Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.
Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.
Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.
La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.
No hace falta mucho texto... La imagen habla por sí misma.
La primera vicepresidenta del Senado, Nélida Sifuentes, dirigente del partido de Morales, acusó a la oposición de hacer circular ese vídeo en las redes sociales para desprestigiar al mandatario:"Algunos quieren hacer ver a nuestro presidente como si no fuera humilde, por tanto, el vídeo que está circulando es simplemente para dañar la imagen del presidente", dijo la senadora en un comunicado.
Igual lleva razón la vicepresidenta de marras y es una cuestión de Humildad...
El jueves le pedí al Andaluz que esperara en
Brujas bajo el pretexto de que allí se encontraría con Walter Padrón. No le
dije la verdad, quería alejarlo de Gante el tiempo suficiente para asegurarme
de tener la oportunidad de entablar contacto con la Rusa antes de que las cosas
se torcieran…
Últimamente mi estómago es como una pelea de
gatos: gruñidos, zarpazos y finalmente un lastimero y agudo chillido de furia.
Mi cara es explícita, cada vez que me miro al espejo encuentro una nueva arruga que nunca antes estuvo allí, debe ser cierto eso de que la cara es el
espejo del alma. La noche que pasé en el avión entre Caracas y Madrid sólo tuvo
de bueno que ella viajaba a mi lado. Me las había arreglado para que nos dieran
asientos contiguos, a pesar de que con la nueva configuración del business del aparato, ella siempre viaja en business, Iberia no ayuda a los romances en los aires. Me bastó sentir su suave
olor a Chanel número 5, que en su piel se trasmuta en una fragancia
enervante, muy diferente al aroma dulzón que yo había imaginado. Debe
ser la textura suave y sedosa de su dermis, la combinación con sus feromonas,
lo que hace tan diferente el perfume cuando es ella quien lo lleva encima.
Pusimos una película, una comedia tonta cuyo
nombre ni recuerdo, sólo tenía ojos para ella, mi único interés era seguirle la
mirada cada vez que me volteaba la cara, me costaba un mundo no girarme sobre
el asiento para besarla y abrazarla, como había imaginado cientos de veces antes de ahora.
Ella estaba en la misma fase 1 que me había
mostrado en Caracas cuando nos encontramos en el Juan Sebastián Bar, aunque
esta vez sus ojos tenían un brillo distinto y sus labios pintados de rojo se arqueaban
en un inicio de sonrisa que me hizo abrigar alguna esperanza, Sus dedos rozaron
mi mano un par de veces, cada vez que acababa el vodka tónica y como una gata
me intimaba que le trajera otro del bar del avión. Me daba lo mismo, el sólo
hecho de estar junto a ella me bastaba…
Al segundo trago entró en materia y me contó
el negocio que se traía con Padrón: el venezolano le ayudaba a transportar a Europa las
obras de arte de los artistas que su galería representaba en Caracas. Lo dijo
con una inflexión en la voz que le confería a esta un carácter genuino, sincero
y profesional. Con un tono que habría convencido al mismo San Pedro a las
puertas del cielo de que ella nunca había roto un plato. Yo sabía que mentía, o
mejor dicho que no me estaba contando toda la verdad…
Aterrizamos en Madrid de amanecida. El cielo
se encendía en rojo allá hacia levante y en la dirección oblicua, casi al
norte, las torres de la Castellana parecían estalactitas refulgentes. El espectáculo
duró apenas unos minutos los que tardó
el sol en remontar y elevar la temperatura. Apagué el cigarrillo con la punta
del pie y volví a entrar en la terminal para abordar el avión hacia Bruselas.
Ella había desaparecido, habíamos convenido que el trayecto hacia Bélgica lo haríamos
por separado. La Rusa iba camino de Madrid a encontrarse con Walter Padrón.
Sólo de pensarlo el estómago me dio un vuelco y un par de putos gatos se
enzarzaron de nuevo en la pelea contumaz de cada día. Eché mano del almax y
mastiqué tres comprimidos con la esperanza de acallar sus gritos…
El camino desde Bruselas a Gante lo hice en tren, apenas a treinta minutos. Al llegar a la estación de destino me apeé comprobando que en el
andén nadie pareciera estar interesado en mí y viajé hasta el centro de la ciudad
en tranvía. Gante me recibió con sol y bochorno, no soplaba la más mínima brisa, eso era lo último que habría esperado.
