Esta nueva entrega de la saga protagonizada por Ginés Pintado nos introduce en una historia de venganza y corrupción. Elena Carrión –la particular Moriarty de Ginés- hace de nuevo irrupción en escena para desquitarse de su obligada salida de escena en la novela anterior.
Pintado persigue el rastro de su ex mujer desaparecida en Buenos Aires, por Argentina, Bolivia y Perú. Lo inesperado se hace presente cuando la Organización que dirige el magnate Ricardo Sanmartín le obliga a planear un atentado contra un viejo amigo y colega, ahora Ministro del Gobierno argentino.
Una trama ambientada en la Latinoamérica gobernada por las grandes fortunas en la que dos siglos después las familias patricias que protagonizaron la independencia de la metrópolis siguen ostentando el poder. Ahora no sólo ejercen el dominio político y económico, más allá de la corrupción, son los señores del tráfico de drogas y la trata de blancas, con las que se complementan los ingresos de las corporaciones familiares.
La sombra del Cisne Negro es una historia donde la maldad destila la suficiencia del poder y donde la razón no es arma bastante para limitar el daño que aquella produce. Una historia en la que el amor ha dejado su sitio a la soledad permanente del héroe.
La tremenda noticia que me ronda la cabeza ha sido la del
caso de la niña rusa a la que su madre también rusa prostituía por alcohol y tabaco
en Almería… Tantas veces la realidad a la ficción que no debiera sorprenderme
que estas cosas sucedan.
El pasado fin de semana concluí la lectura de Soles Negros,
la última novela en la que Ignacio del Valle retoma la figura de Arturo
Andrade. La leí de una sentada, sin ser capaz de levantarme del sofá, apurando
la luz de la sala mientras que por el ventanal dejó de escurrirse el último
halito de claridad necesaria para enfocar mis cansados ojos. Cuenta una
historia de miseria y podredumbre moral en los primeros años de la posguerra.
Andrade ha recorrido un largo camino desde que lo hallé dentro del Arte de
Matar Dragones, siendo joven ha envejecido y se ha transformado, casi ha
perdido cualquier rastro de piedad o compasión por sus congéneres, ya no quiere
salvarse del naufragio y hace lo mínimo por sobrevivir, sólo un viejo compañero
de armas, Manolete, con alma más ligera de pesos, menos complejo, pero también
con menos lastre moral, lo mantiene pegado a la tierra y lo redime por
instantes de caer en la sima de la descomposición. Esta vez me ha costado
mantener un mínimo de simpatía por el personaje, era lógico que ocurriera, es
casi imposible mantenerse incólume ante tanta podredumbre, pero tenía la
esperanza de que se sobrepusiera a ella porque le atribuía al soldado un
carácter capaz de superar cualquier situación. No ha sido así, el autor ha
decidido no redimirlo de esta y el ser humano sale mal parado, ha perdido casi
todos los valores, apenas mantiene cierta dignidad ante el colega, el apoyo a
Mencía, la esposa del guerrillero huido al monte con el maquis, la promesa que le mantiene al preso
anarquista que trabaja en la sierra, pero poco más…
Es una gran novela, nada complaciente, vibrante y real, como
la vida misma, en la que el personaje nos arrastra a una realidad que supera a
la ficción, como la vida de esa ya no tan niña de trece años, que en Almería,
delante de todos, de la policía incluso, se prostituía para su madre no tan
madre, por alcohol y tabaco…
Como en la película de culto de Harold Ramis “El día de la
Marmota (Atrapado en el tiempo)”, miles de venezolanos viven su particular vivencia
a la hora de renovar sus documentos de identidad. Y como Bill Murray –el protagonista-
reviven, semana tras semana, la misma escena que el periodista revive a diario en
el pueblecito de Punxstawnwey dónde acudió a cubrir la aparición del roedor Phil…
En la Venezuela de hoy resulta prácticamente imposible
renovar la cédula (carnet de identidad) o el pasaporte. Sólo recurriendo a
terceros bien relacionados, llámese funcionario del aparato del estado,
burócrata del SAIME o del Ejército, pueden obtenerse los citados documentos al
módico precio de 500 dólares al cambio, sin que ello implique seguridad alguna
de recibirlos.
