Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.
Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.
Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.
La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.
“Escarbando en los recuerdos se hallan las claves que desentrañan el sentido del lento fluir del tiempo…”
Me lo dijo Pintado con lengua aguardentosa en la barra del pub después de la quinta copa. Ayer me mandó en la tarde los dos enlaces que reproduzco… ¿Alguien lo entiende?
Definitivamente estoy tocado –golpiado (sic)- por un bichito llamado nostalgia. En apenas una semana he metido en el mismo saco a mi hermano, a mi primo y hoy le toca a mi amigo Javier Fuentes “El poeta”.
Javier es de un pequeño pueblo de León, pero ejerce de asturiano porque es allí dónde se ha criado, estudiado y trabajado. Y fíjense que no he empleado el término estado o vivido porque Javier es de esos españoles que se ponen las Españas y al mundo por montera y no paran un segundo en un mismo sitio. Estudió lo mismo que yo y nos conocimos cuando nos tocó pelear juntos algún que otro negocio ingenieril. Aunque esa es otra historia…
Pintado sacó de él el gusto por las mujeres malas que se conquistan a golpe de verbo, por el alcohol de primera y por la cadencia silenciosa en la mesa a mantel puesto. También le debe la sensibilidad por la poesía y esa mirada triste y melancólica que tiene mi amigo.
De vez en cuando quedamos para cenar cuando aparece por Madrid y charlamos de nosotros. Javier es de los pocos delante de los cuales puedo desnudar mi alma y expresar las cosas que se escapan cuando la piel no es recipiente bastante. Suele escuchar callado, sin interrumpir, mirando a los ojos, más allá del brillo húmedo.
Es un tipo admirable y singular: listo, inteligente y vivaz, muy, muy trabajador, corajudo, tenaz y a veces disperso cuando le sale la vena de bardo. Pero sobre todo es un tipo leal –ante la adversidad y cuando vienen duras, que de los otros los encuentras a puñados- que ha estado junto a mí en algunos de los peores momentos que me tocaron vivir, de esos que gracias a su compañía se convirtieron en algunos de los mejores e imborrables…
Cuando comencé este blog tenía in mente traer hasta sus páginas relatos y reflexiones relacionadas con la génesis de la novela, al tiempo que explicar algunas de las razones de Pintado, aquellas que no siempre se reflejan en la historia o episodios de las historias.
Luego las cosas son como son y se acaba saliendo por peteneras.
Pintado tiene muchas cosas de personajes de ficción –literarios y cinematográficos-, pero también de personajes reales, personas de carne y hueso que deambulan por ahí con el disfraz de gente corriente. Tiene cosas de amigos y enemigos, de seres queridos, de los que de alguna u otra forma han tenido algo que decir en mi vida. De entre ellos, y ya han conocido a unos pocos, debo destacar a mi primo Juanma.
Juanma es mi primo por parte de madre -compartimos rama materna en primera generación-, es el hermano pequeño que me quedó cuando mi hermano pequeño se hizo mayor y de vez en cuando nos acompaña a mí y a Pintado cuando salimos de copas. Juanma es quien cuenta los mejores chistes, hace las buenas imitaciones, despierta las simpatías del personal e inevitablemente se levanta a las guapas, mientras Pintado se va con la más mala y a mi me toca pagar la cuenta y recoger de la barra a la más fea… Y encima es buena persona… Lo que son las cosas.
Mazarro se removió inquieto en el catre del barracón. Los eslabones metálicos del somier se clavaron en su espalda dibujando verdugones escarlata en su piel. Tenía en la boca el regusto amargo de la ginebra de garrafón que había trasegado hasta casi caer desmayado. Los testículos le escocían allá donde el trasiego nocturno con la Puri había hecho mella.
La Puri era una puta de Valladolid de toda la vida, una de esas chicas guapas de pueblo que embarazada del pinta de turno había emigrado a una Barcelona promisoria en los años sesenta y ahora desencantada, seca y cuarentona era propietaria de un burdel en el barrio Colomina donde intentaba sacar partido de los últimos restos de las ganas de los soldados españoles acuartelados en El Aaiún. Entre la Puri y Mazarro había surgido una de esas relaciones que acabaron antes de comenzar y sin embargo nunca se extinguen. Ella le daba cuartelillo cada vez que el manchego aparecía por el barrio y él le ofrecía abrazos esquivos que para ella suponían efusiones perdidas. Una relación mercantil y emotiva alejada de cualquier lógica pero eficaz para ambos, un toma y daca en las que las palabras sobraban y las caricias se apagaban con llegada del alba.