El hotel que había tomado era uno muy discreto situado en una casa de tres
plantas en una de las bocacalles que dan
al canal, cerca de la iglesia de Sint-Michielskerk. Ni deshice el equipaje, dejé
mi vieja bolsa de piel cuarteada, que tenía desde mi última estancia en la Argentina, en el suelo y me quedé profundamente dormido, hasta que el
ruido de la camarera llamando a la puerta de la habitación me despertó. Me
asomé a la ventana, era casi de noche. Llamé al Andaluz y le conté parte de la
verdad. Me sentí aliviado manteniéndole fuera de la zona de peligro, además me sentía
algo celoso porque a él también le gustaba la Rusa y yo en estas cosas no
comparto con nadie. Con nadie, ni siquiera con mi hagiógrafo personal.
Salí para la zona del Gravensteen, el viejo
castillo medieval de la ciudad. Echaba de menos un arma, no sabía lo que iba a
encontrar y eso me ponía muy nervioso. La primera y última vez que había visitado
la ciudad era muy joven como para acordarme de la distribución de la urbe y, aunque
la había repasado en la tablet durante el vuelo de la mañana, quería
familiarizarme con sus calles antes de la cita de mañana con el venezolano y la
Rusa.
Crucé al otro lado por el puente sobre la Rekelingestraat
para comprobar la vista desde la zona de la Catedral y asegurarme de que me
daría cuenta si alguien me estaba marcando desde esa zona. Me quedó claro de
que si se me ocurría escapar por allá sería presa fácil para cualquier
observador. Definitivamente la cita debería ser por la noche y al otro lado del
canal, alejados de la zona de turistas y a cubierto de miradas indiscretas.
De vuelta me acodé en la barandilla del
puente. Bajo mis pies, atravesaron el canal tres kayaks con una familia: El papá
y la mamá y un niño de apenas cinco años que braceaba enérgicamente la pala doble de la embarcación. Tras de ellos nadaban a la par un grupo de patos… Debiera estar pensando en la cita de mañana, pero un único
pensamiento ocupaba mi mente: A pesar de que me la estaba jugando me había
enamorado de la Rusa, y algo me decía dentro de mí que era de la última mujer en el mundo de quien debería haberlo
hecho.
Jose Luis R. Zapatero es como el Guadiana:
Desaparece y aparece a lo largo de su curso. No me cansaré de recordar a este
personaje que tanto daño hizo a España y que sin embargo se resiste tenazmente
a desaparecer de la escena pública.
Esta mañana leí una reseña en la portada de
un diario digital que me interesó. El articula que la desarrolla, al margen de
su integra veracidad, que no me corresponde valorar, me ha llevado a publicar esta entrada. El ICD –Institute for cultural
diplomacy- no debe ser precisamente el Club Bilderberg, la presencia del
inefable Zapatero lo prueba, más bien al contrario, aunque es indiscutible el
tino de la institución para fichar personajes que den lustre a su nómina de
celebridades.
No se pierdan las fotos y esa cara de Payaso ingenuo
de Zapatero… ¿No podrían ficharlo para el famoso circo de los Hermanos
Valentinos? Sí, el mismo que cada mes de Noviembre aterriza por el Plaza Mayor
de Lechería, allá en Venezuela… Prometo ir a verlo… Y por esto abandonaste temporalmente el
Consejo de Estado… que me parece muy bien, siempre que no vuelva-.
Lo que hay que hacer para comer, ¿verdad José
Luis?
La mesa que ocupaba en la terraza del café Klein
me dejaba ver a distancia y en un ángulo agudo la ventana del segundo piso del Relais
Bourgondisch Cruyce, el hotel en el que Pintado me había dicho que se alojaba Walter
Padrón en Brujas. Ese hotel había servido de telón de fondo de algunas escenas
de una película que recordaba con cierto cariño: “Escondidos en Brujas” una comedia
negra bastante buena con Collin Farrell, Brendan Gleason y Ralph Fiennes, cuyo
recuerdo me hizo disfrutar de la espera. No divisaba ninguna luz tras la
ventana de vidrios emplomados de la preciosa fachada de madera y piedra.