Lo que cuento no es ningún chisme, le ocurre a miles de
ciudadanos y lo he sabido de primera mano, seguro que usted, si es que vive acá
puede corroborarlo. Si alguien armado de paciencia e inocente corrección
demócrata accede a una oficina del SAIME a reclamar su carnet o solicitar la
renovación del pasaporte obtiene un lacónico. “Vuelva dentro de quince días”… Y
así en repetición de un particular día de la marmota bolivariana.
Sin embargo estas semanas Maduro publicita el "Carnet de la
Patria", un documento de identidad electrónico que regulará el acceso a
alimentos y artículos de primera necesidad adquiridos en los Comités Locales de
Abastecimiento y Producción (CLAP).
El presidente de la República hizo un llamado al
fortalecimiento de los Clap como el instrumento ideal para concretar en 2017 la
recuperación de la economía: "Hay que fortalecer los Clap y el proceso de
carnetización; debe haber puntos de inscripción para el Carnet de la Patria en
todos los estados y así derribar los muros de la guerra económica y encaminarnos
a la recuperación". Maduro además insiste en la importancia de que todo el
pueblo asista al proceso de carnetización, porque "es la única forma de medir los
alcances de la revolución" y llegar hasta donde, por ahora, les ha sido
difícil concretar los cambios.
Estamos buenos, igual hasta me tengo que hacer
revolucionario para acceder a los alimentos básicos…
Y sobre todo no sean ingenuos, detrás de todo esto, el Totalitarismo, el aparato del Estado intentando frenar la sangría de venezolanos que abandonan el país porque no les queda otra, el control a ultranza, los puentes dinamitados para que nadie detrás acceda o salga de la zona de guerra... En cualquier caso un atentado contra la libertad del individuo.
A la vista de todo esto, Señor Zapatero, ¿sigue usted siendo optimista?
El otro día en un encuentro entre directivos de empresas
españolas en Caracas, me han comentado, uno de ellos expresó con enorme disgusto
su decepción y la vergüenza que le producía como español la presencia del Sr. Rodriguez
Zapatero, el ex presidente de gobierno español, ya saben, en la mesa de diálogo
entre el Gobierno y la Oposición venezolana.
Comparto plenamente ese sentimiento y en otras entradas he
expresado mi opinión sobre este señor. Algo tendrá el agua cuando la bendicen,
pero nunca he sido y sigo sin ser capaz de ver las capacidades de Zapatero y me
cuesta trabajo entender lo que hay en esa mente que intento escrutar más allá
de esa mirada entre bovina y canina que parece el fruto de un imposible cruce
entre charolés y san bernardo.
Desde acá solo recibo comentarios de amigos y conocidos
poniéndome de vuelta y media al interfecto, pero si se analiza lo que ocurre no
queda otra salida. Veamos.
He buscado la últimas noticias sobre JLRZ: “Zapatero: Soy
optimista sobre un futuro en paz y convivencia en Venezuela” dice el titular de
El Nacional del 1 de febrero. Le doy vueltas y vueltas a la afirmación del
prohombre y sigo leyendo: “el afán por la convivencia exige lucha por la
convivencia, intentar generar confianza y mucho respeto”. Ahí le ha pegado,
pienso, coño, va orientado. “Hay mucho antagonismo en Venezuela, pero nosotros
la Unasur con los acompañantes estamos en un empeño decidido a que la senda de
Venezuela no sea la de la confrontación, una confrontación que sería muy grave,
sino que sea la senda del entendimiento”…
El periodista resume: Rodríguez Zapatero aseguró en su
discurso -tras recibir la distinción (Doctor Honoris Causa por la Universidad
Autónoma de Santo Domingo), Diosss¡¡¡- que mantiene una “visión positiva de la
acción política” y que su “optimismo permanece y que incluso está optimista
sobre el futuro en paz, en progreso y convivencia en Venezuela, tarea a la que
ahora estoy muy empeñado”.
