sustituyéndolo. No quedaba nada de su geografía interior anterior. Ella había reordenado cada partícula de su ser, aplanando cada irregularidad y dejando tras de sí una superficie líquida y uniforme…
Nunca antes él había cedido tanto, de forma natural, fuera de toda su lógica anterior, pero absolutamente dentro del racional que ella representaba. Ella era su mujer absoluta, su femme fatale sin remisión, lo que tarde o temprano sólo algunos hombres tienen la suerte de enfrentar. Su suerte absoluta, su destino único.
Y sin embargo, nada, nada, le garantizaba que ella se quedara con él.
La noche anterior ella le había preguntado, medio en broma, medio en serio, si acaso su historia no sería un affair. Él mirándola a los ojos, muy serio, le dijo que no, y le expuso algunas razones que ahora le parecían pueriles. No había acertado a decirle todo lo que ella significaba para él, ni como ella había cambiado toda su existencia, su práctica vital. Cómo desde que ella era soberana de su universo, él ni tan siquiera volteaba la mirada en pos de otras faldas.
Mientras la abrazaba la había mirado una y otra vez, sintiendo el calor de su cuerpo y el remanente cálido olor del sexo consumado, estremeciéndose de deseo apenas pasados unos minutos del encuentro. Sólo quería quedarse allí de aquella forma para siempre, disfrutando del aroma mestizo de su cuerpo, mitad perfume, mitad ella. Sus ojos desprovistos de maquillaje, sus labios sin carmín, los pómulos, el pecho todavía pulsando con respiración entrecortada. Su geografía amada…
Esperaba que ella le dijera algo que no pronunció. Lloró para sus adentros. Y esperó… Apenas unos segundos…

Esos segundos de después… Que definen el amor.

martes, 8 de septiembre de 2015

EL YATE DEL GENERAL… POR UN PUÑADO DE DOLARES


Este domingo mi amigo Paco “el gallego” -el señor Paco como le llama la feligresía local- me invitó a navegar en su velero por las islas del Parque Mochima.  Su esposa Bárbara, una maracucha de armas tomar, su hija Rosario -una preciosa muñeca híbrida hispano criolla-, su hermano José –un marino de los de antes, tostado por el sol, de barba blanca y ojos melancólicos-, y un matrimonio español recién llegado a la zona, éramos de la partida. No me olvido de “Rufo” el beagle familiar.
Salimos no muy temprano, el sol lucía bien alto y ardía inmisericorde allá arriba. Bárbara –quien habitualmente oficia de timonel en las salidas dominicales- dio toda la máquina que pudo para recoger brisa cuanto antes. En la bañera, incluso a la sombra del toldillo, hacía un calor pegajoso que sólo se despejó cuando pusimos proa al norte y el soplo fresco del Caribe nos entró como agua de mayo. El horizonte estaba jalonado de mar y tierra a partes iguales en aquella dirección. Los buques tanque petroleros descansaban apaciblemente en la bahía al abrigo del morro y de La Borracha dormitando la mañana como si hubieran salido de juerga. Puerto La Cruz aparecía envuelto en la neblina de primera hora y Lechería recogía el sol desde la Playa Lido.
Estaba en la proa como suelo a la salida. Sujeto a uno de los vientos del palo mayor,  respirando el aire fresco que me tomaba el rostro con sus dedos, pensando en nada, como suelo… José se acercó pronto con la primera cerveza, helada y protegida con un forro para dilatar su frescura. Las bebimos en silencio, mirando hacia Puinare y oteando delfines que no aparecían en lontananza.
Atracamos en Dominguín, los Dominguez –Paco y José- bautizaron así una playa aislada a la espalda del Saco en honor a su padre, un gallego de noventa años tostado y vivaracho que cada año repite experiencia caribeña-. Han hecho de una calita solitaria un lugar de solaz, limpiando –sólo con sus manos y con la eventual ayuda de los amigos- la playa de piedras y rocas, erigiendo un monolito piramidal de algo más de dos metros de altura y cuatro de diámetro que se puede ver desde bien lejos cuando te aproximas.
El barco fondeó fuera de la zona de corales, amarrado de popa a una cadena sumergida en el roqueo del fondo. Me puse el protector solar y nadé hasta la orilla mientras los Dominguez limpiaban el casco de caracolillo y escoria marina. Sólo en la playa todavía desierta -salvo por las carreras del Beagle- pensaba en la historia que me ha trasladado Pintado y en como contarla sin echarla a perder.
Pensaba en la extraordinaria pasión que le veo por la Rusa, sin saber todavía si habrá la misma pasión de ella por mi –supongo que ahora ya podré llamarlo así- amigo. Supongo que será pasión correspondida, pero necesito saberlo antes de escribirle las escenas, la cosa cambia si no…
Mientras miraba sin ver el horizonte, veía sin mirar como otras embarcaciones ocupaban la hasta entonces solitaria y tranquila cala, las más de ellas ocupando con suficiencia los espacios vacío. A fin de cuentas había mar suficiente para todas.
Poco me duró la reflexión a la sombra del tronco que literalmente plantamos en la arena hace un par de años. La compañía en pleno llegó y con ella las cervezas, las risas y las conversaciones de domingo… Una hora después estábamos tostados y hambrientos, dejé a Pintado y la Rusa de lado y volvimos al barco para darle cumplida cuenta a la tortilla y el jamoncito ibérico que nos habíamos traído.
Y en eso andábamos, finiquitando la tortilla y el tintorro, cuando la sombra de una nave mayestática –cómo si no defino el casco de 56 pies de un yate último modelo- se adueñó del espacio a nuestro alrededor y se acercó para abarloarse al yate más próximo a nosotros. Lo hizo sin mirar los niños que jugaban en el agua a nuestro lado, sin respetar los espacios de fondeo y amarre que el viento y la corriente dibujaban claramente alrededor.
Saltamos indignados y proclamamos en voz alta nuestra indignación por la maniobra. No sirvió de nada, el bordo del yate se vino contra el nuestro con la contundencia del matón del barrio o del niño chuleta que hace bulling en el colegio.
Un gordo de gafas negras y gorra roja de jugador de ligas menores bajó del puente con la parsimonia de un embajador plenipotenciario y mirándome con cara de lobo sanguinario me encaró: -Y esa “guevoná” a qué viene –dijo-. Lo hizo con toda la violencia explícita y amenaza sin contener del que se sabe el dueño del cotarro. -Mi general olvídelos. –escuché decir a uno de los miembros de la clá que acompañaba al personaje. –No ve que son unos “mieldas”…