El corneta tocó diana apenas unos minutos después de que el perro del comandante Cebrían les despertara con los ladridos acostumbrados. El perro –una rara mezcla de mastín y perdiguero- era el ser más odiado de la bandera después del brigada Pumariega y de la puta madre que la parió, como llamaba la tropa al teniente Cabrales, un marica de Ceuta que había ascendido desde soldado raso y que metido en faena arreaba unas ostias de aquí no te menees.
Antes de subir al Land Rover, Mazarro se apretó el correaje y comprobó las cartucheras y proyectiles de los cargadores que le habían entregado en el polvorín minutos antes, introdujo el machete recién afilado y aceitado en su funda y ajustó el selector de disparo del Cetme a posición segura. En el estrecho banco, a su lado, estaba sentado, como siempre, el cabo Suarez y frente a ambos el Sargento Peláez, con la cara de cabreo habitual. Todos se miraron a los ojos sin decir esta boca es mía, saltando de cara en cara como la bola girando en la ruleta antes de detenerse.
El coche salió despedido para perderse en el polvo que desprendía la comitiva que ese día salía de descubierta para adentrarse en territorio saharahui. Por delante otros dos Santanas con el resto de la patrulla y por detrás el Jeep adaptado con el C106 sin retroceso y su pelotón de servicio –ninguno entendíamos la necesidad de un arma anticarro en una misión al desierto-.
Lo entendieron aquella tarde. Se los explicó el teniente Sistach, un joven oficial catalán recién salido de la academia y como los demás voluntario del tercio, cuando se detuvieron un par de horas después para dar descanso a los traseros doloridos de tanto golpe contra los bancos metálicos. Los marroquíes de Hassan llevaban varias semanas asediando algunos campamentos fronterizos con un grupo de castigo, apoyados por un semiblindado de origen francés y de la época de Maricastaña, pero con una ametralladora contra la que no podían hacer nada las patrullas de nomadeo que les andaban tras los pasos. Aquella era la razón de haberlos mandado de descubierta tras los moros a los que tenían que detener sin causar bajas a menos que quisieran armar la marimorena con Marruecos, cuestión esta innombrable en aquellos momentos.
Sistach, que era joven pero no tonto, mandó parar el convoy tan pronto recibió por radio confirmación de que el grupo de avanzada había divisado el penacho de polvo que delataba la presencia de los moros algunos unos kilómetros más allá. Teniendo en cuenta el alcance efectivo del CSA 106 tenían que atraer a los moros hasta una distancia que les obligaba a mojarse el culo a riesgo de que se escaparan de rositas. El plan era simple, uno de los Santana debía hacer de señuelo y atraer a la patrulla enemiga hasta una posición desde la que los artilleros pudieran hacer blanco, lo que en términos prácticos significaba atraer el vehículo ametrallador a menos de un kilómetro del Jeep e inmovilizarlo allí el tiempo suficiente para hacer puntería y disparar. De película.
Le tocó al grupo de Pélaez, lo que significaba que Mazarro y Suarez eran también de la partida. Decidieron hacerlo una hora antes de la caída de la tarde, al amparo de las equívocas luces del crepúsculo, confiando en que los moros morderían el anzuelo pensando que perseguían a un grupo rezagado de una patrulla de peninsulares estúpidos.
Montaron el escenario. Vararon el Land Rover en la arena, levantaron el capó y Mazarro y Peláez hicieron de señuelo mientras el cabo Suarez emboscado tras una duna, doscientos metros atrás, protegía la llegada de los moros con el ojo pegado a la mira del rifle de precisión.