Este optimista, tonto hasta decir basta, estúpido –en sentido
literal- no se ha dado un paseo por las calles de Caracas ni de cualquier ciudad
o pueblo venezolano, no ha hecho una cola, o no ha sufrido en carnes propias la
necesidad de un medicamento desaparecido de los anaqueles de las farmacias.
Este, que no es más tonto porque no practica, no ha sentido ese pellizco en las
entrañas cuando te acercas en tu coche, en cualquier carretera, a cualquier
hora, a una alcabala y ves ese fusil en manos de un imberbe de la Guardia, o de
las CONAS (Comando Nacional Antiextorsión y secuestro), o de cualquier policía
que apenas sabe leer y no tiene ni para comer pero porta una Glock 17 al cinto
con todos sus cartuchos rellenando el cargador…
Semejante estulticia nunca debe ser interpretada como un
gesto de buena voluntad en pro de la paz, no he comentado la intervención del
Vaticano, que también me parece un desacierto desde el momento en que da alas a
un gobierno que no demuestra respetar los derechos humanos, a las pruebas me
remito, ni ofrecer gestos visibles en pos del diálogo sincero y transparente
entre las partes: ¿como interpretar si no el acoso al Parlamento o la ausencia
de respeto a lo que dicta la carta magna en lo relativo a las elecciones y el
revocatorio del Presidente de la República?. Cada vez que Zapatero aterriza en
Maiquetía lo interpreto como una grave amenaza para el futuro de los venezolanos
y demanda una actuación decidida del gobierno español que no debe apoyar la
presencia en zona de guerra de este indocumentado por la paz…
Y lo peor es que hay venezolanos que nos juzgan y califican por individuos como este... Qué Vergüenza Zapatero.
Una sorpresa encontrarme al otro lado del Caribe con el
alter ego cubano de Pintado, el teniente Mario Conde.
No conocía las novelas de Leonardo Padura ni tampoco,
evidentemente, a su personaje Mario Conde, un desencantado teniente de la Policía
Nacional cubana, escritor frustrado, bebedor de ron y fumador de cigarrillos,
enamorado compulsivo, intuitivo y pasional. Un tipo que quedó varado en la
Habana y que a falta de otro horizonte
hace de la isla su universo único.
A falta de la lectura de los libros he empezado con la
versión cinematográfica para Netflix. Todo un regalo que estoy disfrutando este
miércoles feriado en Venezuela.
Quien escribe, o lo intenta, conoce bien esa sensación de caminar
al borde del precipicio, la ansiedad por plasmar lo que revolotea dentro de tu
cabeza, esquivo a veces, espeso otras.
Llevo esa sensación a flor de piel desde hace días. Necesito
compartir lo que llevo dentro, contar historias, plasmar a brochazos gordos lo
que la vida me deja. Y no es cuestión de
conversación franca con la pareja o con el amigo de turno, al menos no solo de
eso. Es tirar el bote de pintura sobre el lienzo enorme en el suelo y pisar
sobre el rastro viscoso que se extiende erráticamente sobre la superficie
horizontal.
Debe ser eso que antes llamaban musa, inspiración, se hace
esquiva la condená… No me importa ser ñoño a veces, compensa la brutalidad con
la que se materializan otras las ganas de escribir. Por eso la poesía infumable
de Galdón, o el diálogo interminable con Pintado frente a una imaginaria copa
de efectos no tan imaginarios.
En cualquier caso ya conozco el remedio, es cuestión de
empezar.
Necesito contar lo que está pasando en este país dónde vivo
desde hace algunos años y comparto con otros seres humanos a los que la
realidad de este trágico comunismo caribeño de opereta, pero tan implacable y
letal como todo totalitarismo que se precie, no vayamos a confundirnos, les
está haciendo vivir en propias carnes la historia que los millones de europeos
del este vivieron hasta la caída del muro, o los cubanos, queridos vecinos
lejanos y esperpénticos, viven todavía a pesar de la desaparición del sátrapa Fidel,
o lo que algunos españolitos descerebrados pretenden a tenor de su amor por las
ideas de Iglesias y Errejón –ya veremos en lo que acaba su matrimonio a punto
de disolución-.