El agua del canal que envolvía la esquina que
ocupaba el bar reflejaba las luces amarillas de las farolas y las calles que confluían en este punto se
habían quedado vacías de los turistas que acudían desde Bruselas, me entró un
escalofrío porque no me había traído ninguna prenda de abrigo, los adoquines del
suelo brillaban con la humedad de una lluvia menuda y persistente que había
empezado a caer desde primeras horas de la tarde. Pedí una cerveza, una duvel,
que me pegó fuerte porque la trasegué con la rapidez con que suelo con las
cervezas claritas de España, aun así pedí otra .
Mi celular sonó con esa mezcla de hip hop y
funky que mi hijo me instaló la semana pasada y a la que todavía no me he
acostumbrado. Deslicé mi dedo por la pantalla y escuché la voz de Pintado. Tardó
poco más de cinco minutos en hacerme un resumen de la situación. Padrón nos
había dado esquinazo y había preparado la transacción en Gante. La rusa lo
acompañaba. Me debía mover para allá a la mañana siguiente. Pintado estaba muy
excitado, no sé si por la presencia de la rubia con Walter Padrón o por pensar
que el venezolano se la había levantado en sus narices.
Respiré aliviado, lo cierto es que no disfruto
con esta parte del trabajo, pensé que por lo menos había aprovechado el tiempo
durante el paseo que había dado por la tarde mientras hacía tiempo para conocer
la ciudad. Las calles empedradas y las fachadas de ladrillo me habían fascinado.
La camarera me dejó la nota de la consumición. Dejé una
moneda en el platillo e hice una bolita con la tira de papel de forma
automática, y de la misma forma lo arrojé al canal en dirección a la línea de
luz que se dibujaba varios metros más allá. Varios patos navegaron cadenciosos y
se acercaron a curiosear por si les caía algo.
Me levanté y traspasé la línea de mesas
fronteriza con la calle al tiempo que contemplaba la imagen de la ribera del canal frente a mí, una sucesión de fachadas de ladrillo rojo, ocre y negro, iluminadas en luces y sombras que contrastaban recortadas contra un cielo que súbitamente se había limpiado de la bruma que lo envolvió a la caída de la tarde. Intenté recordar algunos de los cuadros que esa tarde contemplé en el Museo Groeninge, pero sólo me vino a la mente la única sensación persistente en mi memoria desde que Pintado me la presentó, la belleza de la rusa...
Miré las aguas del canal, ni una mínima onda
quedó como huella de dónde arroje la bolita de papel… Pensé en el rostro de la mujer que había enamorado a Pintado y apreté los nudillos con rabia, ella estaba muy lejos de todos nosotros, y viendo las ondas de agua en el canal diluyéndose con la distancia, que así son las
cosas de la vida tan fútiles que ni rastro dejan… Escondido en Brujas…
Pintado se revolvió inquieto en el taburete
de la barra del bar. Había pasado allí sentado algo menos de una hora, tiempo
suficiente para trasegar tres whiskys y estar apurando el fondo del cuarto.
Sentía la garganta y el esófago en carne viva, la bilis se mezclaba con el alcohol
en una combinación letal que amenazaba con agujerear su sistema digestivo si el
almax no lo remediaba. Volteó la cabeza con la esperanza de verla parecer, pero
lo único que alcanzó a divisar con el rabillo del ojo fue la silueta tenue de
un par de viejos ocupas de barra, conversando en voz baja, cerca del rincón que
daba a la entrada del local.
El Juan Sebastián Bar estaba desierto a esa
hora; la actuación estelar de la noche hacía tiempo que había acabado y el
local se había ido quedando vacío poco a poco, desangrándose sin ganas. Los camareros esperaban
esparcidos por el local la hora de cierre, sabedores de que entre semana y a
esa hora era imposible que entrara nadie. Lejos quedaban los tiempos en que, en Caracas, la rumba no terminaba hasta que el amanecer pintaba de carmesí y amarillo el cielo en el que se diluían las
pequeñas chispas de las estrellas. Ahora, tan pronto cerraban los comercios y
las oficinas, las avenidas del Rosal se vaciaban de gente, tan rápido como lo
permitía la tranca vespertina de la Fajardo. Hacía horas de eso.
Alguien decidió animar el cotarro y puso una
pieza, de salsa suave, que se escuchaba lo suficientemente bajo como para que
Pintado se girara cuando creyó escuchar el ruido de la puerta de la entrada, al
abrirse. La precedió su aroma, un perfume delicado que él conocía ya en sueños.