Deseé estar solo y deseé que me hubiera acompañado Pintado… Deseé no estar allí por un puñado de dólares…

sábado, 5 de septiembre de 2015

OJITOS AZULES… DE NUEVO FRANCELLA.


Casi con el susurro de Danny de Vito en L.A Confidential, les voy a confesar un secreto que tiene que ver conmigo y con Guillermo Francella. Cada vez que estoy aburrido y desconectado del mundo cotidiano me pego un youtubazo de Poné a Francella… No sé por qué, pero me reconforta la sonrisa de complicidad del personaje, me devuelve a la vida. No sé por qué, quizás porque durante mi estancia en Buenos Aires viví lo más cercano a la felicidad que experimenté en mis cuarenta, quizás porque envidiaba los cuarenta de Francella en los sketches de “Es una nena”, “Sambucetti”, “Ojitos Azules” y sobre todo de “Cuñados”. Cualquiera de ellos es prescribible si se sienten jodidos, créanme y háganme caso…
Glosé a Francella un par de veces anteriormente y no será esta de ahora la última.
Lo admiré en El Secreto de sus Ojos y me gustó en Atraco. La primera la repito cada año, como hago con: El mundo en sus Manos, Blade Runner, Bullitt, Rockanrolla, El Último Mohicano o pongamos con No habrá Paz para los malvados… Pintado tiene algo de cada uno de los protagonistas de todas esas películas –menuda mezcla, verdad?-, de Francella en El Secreto de sus Ojos: la postrera lealtad de Pablo Sandoval, como también algo de la tenacidad y quizás de la melancólica pérdida del amor del Benjamín Espósito de Darín.
La segunda no admite segundos pases: lo hice y Merello ya no funcionó. Me preocupé, pero esperé por sus nuevos trabajos, no podía dejar que la pequeña fracción de Pintado en común con Francella muriera.
Afortunadamente sus dos últimas películas estrenadas -dos comedias inteligentes: Corazón de León y El Misterio de la Felicidad- me han devuelto la alegría y por diferentes motivos.


Corazón de León. León Godoy, el arquitecto minúsculo, no admite el fracaso. Podría parecer un personaje improbable, pero la vida me ha puesto por delante ejemplos de personas con el coraje y las ganas de vivir, y hacerlo con la elegancia con que lo hace el arquitecto es envidiable, de Godoy. Cuando lo vi, supe que Pintado también tenía derecho a una segunda oportunidad y a enamorarse de la mujer improbable. Que tenía derecho a hacer crecer su corazón más allá de su parálisis. La Comedia no tiene desperdicio y se resuelve sin que la singularidad física del personaje sea objeto de mofa en ningún momento. Es un canto a la vida y al esfuerzo por superar las adversidades.


El Misterio de la Felicidad. Quizás alguien me pueda decir que no desarrolla las posibilidades del argumento hasta las últimas consecuencias. Sin embargo yo diría que la forma simple en que resuelve la búsqueda del Dorado personal de los tres protagonistas es magistral. Dos personas que buscando a una tercera se encuentran a ellos mismos y además el amor tanto tiempo perdido, me parece una brillante solución, donde la luz que surge del amor entre los socios plantados supera a la terrible desesperación del abandono. La pérdida conduce al encuentro de la felicidad. El día a día de Pintado tiene algo de la mecánica rutina de Santiago. Su búsqueda debería tener la recompensa del encuentro de Inés. La escena del baile magistral.
Las dos películas, supongo que por coincidencia, tienen una escena final en una playa brasileña. Supongo que Pintado deberá tener una escena final con La Rusa en una playa brasileña. Supongo…

Aunque Pintado, ya lo saben, no tiene los Ojitos Azules de Francella…

viernes, 4 de septiembre de 2015

SEI MAI STATA SULLA LUNA


¿Alguna vez has estado en la luna? Es una divertida comedia italiana dirigida por Paolo Genovese e interpretada en los papeles principales por Liz Solari y Raoul Bova.
Va de chica pija que se dedica al mundo de la moda en Milán, una triunfadora cool que para liquidar una herencia irrumpe en el apacible entorno rural de su niñez en el cual sobreviven un nutrido grupo de aparentes perdedores… Pero las cosas no son lo que parecen, ya saben, sino lo que acaban siendo… Los secundarios de lujo…
Habitualmente la comedia romántica italiana, si bien carece del interesante punto ácido de la francesa, o del negro de la británica, es capaz de imprimir al trasfondo amoroso una aguda elegancia que hace de estas películas pequeñas perlas de las cuales merece la pena disfrutar. Es el caso de películas como Inmaduros o la magnífica Ex… Sobre todo, para mí, esta última.
Si queréis disfrutar y pasar un buen rato os la recomiendo. Y no dejéis de escuchar la canción de cabecera por Francesco De Gregori…


Y por cierto la protagonista, Guia, bien podría ser –salvo por los ojos- la Rusa, el personaje que trae de cabeza a Pintado en su tercera entrega. No se pierdan los tacones y el cabello rubio recogido en esa cola de caballo… Pero que conste que yo la imaginé primero…