Llevo semanas lamentando no levantar mi pluma –nadie ha
dicho que sea buena, por si acaso a alguno se le curva el labio en un rictus de
sarcasmo- contra el opresor, para cuando menos expresar mi repulsión por lo que
sucede y dejar claro lo que pienso de todo esto. Hay ya demasiada gente que me
importa involucrada en este fangal que es ahora Venezuela, y lo llamo así
porque la vida acá es la de una charca infectada de caimanes que pelean y
depredan a todo bicho que se mueva por encima, sobre y debajo de la superficie
putrefacta.
Este país se ha convertido en un espacio donde medran los
incapaces, progresan los radicales, sobreviven los delincuentes, asesinan los
sicarios y las bandas que secuestran y extorsionan, se corrompe una juventud
cada vez más carente de los valores tradicionales de la familia. Este país que
alguna vez fue llamado joya del caribe, que estaba llamada a ser el faro de
progreso de Latinoamérica, el hogar de acogida de millones de inmigrantes
españoles (que aquí los canarios, vascos, gallegos, andaluces, extremeños,
catalanes, o linarenses , son sólo eso, putos españoles), italianos, portugueses,
sirios, libaneses, cualquiera que
procediera de países en dificultades, cualquiera que estuviera dispuesto a
compartir la vida del criollo y a trabajar duro para dignificarla tenían cabida.
En este país todos esos incapaces han empobrecido la charca, la han depredado,
agotado los recursos haciéndolos inviables. Mientras estos mismos se han enriquecido
a costa de los demás, robando a manos llenas, corrompiendo un sistema político
de instituciones débiles, manipulando la historia de lo cotidiano, empequeñeciendo
la Historia de quienes fundaron la República, antes y después de la
independencia, traficando con alimentos, mercancías, drogas, promoviendo una
sociedad en la que el espíritu se ha vuelto anécdota y folclore, el arte
futilidad inútil, la belleza consumo y la inteligencia aplicada un ejercicio estéril
y peligroso…
Y todo esto porque el sábado, de regreso de mi paseo matutino
por la playa dorada donde rompen las olas que devuelve la isla Chimana, me di
de bruces con una muestra de la brutalidad de estos días. En un pequeño
mercadito americano, de esos en los que se vende en la calle los restos de una
vida, a veces de toda una existencia anterior, sobre el suelo de cemento que
rodea un quiosco en venta, me topé con una maleta de madera, forrada de tela
cuarteada y polvorienta que alguna vez exhibió un luminoso azul cobalto, con
refuerzos de madera, cuero y latón remachados. Aquella imagen era la viva
estampa de Venezuela. Un viejo artículo de lujo arruinado al sol del Caribe, en
venta por unos mangos que ya no valen nada. Pero como sucede con la belleza en
Venezuela, no importa de dónde venga, se me quedó mirando con esos ojos
profundos de maleta huérfana y decidí adoptarla.
Traspasé la malla de alambre que separaba el rastrillo de la
acera y entré a preguntar. Un viejito, el señor Antonio, por encima de los
setenta, delgado y fibroso, cabello blanco y despeinado, sonrisa irónica, hijo
de vasca y venezolano y nieto de emigrantes españoles, me atendió: Mire usted
estoy vendiendo lo que me queda, mis hijos ya se han ido, mi mujer ya marchó –lo
dijo con brillo en los ojos-, esta maleta era de mis abuelos, la trajeron de
allá… ¿Le gusta? La miré y la llevé conmigo, ahora reposa en una esquina de mi
casa junto a otros huérfanos que recogí. Ahora ella también, algún día,
regresará…
Alberto Cortez, en recuerdo a mi padre a quien tanto gustaba
esta canción.
Pintado ha vuelto a aparecer por la misma puerta que cerró
de un portazo cuando se fue hace ahora algo más de un año. Como siempre, ni
dijo esta boca es mía, sólo me miró y con un arqueo de cejas me invitó a
ponerle una copa de lo que tuviera a mano. No está el horno para bollos entendí
en esa expresión de sus ojos un poco penetrante, un poco amable, un poco
inteligente y muy, muy escrutadora.