El ruido del vaso, contra la encimera, le devolvió a la realidad y sus pies tantearon
el suelo como los de un buzo al sumergirse y tocar fondo. Una pareja, que se
escondía en una de las mesas de la parte más escondida del local, salió a la pista a bailar y pasó por
delante suyo, el tiempo suficiente para impedirle seguir con la mirada a la mujer que estaba esperando. El tipo se parecía a Antonio Machín pero más chiquito, y agarraba a la mujer, como veinte años menos que él y guapa como la madre que la
parió, con la pericia de un bailarín profesional.
Pintado rastreó con la mirada buscando el
objeto de su espera: la dueña del aroma errante que lo había hipnotizado al
entrar. Ella casi no se había movido de la puerta, apenas lo suficiente para
que esta se cerrara, Pintado se dio cuenta que ella lo miraba con la seguridad de un tigre acechando a su
presa.
Cuando estuvo segura de que el hombre la
había visto se dirigió hacia él con parsimonia atrayendo con su andar todas las
miradas masculinas del local, pocas pero muy interesadas. Pintado se apartó de la barra y fue a su
encuentro no sabría decir si en un intento inconsciente de protegerla o de
dejar patente que aquella noche aquella mujer era suya en exclusiva.
La rusa casi ni lo miró, lo mínimo para
orientar su trayectoria. Ella guapa y rubia, con un rostro de trazos finos
y delimitados, barbilla y nariz exquisita en su cara ovalada, rasgos que
parecían eslavos, de ahí su nombre de guerra, aunque sus ojos marrones sugerían
un origen más meridional. Las piernas largas y torneadas tenían el color dorado
del dulce de leche y hacían imaginar un tacto suave y aterciopelada, el vestido
negro con dos franjas blanca a la altura de las caderas y del busto se ajustaba
a su cuerpo como si fuera de licra, aunque caía con la suavidad de
la seda, delineando sus contornos con la precisión de una impresora 3D. Pintado salivó y sintió un nudo allá en las entrañas antes de que reaccionara su entrepierna como una onda en el agua de un estanque.
Se aproximaron sin avisar, como lo hacen dos trenes
frenando al límite, como esos muñequitos con imán en la boca cuando se sitúan a
la distancia adecuada… Se tomaron de las manos en gesto de saludo y ella apartó
la cara justo en el momento en que Pintado acercaba su boca en un torpe intento
de besar la suya.
-Fase 1. –Pensó Pintado. -La maldita
fase 1…
NOTA: Cualquier parecido entre Rita Pavone y la Rusa es un desorden de la naturaleza...
Hacía tiempo que no le dedicaba un post a una
película, y hoy lo hago porque este director británico ha tocado mi fibra más
sensible al devolverme emociones que no sentía desde mucho tiempo: me hizo
recordar las películas de la matinee del domingo o los telefilmes en blanco y
negro y doblaje portorriqueño, que admirábamos la chavalería de mi calle
aquellas calurosas tardes de verano en camiseta de tirantas en el patio de mi
casa, en la primera televisión de la familia –una vieja telefunken con un solo canal
en VHF-.
Una de espías de trama muy simple, con dos
actores masculinos jóvenes: Henry Cavill y Armie Hammer–que
ya son dos actorazos- y Alicia
Vikander, una aparente chica mona e indudable actriz de talento –que
a ratos recuerda a Penélope Cruz- como contrapunto femenino.
Ni les explico la trama, aunque me supuso un
esfuerzo trasmutar la faz de los agentes de CIPOL: Napoleon Solo -Robert Vaughn
en la original- y de Illya Kuryakin interpretado por el magistral David
McCallum, en este
nuevo formato.
En cuanto al Director: magistral, ritmo made
in Ritchie.
La BSO magnifica… Y me quedo con la canción
de Peppino Gagliardi “Che vuole questa musica stasera”
Me ha llamado la atención el titulito mientras
leía la prensa diaria y me he dicho que merecía la pena pedirlo prestado. Pensándolo
bien hay demasiada gente andando por ahí con el cerebro en carne viva.