Sei Mai Stata Sulla Luna

viernes, 28 de agosto de 2015

DON’T GET ME WRONG


Pintado me la ha vuelto a jugar… Me pidió que lo siguiera hasta Gante, pero no quiso encontrarse conmigo antes de su cita con el venezolano. Sé que lo hace por mi seguridad, aunque eso no me satisface, preferiría acompañarlo, incluso a la distancia como tantas veces, entre el silencio anónimo de la muchedumbre que nos mimetiza, sin embargo esta vez lo dejó muy claro con su tajante instrucción. Desde que puso sus ojos en ella ha vuelto a ser el de siempre, el hombre de las largas ausencias y de los silencios graves, el de frases lapidarias, el poeta de las ferias y el esteta del arte rupestre. En definitiva quien conocí in hilo tempore, una persona que no necesita prácticamente de nadie, aunque añora a todos.
No sé qué pensar de este nuevo y, sin embargo, reiterado estado de gracia de mi amigo. La rusa se merece eso y más, yo mismo no he podido sustraerme a su encanto. Todavía recuerdo el día que la conocí…
Habíamos ido a un conocido restaurante de Caracas, uno que frecuentaba William Padrón, quizás su favorito, según nos había soplado la asistente de la oficina de su socio Diomedes Artigas, cómo obtuvimos la información es otra historia, la obtuvimos y punto. Ella estaba conversando con otra mujer, sentada a una mesa, parecía una pantera a punto de saltar sobre su presa. Cuando pasamos por su lado ni alzó la mirada, sin embargo Pintado se quedó clavado, atraído por su presencia, yo también me quedé mirándola, aunque consciente de dónde estábamos le tuve casi que empujar para que continuara hacia la mesa que el camarero nos había ubicado al fondo.
La mesa del rincón dónde nos sentábamos era pequeña y estaba coja,  allá apenas llegaba el fresco del aire acondicionado y una columna a nuestra espalda nos impedía ponernos cómodos como hubiéramos querido, pero tenía un par de ventajas importantes: una, desde esta posición observábamos a todo bicho viviente y dos, la observábamos a ella. No hizo falta que cruzáramos ni media palabra para darnos cuenta que ambos estábamos fijándonos en ella. Quizás lo correcto sería decir que sólo yo me había fijado en ella, porque Pintado se había quedado enganchado desde el primer segundo que la vio. Yo lo conozco bien, aquella vez el anzuelo se le había clavado bien dentro.
Ordenamos la comida, un ossobuco con pasta para mí y un pescado grillé para Pintado. Lo mío nada del otro mundo, debo confesar: al cocinero se le había ido la mano con la salsa y no había llegado con la cocción de la carne, me arrepentí casi en el mismo momento de que pusieran el plato por delante. La cara de Pintado me indicó que lo suyo no estaba mucho mejor. El vino chileno que nos pusieron no ayudó a trasegar el condumio, era una pena, pero ni siquiera pagando era posible encontrar vinos aceptables. Comimos un par de bocados y bebimos una copa, hacía calor y el sonido ambiente empezó a elevarse conforme el restaurante se fue llenando. Ella había desaparecido hacía rato por una puerta de un lateral, mi socio y yo nos miramos cuando la vimos pasar sin mirarnos.
Llamé al camarero que nos había tocado en suerte, Genaro ponía en la etiqueta que colgaba con más pena que gloria de su chaquetilla, y le pregunté por ella. Es la Rusa, nos dijo, la dueña… Ah, respondimos con aire de habernos enterado…
Media hora más tarde el vino se había acabado, que fuera chileno y malo no quita para que nos lo ventiláramos, e íbamos a retirarnos cuando apareció el venezolano en escena. El mismo William Padrón que habíamos ido buscando aquel día, el mismo que Pintado sospechaba estaba detrás de todo el desastre que poco a poco estábamos desvelando. El tipo era de mediana estatura y no mal parecido, jodedor y pintón a partes iguales, iba bien vestido para lo que es Caracas estos días y en su descargo hay que reconocer que hizo entrada con una razonable dignidad, habida cuenta de que iba acompañado de un par de espigados criollitos, de bíceps sobredimensionados a punto de reventar las mangas de las camisas. Un camarero salió inmediatamente en su búsqueda y tras saludarlo lo acompañó a la mejor mesa del local.
Pintado pidió un par de whiskys, también hielo y soda en vasos aparte, hacía calor pero no era cuestión de bautizar todavía el Golden label, nunca hasta la tercera copa, dice siempre mi socio. Nos dispusimos a observar, no era día para abordar al venezolano, cada cosa a su tiempo…
Y ella salió de nuevo, tan de repente como había desaparecido se hizo presente en el local. Esta vez la miré con más atención, al entrar me había quedado prendado de su presencia, pero no había podido entrar en detalles. Vestía con un sencillo vestido azul oscuro muy ajustado al talle, con la falda medio palmo por encima de las rodillas, lo justo para imaginar sus piernas, largas y torneadas. Miré por un segundo a Pintado, parecía hechizado, conozco su mirada y sus gestos, esta vez no era él el depredador, era la presa. Aunque ella caminaba en dirección a la mesa de Padrón, se volteó un instante, sus ojos marrones se cruzaron con los míos, sin embargo supe que sólo iban camino a encontrarse con los de Pintado. Él se quedó colgado en la pálida blancura de su piel y en el movimiento a cámara lenta de su melena rubia.
Pintado apuró el primer vaso de whisky cuando yo apenas había dado un par de tragos del mío. No me dijo nada. No hacía falta, lo conozco como se de mí mismo se tratara. Estaba afectado, tanto que apenas pude descifrar el balbuceo que salió de su boca al depositar sobre la mesa, de un golpe seco, el vaso vacío. Le entendí algo así como: “¿Dónde hasta ahora se había metido?...