Mazarro me contó que nunca había pasado tanto miedo como cuando distinguieron el morro del camión oruga enfilando directamente hacia ellos y escucharon el tableteo de la ametralladora y el zipzip de los proyectiles levantando la arena frente a ellos. También que nunca se sintieron tan aliviados como cuando a apenas un centenar de metros vieron impactar el proyectil anticarro español y destrozar las cadenas del vehículo.
La siguiente noche Mazarro durmió junto a la Puri sin levantar la cabeza de sus pechos. Toda la noche… De descubierta.
El sábado le tocó celebrar a mi hermano su cincuenta cumpleaños. A mi hermano menor...
Viajamos a Linares, Tim incluido, para –de tapadillo y por sorpresa- juntarnos en una de esas ceremonias en las que amigos y familiares allegados –familiares, porque todos los amigos íntimos lo son- agasajan al homenajeado a golpe de sorpresa morrocotuda en la esquina del restaurante de turno.
El local elegido era un viejo edificio de piedra y mortero de hace trescientos años, de los pocos que aún quedan en el pueblo, y que ha sido reconvertido en restaurante resultón. Paredes encaladas y techo de vigas de madera vieja a la vista. Mesas para la familia, para los amigos y otra, la más apartada, para los más jóvenes –una mezcla de preadolescentes, adolescentes y universitarios en ejercicio-.
Mi hermano llegó de acuerdo al guion, a la hora en punto y con cara de sorpresa. Mi primo también, cinco minutos tarde y cara de circunstancias, como de “yo no he tenido nada que ver, ha sido mi esposa, como siempre…”. Cantamos el cumpleaños feliz –versión Parchís, adaptada- y brindamos con un vaso de cerveza en la mano –el vino quedó para más adelante-. Yo, como siempre, había discutido con anterioridad sobre la intensidad lumínica de la sala –insuficiente en mi opinión, y más que suficiente en opinión del dueño del local, un calvito con la misma pinta que Iniesta, pero sin su genialidad, ni en los pies, ni en las manos a la vista del resultado del condumio-.
Esta vez intenté no convertirme en la estrella del fasto. Tengo una cierta tendencia a ser –contra mi voluntad- el fiambre en el velatorio y el novio-cónyuge en la encerrona. Me mantuve sobrio toda la velada y mantuve la conversación neutra sobre el asunto político –nada fácil hoy en día-. Todo salió bien. Mi hermano recibió sus regalos, echó unas lagrimitas de legítima emoción y dijo algunas “tonterías” del tipo de qué bien que hemos llegado hasta aquí…
Descrito el ambiente –y, ahora en serio, apostillando que estuvo solemne y entrañable- toca plasmar el merecido homenaje a mi hermano.
Este tiene el aplomo vital de John Wayne en El Hombre Tranquilo. Antonio es un tío de pelo en pecho -en el sentido figurado porque en el antropomórfico mantiene la tendencia familiar al torso lampiño- al que admiro y respeto como a nadie. Nuestra historia de amistad no ha sido fácil. De entrada fuimos rivales -reñíamos como gatos de farra nocturna-, luego compañeros de piso durante los años universitarios en Sevilla –allí aprendimos a tolerarnos a ratos y trabamos amistad-, con el pasar de los años alejamos el contacto y él frecuentó diferentes ambientes y amistades, aunque siempre estuvimos ahí. Él me ayudó cuando lo necesité, sin pedirlo y como si la cosa no tuviera mayor importancia –que la tenía-. No compartimos las mismas ideas, pero tampoco nos alejan demasiado los planteamientos vitales. Simplemente ve la vida de otra forma, desde otra perspectiva.
Mi hermano Antonio es una persona equilibrada, tierno y tenaz, trabajador y sensible, cumplidor y responsable, respetuoso y luchador. La vida no le ha salido rodada, pero se ha sobrepuesto y vencido a los inconvenientes que le ha puesto por delante el día a día.
Por todo ello le envío mis respetos y constancia de sincero cariño…
Felicidades Antonio. Y que cumplas muchos más.
