Ayer Pintado dio de nuevo la cara. No lo hacía de vuelta porque semanas atrás había tomado un avión sin decir esta boca es mía. Algo le preocupaba, he aprendido a verlo en sus ojos, en la forma con la que frunce los labios al hablar, en la mirada ausente cuando escucha, en las venas que se le marcan en el dorso de la mano. Cientos de detalles de esos que trascienden los segundos de la normalidad.
Acabamos en la barra del único bar del hotel. Sobre un par de taburetes que quizás fueron construidos para aposentar el corpachón de la oligarquía del lugar, pero que ahora acogen a la clase media popular que fabrica el régimen de Caracas. Mientras bebía mi cerveza Pintado desgranaba los segundos en silencio, sin querer abrirse a la intimidad del momento. Las luces sobre nosotros definían con crueldad cada arruga de su rostro, la cicatriz junto a la mejilla, los muñones de sus dedos, la barba cana a medio cortar, descuidada en la frontera con los pómulos. Supongo que mi cara no parecía mejor.
Miré alrededor, media entrada: alguna pareja aposentada, alguna otra en proceso de consolidación, alguna para la disolución inmediata. Una mujer de mi quinta, sola, mirando a ninguna parte mientras miraba a todos sitios, guapa a pesar de todo, atractiva por encima de todo, desilusionada de nada, deseosa de nada quizás. Ella no se tomó la molestia de parar en mí ni un segundo, toda su atención era para Pintado, como siempre.
Cuando se arrancó lo hizo de súbito, soltando dato tras dato, como me tiene acostumbrado. Esperé unos segundos hasta que toda esa información dibujó una historia en mi mente. No fue difícil, era la de siempre.
Otra vez, de entre todos los finales posibles, había elegido el trágico, ese en que la ilusión se cae entre la grieta, se pierde en la oscuridad, en el que se escapa entre los dedos y deja un regusto amargo. Siempre el mismo. Pintado es de esos que de cada diez veces que juegan, pierden diez, sin remisión.
No dije nada, para qué. Ya lo escribiré en la próxima, relataré con pelos y señales todo eso que me cuenta y que me anuda un trago a la garganta. Al acabar se perdió de nuevo entre la niebla de sus pensamientos.
Ella, la de antes, se levantó del taburete, al hacerlo sus piernas quedaron al descubierto, largas, largas, su piel morena destacaba con el verde lima del vestido de cocktail que llevaba. Sus labios, embadurnados de rouge y brillantes como el coral dibujaron una mueca que probablemente sólo Pintado entendió, yo juraría que le dijo algo así como ¿te decides, sí o no, antipático?. Pasó por nuestro lado levantando un enervante aroma a veneno. Pintado la siguió y yo, mientras, me quedé anclado al taburete, escuchando atentamente como en el aire se diluían las notas de un bolero.
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