Y yo supe en ese mismo momento que algo irremediable había nacido entre Pintado y La Rusa… Don’t get me wrong  

martes, 25 de agosto de 2015

CITA EN GANTE


El jueves le pedí al Andaluz que esperara en Brujas bajo el pretexto de que allí se encontraría con Walter Padrón. No le dije la verdad, quería alejarlo de Gante el tiempo suficiente para asegurarme de tener la oportunidad de entablar contacto con la Rusa antes de que las cosas se torcieran…
Últimamente mi estómago es como una pelea de gatos: gruñidos, zarpazos y finalmente un lastimero y agudo chillido de furia. Mi cara es explícita, cada vez que me miro al espejo encuentro una nueva arruga que nunca antes estuvo allí, debe ser cierto eso de que la cara es el espejo del alma. La noche que pasé en el avión entre Caracas y Madrid sólo tuvo de bueno que ella viajaba a mi lado. Me las había arreglado para que nos dieran asientos contiguos, a pesar de que con la nueva configuración del business del aparato, ella siempre viaja en business, Iberia no ayuda a los romances en los aires. Me bastó sentir su suave olor a Chanel número 5, que en su piel se trasmuta en una fragancia enervante, muy diferente al aroma dulzón que yo había imaginado. Debe ser la textura suave y sedosa de su dermis, la combinación con sus feromonas, lo que hace tan diferente el perfume cuando es ella quien lo lleva encima.
Pusimos una película, una comedia tonta cuyo nombre ni recuerdo, sólo tenía ojos para ella, mi único interés era seguirle la mirada cada vez que me volteaba la cara, me costaba un mundo no girarme sobre el asiento para besarla y abrazarla, como había imaginado cientos de veces antes de ahora.
Ella estaba en la misma fase 1 que me había mostrado en Caracas cuando nos encontramos en el Juan Sebastián Bar, aunque esta vez sus ojos tenían un brillo distinto y sus labios pintados de rojo se arqueaban en un inicio de sonrisa que me hizo abrigar alguna esperanza, Sus dedos rozaron mi mano un par de veces, cada vez que acababa el vodka tónica y como una gata me intimaba que le trajera otro del bar del avión. Me daba lo mismo, el sólo hecho de estar junto a ella me bastaba…
Al segundo trago entró en materia y me contó el negocio que se traía con Padrón: el venezolano le ayudaba a transportar a Europa las obras de arte de los artistas que su galería representaba en Caracas. Lo dijo con una inflexión en la voz que le confería a esta un carácter genuino, sincero y profesional. Con un tono que habría convencido al mismo San Pedro a las puertas del cielo de que ella nunca había roto un plato. Yo sabía que mentía, o mejor dicho que no me estaba contando toda la verdad…
Aterrizamos en Madrid de amanecida. El cielo se encendía en rojo allá hacia levante y en la dirección oblicua, casi al norte, las torres de la Castellana parecían estalactitas refulgentes. El espectáculo duró apenas unos minutos  los que tardó el sol en remontar y elevar la temperatura. Apagué el cigarrillo con la punta del pie y volví a entrar en la terminal para abordar el avión hacia Bruselas. Ella había desaparecido, habíamos convenido que el trayecto hacia Bélgica lo haríamos por separado. La Rusa iba camino de Madrid a encontrarse con Walter Padrón. Sólo de pensarlo el estómago me dio un vuelco y un par de putos gatos se enzarzaron de nuevo en la pelea contumaz de cada día. Eché mano del almax y mastiqué tres comprimidos con la esperanza de acallar sus gritos…
El camino desde Bruselas a Gante lo hice en tren, apenas a treinta minutos. Al llegar a la estación de destino me apeé comprobando que en el andén nadie pareciera estar interesado en mí y viajé hasta el centro de la ciudad en tranvía. Gante me recibió con sol y bochorno, no soplaba la más mínima brisa, eso era lo último que habría esperado. El hotel que había tomado era uno muy discreto situado en una casa de tres plantas en una de las bocacalles que dan al canal, cerca de la iglesia de Sint-Michielskerk. Ni deshice el equipaje, dejé mi vieja bolsa de piel cuarteada, que tenía desde mi última estancia en la Argentina, en el suelo y me quedé profundamente dormido, hasta que el ruido de la camarera llamando a la puerta de la habitación me despertó. Me asomé a la ventana, era casi de noche. Llamé al Andaluz y le conté parte de la verdad. Me sentí aliviado manteniéndole fuera de la zona de peligro, además me sentía algo celoso porque a él también le gustaba la Rusa y yo en estas cosas no comparto con nadie. Con nadie, ni siquiera con mi hagiógrafo personal.
Salí para la zona del Gravensteen, el viejo castillo medieval de la ciudad. Echaba de menos un arma, no sabía lo que iba a encontrar y eso me ponía muy nervioso. La primera y última vez que había visitado la ciudad era muy joven como para acordarme de la distribución de la urbe y, aunque la había repasado en la tablet durante el vuelo de la mañana, quería familiarizarme con sus calles antes de la cita de mañana con el venezolano y la Rusa.
Crucé al otro lado por el puente sobre la Rekelingestraat para comprobar la vista desde la zona de la Catedral y asegurarme de que me daría cuenta si alguien me estaba marcando desde esa zona. Me quedó claro de que si se me ocurría escapar por allá sería presa fácil para cualquier observador. Definitivamente la cita debería ser por la noche y al otro lado del canal, alejados de la zona de turistas y a cubierto de miradas indiscretas.