PS: A la finalización del evento salimos al frío vespertino. Linares estaba vacío, las calles abandonadas y húmedas por la lluvia caida, las aceras huérfanas de gente. La intensidad de las luces de escaparates y farolas apenas si permitía reconocer el rostro de los escasos viandantes que nos cruzábamos… La poca gente que vi llevaba en su cara la marca de una extraña enfermedad, esa que nos asola cuando la felicidad abandona… Me dio pena ver a mi ciudad natal herida de muerte por la crisis que la asola, como a muchas otras ciudades y pueblos de esta España sangrante… Y lo peor es que sentí en mi boca el sabor amargo de cada cincuenta años que se han cumplido… En el otro plato de la balanza la risa y los ojos llenos de vida de mi hija y de mis sobrinas...
Este fin de semana he visto Atraco, la última película de Eduard Cortés. Una extraña mezcla de comedia, thriller y drama que no me ha convencido. Y no es que no hubiera ingredientes para hacer de esta una muy buena película. El guion es más que interesante, la ambientación y escenografía acertada, la fotografía extraordinaria, los actores adecuados. Sin embargo la película nunca acaba de despegar. Como comedia no pasa de provocar apenas unas risas, como thriller no engancha y como drama no conmueve. Lo resumiría con un simple carece del ritmo narrativo…
Guillermo Francella. Sublime. Su Merello es antológico. No es la primera vez que lo menciono en el blog, lo hice con ocasión del Secreto de sus Ojos. De nuevo Ojos Azules es lo mejor de la obra.
Es posible encontrar en la red algunas de sus películas en las que comprobar la ternura que imprime a cada uno de sus personajes. Por ejemplo en Papá se volvió Loco e Incorregibles. Y para reír a mandíbula batiente sus sketches de Poné a Francella para la televisión argentina.
Hacía días que no me llamaba Pintado, lo hizo ayer, desde algún sitio en la Costa del Sol. Le habían encargado un trabajo de los suyos. No estaba contento, lo noté en su voz, en la forma en que cortaba las palabras mientras hablaba. Me preguntó algo que no acabo de entender: ¿Tú –me llama así cuando está cabreado-, por qué el tiempo enreda cada pliegue de la vida hasta volverla insoportable? ¿Por qué se empeña en cambiar lo que estaba bien como estaba? No le respondí nada. Hacerlo no habría sido una buena idea. Todavía le estoy dando vueltas a su significado. Desvié la conversación porque cada vez me gusta menos que nadie me obligue a pensar en cosas transcendentes, sobre todo cuando la transcendencia te golpea con la contumacia de un martillo y la posible respuesta no deja en buen lugar los esfuerzos que has hecho para llegar hasta aquí.
En su lugar le pregunté si sabía algo de lo ocurrido hace un par de días en Fuenlabrada, si había oído algo de la Operación Emperador. Noté como se ponía nervioso -Pintado resopla estentóreamente cuando algo le incomoda-, incluso a la distancia digital me di cuenta de que había metido el dedo en una llaga que le resultaba cuando menos embarazosa. Sólo me dijo que mas valía que no metiera el hocico en asuntos de profesionales, que por menos aparecían en los contenedores de basura de la zona sur de Madrid restos de miembros amputados. Se había puesto poético y no teníamos a mano la barra del bar dónde se suele tranquilizar, así que lo dejé como estaba. A buen entendedor…
No paro de pensar en que si tengo que buscar una trama para una nueva entrega de Pintado, en el asunto de Fuenlabrada hay madera: con sus chinos de por medio, actor porno empresario del latex, concejal implicado y polis corruptos. Oro puro… Habrá que darse una vuelta por esos barrios y empezar a tomar notas para la próxima. El título podría ser algo parecido a “El Miembro del Dragón”…
Me he despertado con la noticia: la obra de Lorenzo Silva “La Marca del Meridiano”, la última de Bevilacqua y Chamorro, ha ganado el Premio Planeta 2012. Me alegro y siento sana envidia, porque la serie es de lo mejor que nunca he leído. Cada vez que acabo una novela de Lorenzo Silva espero impaciente la publicación de la siguiente que nunca me ha defraudado.
No obstante, mientras me afeitaba escuché en la radio que Silva se presentó al premio bajo seudónimo, no entiendo cómo es esto posible, ya que el autor ha publicado seis entregas previas de la saga...
Seguramente el de la radio desbarraba… O yo andaba todavía dormido...