Por ejemplo Piqué: este chaval, antes me
gustaba, incluso le llegué a tener un poquito de envidia cuando se empató con
Shakira, me hacía gracia pensar en qué y cómo hablarían estos dos: ¿en
castellano con acento colombiano –ese tan quedo y educadito- ella?, ¿en catalán
–el chico criado a golpe de colacaos y zumosol-?, es posible que hasta en
inglés lo hicieran. Pues como les decía
antes me gustaba verlo de rojo con la selección, la de mi país, y eso que a mí
ni me gusta mucho el futbol ni soy de pasar el tiempo viendo correr a dos
docenas de tipos en pantys de colores, me gustaba verle cortar el juego del
equipo contrario y casi siempre con criterio verle correr hacia adelante para
rematar alguna jugada en la portería contraria. Ayer lo expulsaron por mentarle
la madre a un asistente, y lleva una racha menuda desde la vergüenza patria del
partido de final de copa del rey, me da que alguien le ha puesto el cerebro en
carne viva.
Por ejemplo la alcaldesa Carmena: No le tenía
yo echado el ojo a esta señora con pinta de abuela progre mal vestida o mal
aconsejada que también podría ser. Hoy me entero que recién regresada de
vacaciones –que pasa en Cádiz-, en eso no tiene mal gusto, y después de pasar
por la peluquería, que menudo edificio capilar se gasta, anda cumpliendo
programa electoral. En particular sobre las atribuciones y funciones de la
Policía Municipal. ¿No habría manera de pedirle que pasada la borrachera electoral
reflexionara responsablemente sobre lo que realmente necesita una urbe como
Madrid y sus habitantes?
Para rematar y en relación con el cerebro leo
que Sharon Stone tuvo un ACV que la dejó tocada de ahí arriba. Y que todavía
anda recuperándose… Afortunadamente sigue tan guapa como lo atestigua el reciente
reportaje que publica Harper's Bazaar. A sus 57 años luce espectacular…
En carne viva.
La primera vez que me tropecé con Ramiro ocurrió
bajo ese tipo de circunstancias en las que difícilmente calibras a las
personas. Reunión de trabajo, mucha gente alrededor y cada uno a lo suyo que
era lo de nadie.
Nunca pensé por entonces que dejaría una
huella profunda en mí. Aunque eso es lo que suele ocurrir con las personas que
luego quedan indeleblemente prendidas en la pequeña historia.
Hace unas semanas tuve que despedirme de él
porque ha sido asignado a otra misión. No fue una despedida agradable, a pesar
de que sé la ilusión que le hace regresar a su país –Ecuador- y cuidar durante
un tiempo de su madre –a la que venera- y de su hija, Mija, a la que idolatra.
Lo miraba en su despacho y se me hacía un nudo en la garganta cada vez que quería
dedicarle unas palabras de cariño, que además estaban impregnadas de admiración
y respeto. Me resbaló una lágrima el día que Charlie –otro perillán al que debo
dedicar una página- glosó su vida profesional y él miró arrobado para su esposa
y compañera de fatigas.
He pasado tres años bajo su dirección y he de
reconocer que pasó por méritos propios a formar parte del imaginario de mi vida
y también de ese universo en que rebullen los personajes de mis novelas.
Copito hizo méritos para compartir aventuras
con Pintado, para él deberé vestir un personaje noble, leal, generoso,
valiente, educado, pillastre e inteligente y entregado a sus amigos y colegas.
Para él deberé imaginar antros nocturnos de rumba y alcohol donde las bellas
mujeres embriagan con su mirada a los hombres que como Copito y Pintado buscan mujeres
como tú…
Estaba
leyendo la prensa esta mañana como cada día al despertar. Es curioso cómo te
aferras a tu país cuando estás fuera de él, como añoras esas cosas que en lo
cotidiano hastían y en la distancia añoras, cosas de la sique… Y leí que Pablo
Iglesias, el de la coleta y líder de Podemos, estaba veraneando en una cabaña
ecológica en Avila… Y me arreché que dicen acá.
Estoy pasando
un par de días en Caracas mientras espero la salida del vuelo de Iberia a
Madrid, vuelo que ahora se hace con una frecuencia de tres vuelos semanales, espera
obligada por las dificultades para encontrar un pasaje aéreo entre la ciudad
del Oriente donde vivo y la capital venezolana.