De vuelta me acodé en la barandilla del puente. Bajo mis pies, atravesaron el canal tres kayaks con una familia: El papá y la mamá y un niño de apenas cinco años que braceaba enérgicamente la pala doble de la embarcación. Tras de ellos nadaban a la par un grupo de patos… Debiera estar pensando en la cita de mañana, pero un único pensamiento ocupaba mi mente: A pesar de que me la estaba jugando me había enamorado de la Rusa, y algo me decía dentro de mí que era de la última mujer en el mundo de quien debería haberlo hecho.
-Pintado, -me dije, -la has vuelto a liar…   

viernes, 21 de agosto de 2015

ESCONDIDO EN BRUJAS


La mesa que ocupaba en la terraza del café Klein me dejaba ver a distancia y en un ángulo agudo la ventana del segundo piso del Relais Bourgondisch Cruyce, el hotel en el que Pintado me había dicho que se alojaba Walter Padrón en Brujas. Ese hotel había servido de telón de fondo de algunas escenas de una película que recordaba con cierto cariño: “Escondidos en Brujas” una comedia negra bastante buena con Collin Farrell, Brendan Gleason y Ralph Fiennes, cuyo recuerdo me hizo disfrutar de la espera. No divisaba ninguna luz tras la ventana de vidrios emplomados de la preciosa fachada de madera y piedra.
El agua del canal que envolvía la esquina que ocupaba el bar reflejaba las luces amarillas de las farolas y  las calles que confluían en este punto se habían quedado vacías de los turistas que acudían desde Bruselas, me entró un escalofrío porque no me había traído ninguna prenda de abrigo, los adoquines del suelo brillaban con la humedad de una lluvia menuda y persistente que había empezado a caer desde primeras horas de la tarde. Pedí una cerveza, una duvel, que me pegó fuerte porque la trasegué con la rapidez con que suelo con las cervezas claritas de España, aun así pedí otra .
Mi celular sonó con esa mezcla de hip hop y funky que mi hijo me instaló la semana pasada y a la que todavía no me he acostumbrado. Deslicé mi dedo por la pantalla y escuché la voz de Pintado. Tardó poco más de cinco minutos en hacerme un resumen de la situación. Padrón nos había dado esquinazo y había preparado la transacción en Gante. La rusa lo acompañaba. Me debía mover para allá a la mañana siguiente. Pintado estaba muy excitado, no sé si por la presencia de la rubia con Walter Padrón o por pensar que el venezolano se la había levantado en sus narices.
Respiré aliviado, lo cierto es que no disfruto con esta parte del trabajo, pensé que por lo menos había aprovechado el tiempo durante el paseo que había dado por la tarde mientras hacía tiempo para conocer la ciudad. Las calles empedradas y las fachadas de ladrillo me habían fascinado. La camarera me dejó la nota de la consumición. Dejé una moneda en el platillo e hice una bolita con la tira de papel de forma automática, y de la misma forma lo arrojé al canal en dirección a la línea de luz que se dibujaba varios metros más allá. Varios patos navegaron cadenciosos y se acercaron a curiosear por si les caía algo.
Me levanté y traspasé la línea de mesas fronteriza con la calle al tiempo que contemplaba la imagen de la ribera del canal frente a mí, una sucesión de fachadas de ladrillo rojo, ocre y negro, iluminadas en luces y sombras que contrastaban recortadas contra un cielo que súbitamente se había limpiado de la bruma que lo envolvió a la caída de la tarde. Intenté recordar algunos de los cuadros que esa tarde contemplé en el Museo Groeninge, pero sólo me vino a la mente la única sensación persistente en mi memoria desde que Pintado me la presentó, la belleza de la rusa...

Miré las aguas del canal, ni una mínima onda quedó como huella de dónde arroje la bolita de papel… Pensé en el rostro de la mujer que había enamorado a Pintado y apreté los nudillos con rabia, ella estaba muy lejos de todos nosotros, y viendo las ondas de agua en el canal diluyéndose con la distancia, que así son las cosas de la vida tan fútiles que ni rastro dejan… Escondido en Brujas…      