A saber… Me lo contó Pintado, a quien a su vez se lo había contado Mazarro…
El sol del desierto estaba en el cenit. La lona de la carpa que los protegía del efecto microondas ni se movía, ni una mosca sobrevolaba el aire que parecía caldo. Mazarro miraba los granos de arena como quien observa las estrellas en una noche de agosto, persiguiendo los ínfimos movimientos que producía un insecto bajo la capa silícea. En aquella tensa espera los únicos sonidos reconocibles eran: el latido del propio corazón, el recorrido de su sangre por venas y arterias -ese zuum cansado que provocaba el rozamiento del ir y venir del fluido contra las paredes de los conductos- y algún suspiro entrecortado e incontrolado del compañero que estaba junto a él, espalda contra espalda.
Esperaban la embestida de un momento a otro, los habían situado en el perímetro exterior del campamento, protegiendo uno de los senderos que venían de ninguna parte y se adentraban en ninguna otra. El aire olía a goma quemada –toda la noche la turba marroquí había alimentado sus fuegos de campamento con los neumáticos que habían saqueado la noche anterior del emplazamiento español- aunque nada empañaba el azul puro del cielo. Sin embargo cuando miraban a ras de suelo apenas si alcanzaban el centenar de metros, más allá el reverbero de la atmósfera hacía imposible distinguir si algo se movía realmente o era el efecto óptico.
Mazarro se enjugó la frente con el dorso de la mano, el sudor salobre le escoció en los ojos. Sentía la boca seca, se preguntó si por el miedo o por la aridez del ambiente, o por ambas cosas. Despegó el casco metálico de su cráneo, tenía la frente blanda como si se le estuvieran fundiendo los sesos y se pasó la mano por la cara. Tenía la barba dura, un erial tras tres días sin roturar. Quería volver a Puertollano cuanto antes, echaba de menos la alberca de la casa de su padre, apenas una charca con paredes de ladrillo enlucido, aunque allí se le antojaba el estanque del Sultán de Damasco. No acababa de entender lo que hacía en ese puesto avanzado entre Farsia y Jdiriya, en medio de aquel desierto que nunca había pertenecido a nadie, y a él menos.
Acarició la culata de madera de su Cetme C como si aquello pudiera espantar a los malos espíritus y comprobó que el selector de tiro estuviera en posición. El barboquejo del casco le seguía molestando pero no se atrevió a aflojarlo por miedo a que el sargento Peláez apareciera de improviso como solía.
El campo de minas empezaba a menos de doscientos metros, las habían sembrado los del batallón mixto de ingenieros dos semanas atrás y desde entonces ellos, los del tercer tercio, esperaban los movimientos de las patrullas que la infantería marroquí había desplegado a lo largo de la frontera. Las jaimas saharauis estaban a apenas quinientos metros a su espalda, un conglomerado de veinte carpas donde vivían unas decenas de familias en las yermas tierras que les habían visto nacer y morir por generaciones. Su contacto con ellos hasta el momento había sido mínimo, apenas al llegar en los Land Rover y mientras habían montado las tiendas de lona del campamento.
Los saharauis eran amistosos y suspicaces, orgullosos y leales. Los mandos les habían advertido y estaban avisados que cualquier intento de confraternización sería severamente castigado. No estaban allí para hacer amigos sino para evitar que los paisas que mandaba Hassan se adentraran en el territorio protegido.
A pesar de ello Mazarro se había fijado en ella la primera tarde a la caída del sol. Era muy morena, del color de los granos del café tostado, y tenía los ojos verdes, de esos que cuando reflejan la luz del sol parecen de oro, como los élitros de algunos insectos. Debía de tener apenas dieciséis años. Era alta y delgada, de formas elegantes, como un ánfora antigua. La Malhfa se adaptaba a las formas de su cuerpo como si estuviera cincelada sobre ella haciendo que cada pliegue de tela pareciera un accidente geográfico con vida propia. Era guapa, muy guapa, tal y como él se había imaginado a las jóvenes de los cuentos de las Mil y Una Noches.
Ella también se había fijado en él. Lo supo porque bajó la mirada después de fundirlo con sus ojos.