Viajé
el viernes de mañana y trabajé en la oficina que mi Compañía tiene en La
Castellana, cerca de Altamira, en uno de los lugares más exclusivos de la
capital. Desde los ventanales del piso trece hay una vista impresionante del
Avila y de los bulevares cercanos flanqueados de una vegetación verde y
frondosa. Desde allí pude ver al menos tres colas diferentes de pacientes
venezolanos a la caza de cualquier alimento básico subsidiado bajo la etiqueta
de precio justo. Colas multicolores, rebosantes de vida y humildad, serpenteantes,
kilométricas, formadas en su mayoría por jóvenes desempleados, madres
desesperadas, funcionarios y funcionarias escapados y escapadas de sus puestos
en los bancos o en cualquiera de las sedes de los ministerios bolivarianos y
del poder popular y sobre todo por venezolanos de la tercera edad que han
tomado sobre sus hombros la responsabilidad de llevar a sus hogares una bolsa
de harina pan, una caja de leche o una bolsa de detergente, ni hablar de pañales
o compresas higiénicas. Y también por bachaqueros –estraperlistas de baja
estofa- acopiando para la reventa abusiva.
Y me
imaginé al de la coleta haciendo cola con este maravilloso pueblo exhortándoles
a disfrutar del Paraíso…
No
quiero a mi madre que ya paso de los ochenta, ni a mis hijos que son jóvenes y
todavía desempleados, o a mi vecino Carlos al que quiero mucho, tiene mi edad y
está desempleado temporalmente, en una cola dando la vuelta a la manzana de
cualquier calle de España. Yo mismo no quiero convertirme en bachaquero.
Don Pablo,
señor Iglesias, acepte un puesto en cualquier cola de Caracas, de Maturín, de
Puerto La Cruz, de Maracaibo, Valencia, San Cristobal, Mérida o de Lechería y
predíqueles mientras la importancia de los virus sociales, los mismos que su
partido de sainete traspone en España a los desencantados y desencantadas sin
criterio a los y las que pastorea en los secos pastos de nuestra vieja tierra peninsular.
Han pasado más de dos años desde la última vez que incursioné en este recóndito baúl de sentimientos. Lo hago sin mucho que decir, pero no con tan poco de contar…
Ayer me visitó de nuevo Pintado y me entregó un sobre. Era por la tarde y yo lo estaba esperando en la cafetería del JW Marriott de Caracas donde me había citado la mañana anterior. El salón estaba semivacío y las pocas mesas que estaban ocupadas parecían sacadas de una escena de una de esas películas yanquis en las que un agente de la CIA se encuentra con su contacto en tierra enemiga. Los pocos focos que no estaban tuertos vertían una luz fría que salía de las hélices de las horrorosas bombillas de bajo consumo, enroscadas como lombrices en los casquillos de latón, y apenas servía para iluminar la inmensidad desolada del recinto.
Solo la contemplación de la belleza de las elegantes líneas de un viejo piano de cola servía para atenuar la sensación de melancolía que me invadió durante la espera.
Apenas noté su presencia. Pintado arrojó el sobre sobre la mesa y llamó al mozo con un gesto de la mano. Lo miré intentando descifrar en su rostro el rastro del tiempo pasado. Me devolvió la mirada en silencio, con un rictus que apenas era una sonrisa esbozada. Supe que nada había cambiado y que era el tipo de los eternos conflictos sin solución.
Pidió un whisky, se conformó con un etiqueta negra. Yo le acompañé. No está Venezuela para muchas exigencias estos días. Bebimos en silencio, como casi siempre. La primera copa cuando nos encontramos, sin decir palabra, es un rito entre él y yo. Se fijó en la cubierta del libro que yo tenía sobre la mesa: “El azar de la mujer rubia” de Manuel Vincent-, y dijo entre dientes algo así como: –vaya coincidencia, no te jode¡¡¡ que no entendí.
Apuró el último trago del vaso, de un golpe, sin retener el líquido ambarino en la boca, chasqueó la lengua y me miró con suspense, manejando los tiempos como el consumado histrión que es. Sus ojos brillaban divertidos, el mentón apuntó a mi rostro esperando la pregunta de rigor que no le hice. Ya nos conocemos y sabemos el tempo del ritual.
Golpeó el sobre con un dedo y me dijo: -La tercera, chupatintas. “la balanza del pecador”. A ver qué haces con ella…
Acto seguido se levantó y me dejó mirando el sobre mientras él hacía mutis por el foro. Toqué a bulto y le calculé algo así como doscientas hojas, casi media resma de folios. Alcé la mirada con apenas tiempo para verle dejar el lobby del hotel agarrado de la mano de una mujer rubia y esbelta, de piernas esculturales y figura divina que le siguió dando saltitos…