jueves, 20 de agosto de 2015

JUAN SEBASTIÁN BAR: LA FASE 1…



Pintado se revolvió inquieto en el taburete de la barra del bar. Había pasado allí sentado algo menos de una hora, tiempo suficiente para trasegar tres whiskys y estar apurando el fondo del cuarto. Sentía la garganta y el esófago en carne viva, la bilis se mezclaba con el alcohol en una combinación letal que amenazaba con agujerear su sistema digestivo si el almax no lo remediaba. Volteó la cabeza con la esperanza de verla parecer, pero lo único que alcanzó a divisar con el rabillo del ojo fue la silueta tenue de un par de viejos ocupas de barra, conversando en voz baja, cerca del rincón que daba a la entrada del local.
El Juan Sebastián Bar estaba desierto a esa hora; la actuación estelar de la noche hacía tiempo que había acabado y el local se había ido quedando vacío poco a poco,  desangrándose sin ganas. Los camareros esperaban esparcidos por el local la hora de cierre, sabedores de que entre semana y a esa hora era imposible que entrara nadie. Lejos quedaban los tiempos en que, en Caracas, la rumba no terminaba hasta que el amanecer pintaba de carmesí  y amarillo el cielo en el que se diluían las pequeñas chispas de las estrellas. Ahora, tan pronto cerraban los comercios y las oficinas, las avenidas del Rosal se vaciaban de gente, tan rápido como lo permitía la tranca vespertina de la Fajardo. Hacía horas de eso.
Alguien decidió animar el cotarro y puso una pieza, de salsa suave, que se escuchaba lo suficientemente bajo como para que Pintado se girara cuando creyó escuchar el ruido de la puerta de la entrada, al abrirse. La precedió su aroma, un perfume delicado que él conocía ya en sueños. El ruido del vaso, contra la encimera, le devolvió a la realidad y sus pies tantearon el suelo como los de un buzo al sumergirse y tocar fondo. Una pareja, que se escondía en una de las mesas de la parte más escondida del local, salió a la pista a bailar y pasó por delante suyo, el tiempo suficiente para impedirle seguir con la mirada a la mujer que estaba esperando. El tipo se parecía a Antonio Machín pero más chiquito, y agarraba a la mujer, como veinte años menos que él y guapa como la madre que la parió, con la pericia de un bailarín profesional.
Pintado rastreó con la mirada buscando el objeto de su espera: la dueña del aroma errante que lo había hipnotizado al entrar. Ella casi no se había movido de la puerta, apenas lo suficiente para que esta se cerrara, Pintado se dio cuenta que ella lo miraba con la seguridad de un tigre acechando a su presa.
Cuando estuvo segura de que el hombre la había visto se dirigió hacia él con parsimonia atrayendo con su andar todas las miradas masculinas del local, pocas pero muy interesadas. Pintado se apartó de la barra y fue a su encuentro no sabría decir si en un intento inconsciente de protegerla o de dejar patente que aquella noche aquella mujer era suya en exclusiva.
La rusa casi ni lo miró, lo mínimo para orientar su trayectoria. Ella guapa y rubia, con un rostro de trazos finos y delimitados, barbilla y nariz exquisita en su cara ovalada, rasgos que parecían eslavos, de ahí su nombre de guerra, aunque sus ojos marrones sugerían un origen más meridional. Las piernas largas y torneadas tenían el color dorado del dulce de leche y hacían imaginar un tacto suave y aterciopelada, el vestido negro con dos franjas blanca a la altura de las caderas y del busto se ajustaba a su cuerpo como si fuera de licra, aunque caía con la suavidad de la seda, delineando sus contornos con la precisión de una impresora 3D.
Pintado salivó y sintió un nudo allá en las entrañas antes de que reaccionara su entrepierna como una onda en el agua de un estanque.
Se aproximaron sin avisar, como lo hacen dos trenes frenando al límite, como esos muñequitos con imán en la boca cuando se sitúan a la distancia adecuada… Se tomaron de las manos en gesto de saludo y ella apartó la cara justo en el momento en que Pintado acercaba su boca en un torpe intento de besar la suya.

-Fase 1. –Pensó Pintado. -La maldita fase 1…

NOTA: Cualquier parecido entre Rita Pavone y la Rusa es un desorden de la naturaleza...

sábado, 15 de agosto de 2015

LA BALANZA DEL PECADOR


Han pasado más de dos años desde la última vez que incursioné en este recóndito baúl de sentimientos. Lo hago sin mucho que decir, pero no con tan poco de contar…
Ayer me visitó de nuevo Pintado y me entregó un sobre. Era por la tarde y yo lo estaba esperando en la cafetería del JW Marriott de Caracas donde me había citado la mañana anterior. El salón estaba semivacío y las pocas mesas que estaban ocupadas parecían sacadas de una escena de una de esas películas yanquis en las que un agente de la CIA se encuentra con su contacto en tierra enemiga. Los pocos focos que no estaban tuertos vertían una luz fría que salía de las hélices de las horrorosas bombillas de bajo consumo, enroscadas como lombrices en los casquillos de latón,  y apenas servía para iluminar la inmensidad desolada del recinto.
Solo la contemplación de la belleza de las elegantes líneas de un viejo piano de cola servía para atenuar la sensación de melancolía que me invadió durante la espera.
Apenas noté su presencia. Pintado arrojó el sobre sobre la mesa y llamó al mozo con un gesto de la mano. Lo miré intentando descifrar en su rostro el rastro del tiempo pasado. Me devolvió la mirada en silencio, con un rictus que apenas era una sonrisa esbozada. Supe que nada había cambiado y que era el tipo de los eternos conflictos sin solución.
Pidió un whisky, se conformó con un etiqueta negra. Yo le acompañé. No está Venezuela para muchas exigencias estos días. Bebimos en silencio, como casi siempre. La primera copa cuando nos encontramos, sin decir palabra, es un rito entre él y yo. Se fijó en la cubierta del libro que yo tenía sobre la mesa: “El azar de la mujer rubia” de Manuel Vincent-, y dijo entre dientes algo así como: –vaya coincidencia, no te jode¡¡¡ que no entendí.
Apuró el último trago del vaso, de un golpe, sin retener el líquido ambarino en la boca, chasqueó la lengua y me miró con suspense, manejando los tiempos como el consumado histrión que es. Sus ojos brillaban divertidos, el mentón apuntó a mi rostro esperando la pregunta de rigor que no le hice. Ya nos conocemos y sabemos el tempo del ritual.
Golpeó el sobre con un dedo y me dijo: -La tercera, chupatintas. “la balanza del pecador”. A ver qué haces con ella…
Acto seguido se levantó y me dejó mirando el sobre mientras él hacía mutis por el foro. Toqué a bulto y le calculé algo así como doscientas hojas, casi media resma de folios. Alcé la mirada con apenas tiempo para verle dejar el lobby del hotel agarrado de la mano de una mujer rubia y esbelta, de piernas esculturales y figura divina que le siguió dando saltitos…