Se habían visto alguna que otra vez en esas dos semanas. Cuando él había atravesado el campamento de regreso de una batida nocturna y cuando regresó del cuartel general en El Aaiún. La segunda vez ella le acercó un cántaro de agua del que él bebió por cortesía. Esa vez sus ojos se enredaron más de lo prudente. Ella le sonrió tímidamente y él le había devuelto la sonrisa con admiración. Junto a ella había un pequeño perro, una mezcla indeterminada con el pelo crespo y manchado como la superficie de la luna. Ella lo llamó algo parecido a Zula.
Y era Zula el que bajo la calina pasó corriendo por delante del puesto. El cabo Suarez, su compañero, lo miró en silencio, apretó la culata del fusil y tensó cada músculo de su cuerpo. Tras de él apareció ella, perseguía al perro, lo llamaba a gritos, sin saber que cada metro que avanzaba se acercaba a una muerte segura. Mazarro dudó unos instantes, apenas lo suficiente para que ella tomara unos metros de ventaja detrás de Zula. Él se dio perfecta cuenta de lo que iba a pasar, como si lo estuviera viendo todo a cámara lenta. Se irguió bajo la lona y corrió detrás de ella llamándola a gritos como si el sonido fuera una prolongación y pudiera atraparla entre sus dedos. La onda le llegó primero y luego la arena que le golpeó la cara como miles de minúsculos proyectiles. Cuando pudo recuperar la verticalidad sólo encontró un cráter en la tierra reseca y entre el polvo que aún flotaba en el ambiente un trozo de tela blanco con ribetes azulados que ya no parecía cincelado en el viento.
Aquella tarde el aire se llenó con los sonidos de las mujeres del campamento, un ulular penetrante, la despedida de la belleza en aquel desierto en que las flores nunca brotaban…
Aquella tarde Mazarro lloró y regaló lágrimas de oro sucio a la niña del desierto…
La noche amenazaba con cerrarse en agua, así que apretamos el paso. El pub estaba más solitario que de costumbre, tanto que apenas si había un par de taburetes ocupados. A Pintado le apetecía mesa. No me preguntó, se sentó y en paz, lo seguí en silencio, no sin antes mirar alrededor por si las flais, nadie a quinientas millas a la redonda. No teniendo geografía interesante en la que perder la mirada nos enfangamos en una de esas conversaciones de hombres solos. O sea: nos quedamos en silencio mientras trasegábamos los líquidos que el camarero nos había traído hasta la mesa. Ayer no estaba ni Julia, esa chica salvadoreña que cuando no hay nadie nos alegra el rato con su aleteo de pestañas y su sonrisa límpida y evocadora de lugares más cálidos.
Pintado se ventiló el single malt sin rechistar. Mi primera cerveza desapareció en el torbellino que se tragó a Moby Dick. Lo miré con curiosidad, no es raro que no hable, pero sí lo es que lo haga sin mirar. Le pregunté lo que pasaba. Recibí como respuesta el silencio hosco, hiriente como un dardo directo al cerebelo. Palpaba que detrás del vacío bullía un universo hirviente, un caldero en el que se recocía el regusto de la decepción. No me levanté y me fui porque no cuadró, pero es lo que tocaba.
Así pasamos hasta la tercera copa, como dos crustáceos balanceándose en las aguas turbias del fondo marino, cerca de las rocas, en algún lugar lejos de ninguna parte. Pintado se levantó y pagó sin preguntar. Dejó el billete arrugado en la barra y me hizo un gesto. No había contrariedad, apenas furiosa decepción. Salimos a la calle: un escenario inquietante como una reyerta en un pueblo fronterizo, desierta como una aldea abandonada allá en los Monegros, desprovista de vida y perdida como la mirada de un comanche borracho.
Me levanté el cuello de la chaqueta al sentir el frio que venía sierra abajo y caminé junto a mi amigo dejando que el aire de la noche despejara los humores malignos que no sé por qué, anoche, azotaban el espíritu de Pintado.
La clave me la dio al despedirme delante de la puerta de su casa, me miró como lo hubiera hecho un perro apaleado a quien después acaricia su hocico. Me miró y masculló: “Rosebud…”