domingo, 20 de enero de 2013

LA MUJER DEL VESTIDO VERDE LIMA


Ayer Pintado dio de nuevo la cara. No lo hacía de vuelta porque semanas atrás había tomado un avión sin decir esta boca es mía. Algo le preocupaba, he aprendido a verlo en sus ojos, en la forma con la que frunce los labios al hablar, en la mirada ausente cuando escucha, en las venas que se le marcan en el dorso de la mano. Cientos de detalles de esos que trascienden los segundos de la normalidad.
Acabamos en la barra del único bar del hotel. Sobre un par de taburetes que quizás fueron construidos para aposentar el corpachón de la oligarquía del lugar, pero que ahora acogen a la clase media popular que fabrica el régimen de Caracas. Mientras bebía mi cerveza Pintado desgranaba los segundos en silencio, sin querer abrirse a la intimidad del momento. Las luces sobre nosotros definían con crueldad cada arruga de su rostro, la cicatriz junto a la mejilla, los muñones de sus dedos, la barba cana a medio cortar, descuidada en la frontera con los pómulos. Supongo que mi cara no parecía mejor.
Miré alrededor, media entrada: alguna pareja aposentada, alguna otra en proceso de consolidación, alguna para la disolución inmediata. Una mujer de mi quinta, sola, mirando a ninguna parte mientras miraba a todos sitios, guapa a pesar de todo, atractiva por encima de todo, desilusionada de nada, deseosa de nada quizás. Ella no se tomó la molestia de parar en mí ni un segundo, toda su atención era para Pintado, como siempre.
Cuando se arrancó lo hizo de súbito, soltando dato tras dato, como me tiene acostumbrado. Esperé unos segundos hasta que toda esa información dibujó una historia en mi mente. No fue difícil, era la de siempre.
Otra vez, de entre todos los finales posibles, había elegido el trágico, ese en que la ilusión se cae entre la grieta, se pierde en la oscuridad, en el que se escapa entre los dedos y deja un regusto amargo.  Siempre el mismo. Pintado es de esos que de cada diez veces que juegan, pierden diez, sin remisión.
No dije nada, para qué. Ya lo escribiré en la próxima, relataré con pelos y señales todo eso que me cuenta y que me anuda un trago a la garganta. Al acabar se perdió de nuevo entre la niebla de sus pensamientos.
Ella, la de antes, se levantó del taburete, al hacerlo sus piernas quedaron al descubierto, largas, largas, su piel morena destacaba con el verde lima del vestido de cocktail que llevaba. Sus labios, embadurnados de rouge y brillantes como el coral dibujaron una mueca que probablemente sólo Pintado entendió, yo juraría que le dijo algo así como ¿te decides, sí o no, antipático?. Pasó por nuestro lado levantando un enervante aroma a veneno. Pintado la siguió y yo, mientras, me quedé anclado al taburete, escuchando atentamente como en el aire se diluían las notas de un bolero.

sábado, 19 de enero de 2013

LA JODIDA GLOBALIZACION



Lo peor que tiene la globalización es que uno no puede dejar de ver la camiseta de Messi en cualquier lugar del planeta, ni siquiera en aquellos más alejados de la mano de Dios.
No entiendo la razón por qué nadie recomendó a los diseñadores de planes de marketing limitar los daños reduciendo el colectivo portador a aquellos con una talla más o menos similar al portento futbolístico argentino. El resultado final es que te puedes encontrar a un cimarrón de dos metros vistiendo la dichosa camiseta del Barca, algo así como si Torrebruno -¿se acuerdan de nuestro querido Torrebruno?- llevara con orgullo de campeón la camiseta de Gasol, o como si pongamos la señora gorda que hace de esposa insoportable en esos infumables sketches –ya desaparecidos- que producía el ínclito Jose Luis Moreno llevara uno de esos apretados vestidos que ciñe el cuerpo de Beyoncé, Jennifer López o, por estar a la última, la estupenda Sofía Vergara.
Pues eso, esta mañana, mientras desayunaba al cálido sol de la mañana caribeña, entre datileras, chaguaramos y mangos – lo cito mayormente por dar envidia al lector congelado por los fríos europeos-, en la esquina más alejada del salón auxiliar que habilitan cada fin de semana para los desayunos masivos apareció un garañón de doscientos kilos en canal vestido de azul y grana. Su estampa masiva ocultó parte de la luz del astro rey, tal era su volumen. Miré a un lado y al otro, y no es que el elemento desentonara, el resto del personal vestía, como él, indumentarias deportivas relacionadas con beisbol, baloncesto y futbol, pero los demás parecían los enanitos de Blancanieves a su lado. A este, al Messi gigantesco y pantagruélico lo acompañaba una figura grácil y esbelta, casi femenina, con gafas de sol que ocultaban sus ojos, los pómulos y casi rozaban los labios, desproporcionadas, con el tupé arracimado en una cresta agresiva y oleosa . De su cuello colgaba una pesada cadena de oro, gruesa como un dedo de estibador portuario. Llevaba una camiseta blanca, también de jugador de futbol famoso. Adivinen. Correcto… Cristiano… Iban juntos, en otros cuerpos, en otra vida, pero al fin emparejados…
Seguí desayunando y mientras lo hacía no pude dejar de pensar en la jodida globalización…

miércoles, 12 de diciembre de 2012

EL OCASO, TRAS EL HORIZONTE DEL MAR CARIBE.


Pintado volvió críptico de su viaje a Margarita. Le noté cansado, pero con un extraño brillo en los ojos.
Ya saben que es poco locuaz hasta la segunda copa, después se anima, como si le abrieran una puerta a las ganas contenidas y entonces todo en él es un deslizar cuesta abajo.
Le invité, como casi siempre, y como casi siempre aceptó. Entramos en el tugurio, una churuata –especie de cabaña típica, de tejado cónico y empinado, cubierto de maderas y hojas de palma- vacía de gente a esa hora. Nos sentamos pegados a la barra, las mesas que poblaban el local no eran demasiado acogedoras, salvo para las chinches que seguramente poblaban las fibras de moriche con que estaban tejidos los asientos.
Pedimos cerveza, con todo el disgusto de Pintado, porque el whisky que dan por estos lares no es precisamente el que él prefiere. A la tercera solera verde su lengua se desató apenas contenida por la expresión de sus ojos. Había distancia y ternura en ellos.
La había encontrado después de semanas de búsqueda. A la chica de Londres. Aquella angelical víbora de casi uno ochenta, la misma de piel color canela y labios de caramelo, la de ojos negros, almendrados y profundos. El reencuentro había sido intenso -me confesó-, como el choque con un iceberg en la noche helada del ártico, como el rayo certero en la profundidad de la selva. Me lo imaginé –él no llegó a decirme nada en concreto- desbrozando los brazos de ella, apartando cada oscuro rincón y entrando en cada uno de los secretos que guardaba su perfume. Me miró y vi en sus ojos que se había perdido entre mares de sudor y ansia, en un profundo abismo de seda y miel. La sal todavía perlaba entre su barba y las manos, como sarmientos, todavía atesoraban calor y humedad, la que seguramente había bebido en sus muslos, o recogido en el regazo esquivo de aquella hembra hostil.
Al cuarto silencio suspiró y de nuevo sus ojos se oscurecieron, como el cielo del trópico tras la tormenta, a la caída de la tarde cuando el ocaso se pierde tras el horizonte más allá del mar Caribe…

sábado, 1 de diciembre de 2012

DE FIESTA EN LECHERIA


Pintado se marchó al día siguiente, una mujer vino a buscarlo. Me la presentó a volapié y apenas si me quedé con sus ojos, negros y a pesar de ello profundos, y con las pocas palabras de ella, amables y corteses. Se llamaba Juana. Me miró con cuidado y breve, como quien sabe que nunca más coincidiremos. Durante los pocos minutos que los acompañé entendí que salían para Margarita y que una motora los esperaba en el embarcadero de la marina junto al hotel. Pintado acarreaba una bolsa de viaje que parecía semivacía, pero en la cinturilla del pantalón le noté el volumen pesado y rígido de un arma. Ella se despidió con un hasta luego y él me miró en silencio. Luego dejaron el lobby del hotel en dirección a los canales. La espalda de Pintado parecía un muro infranqueable a los sentimientos que llevaba el viento… Esa fue la sensación que tuve. Como un portazo en la noche y luego nada, el silencio y la nada.
Pasé la semana trabajando. Sin noticias de mi amigo.
El sábado me invitaron a una fiesta. Como el año pasado, pero entones no estaba con ánimo. Acepté.
Llegué con media hora de margen, para no quedar solo, a merced de las miradas de unos y otros. A pesar de ello fui de los primeros y me tocó esperar en una esquina intentando ser lo mas invisible posible.
Me vestí formal, el traje estaba arrugado tras el viaje, pero es lo bueno de los trajes de lino puedes parecer una pasa y estar a la última. Sólo me faltaba el sombrero panamá, pero no habría sido correcto. Pedí una cerveza, costó trabajo, en esta parte del mundo sólo se bebe whisky diluido al cinco por ciento en estos eventos. La conseguí tras deslizar un billetico de diez bolos a la mesera que atendía mi zona. Gracias a eso tuve barra libre toda la noche sin tener que levantar la mirada.
Los invitados llenaron el salón en un lento goteo que duró más de una hora. Afortunadamente para mí no era el único “soltero” de la velada, y afortunadamente también las mujeres “solteras” no renuncian aquí a las invitaciones. Aunque primero me senté en una aburrida mesa de extranjeros en tierra extraña, al poco había derivado a una mesa en la que me sentí como un niño en una tienda de golosinas…
El recinto estaba engalanado como el hall de entrada de Ikea. El “arquitecto” palabra con la que aquí se confunde al decorador tenía un gusto retro naif que lo había llevado a conjuntar metacrilato, blanco y negro y porespan de baja densidad con arreglos florales exóticos. Uno de ellos calló sobre la mesa que adornaba en el centro y echó por tierra el trabajo de una peluquera que había imitado sobre la testuz de una dama un remedo de la torre inclinada de Pisa –a pesar del crimen la joven era guapa como noche de luna llena-.
Decidí ni dejarme llevar por el aire hortera de la sala, porque todo lo demás era bello. Sobre todo ellas…
A diferencia de otras veces cumplí con la promesa que me había hecho aquella tarde antes de cruzar la puerta: permanecer lo más tranquilo posible, admirar el espectáculo, disfrutar de la comida y de la música y en caso de extrema necesidad bailar un par de piezas para socializar. Cumplí con casi todo, con algunas excepciones: fue imposible disfrutar de la comida –en esta tierra tan pronto la música comienza la gente se levanta y abandona la mesa para bailar, saltar o reír de pie- a pesar de que tenía buena pinta –las hallacas típicas de esta época me hacían la boca agua, envueltas en hoja de plátano, brillantes y apetitosas-; la música estaba tan alta que era imposible conversar o entender lo que se decía; y algunas féminas se empeñaron en ver bailar al español, aunque yo no ofrecí mayor resistencia. Sólo cumplí el propósito de disfrutar de la bebida, sobradamente.
Gaitas –música típica, no confundir con el instrumento de nuestras tierras norteñas-, salsa y merengue aderezaron la velada. No hubo manera de bailar bolero. Una pena porque algún vestido prometía tener un buen comportamiento en aquellos menesteres. No quedé mal, aunque me he prometido no volver a bailar con quien no sea capaz de llevarme. Solo así soy capaz de moverme sin parecer un tocón de árbol. Segundo propósito intentar no claudicar cuando la mujer con la que bailas te saca una cuarta larga –me pasó con tres de las candidatas a mises-. Aunque esto último, creo que va a ser muy difícil… Mejor no pensar en las fotos que a buen seguro andarán circulando por ahí... Ojos que no ven...
Hice mutis por el foro tras seis horas de fiestorro… Eché de menos a Pintado, él también habría disfrutado…