Mientras esperaba el fluir de su verbo, ya saben que él es
de pocas palabras, me fijé en lo jodidamente inclemente que es el tiempo con
las personas cuando nos juega en contra. No es que tuviera más arrugas, a
nuestra edad el tiempo no se mide por su número, sino por su profundidad, pero
me di cuenta que su cara estaba surcada de sufrimiento y desesperación, de
conocimiento indeseado, de ansia y de certeza de lo que le quedaba. Tenía un
ojo más abierto que el otro, asimetría que destacaba como la de dos faros
disparejos en la noche
Sus ojos me trajeron de vuelta al momento… Sabes que es
cierto eso de que la mejor defensa es un buen ataque… Que no hay sentimientos,
ni rabia ni remordimiento, más intensos que aquellos que proceden de lo que
eres capaz de adelantar en tu mente, maldita imaginación anticipativa… Y si
entiendes esos mecanismos podrás manipular a cualquier tipo, por más
inteligente o espabilado que se crea…
Al principio no entendí aquella perorata, tuve que esperar
un rato largo, el que pasó contándome lo ocurrido con La Rusa, el desenlace de
una historia, sin detalles, relatada sólo a trazos gruesos, a palmos.
Percepción masculina: Pasión sublime, tórrida, intensa y desgarradora.
Desengaño. Decepción. Incapacidad de alcanzar el cielo con las manos. Caída
libre, en barrena. Promesas incumplidas. Amenazas cumplidas con creces. Y en la
búsqueda de la protección, reproches de ella: Evidentes, Promesas incumplidas.
Subyacentes, Cobardía. En resumen un rescate fallido del Fondo Monetario
Internacional, una muestra más de la incompetencia economicosentimental de mi
amigo. He llegado a pensar que su problema no es tanto de incapacidad sino de
una mala gestión de los riesgos y del equilibrio elemental de la convivencia.
Estoy seguro de que su inteligencia le alcanza para imaginar los escenarios
alternativos, pero también que desecha todos aquellos sin final feliz, con
violines de fondo y rocío en los ojos y se olvida de que la generosidad nunca
es desinteresada y tiene un contrapunto lejano en el principio de equidad
conmutativa que gobierna la relación de pareja. En cualquier caso entendí que
estaba siendo testigo de una ceremonia de despedida. Un entierro sin cadáver de
cuerpo presente. El adiós a un sentido deseo. La liberación de un alma. El
funeral vikingo de Beau Geste.
Dejé que apurara la segunda copa de whisky –me había vaciado
la botella de Jhonnie Walker etiqueta dorada y amenazaba con atacar la reserva,
mi última tequila Don Julio-, cuando fue capaz de alzar su mirada para pedirme el
veredicto. Cada vez se me parecía más al Bogart del Sueño Eterno. Hasta entonces
yo no había hablado, lo había atendido a ratos con la mirada perdida en algún
lugar del paisaje de palmeras que nos rodeaba aquella caída de la tarde, a
ratos persiguiendo las pasadas fugaces de las parejas de guacamayas que surcaban el aire cálido y perfumado,
embelesado por la trayectoria recta de las colas suspendidas tras los cuerpos
fusiformes, con la aerodinámica perfecta de los pequeños seres de Dios, verdes,
amarillos y naranjas, pensando en el pañuelo y la mirada lánguida que recitaba
Celia Cruz… Todo el tiempo una palabra se deslizaba por mi mente, como un
letrero luminoso: Manipulación.
Quise decirle: ¿gilipollas, qué esperabas?... Pero no habría
sido amable ni elegante… En cambio le dije: Otra vez será tío, la próxima será
diferente…
Me miró, sonrió
-apenas una mueca-, quizás entendió que mi sentencia era un deseo, sólo
eso y, antes de girarse para desaparecer en busca de Dios sabe qué o quién, dijo
con una estentórea carcajada que quedó resonando en mi interior: Y el puto
Brunch tuvo que ocurrir en Maracaibo…
Yo sonreí y pensé en las ancas de mi vecina la Flaca. Sería
una buena idea pedirle que me abriera la tapa del Tupperware… (pero esa es otra
historia)
Los botones de llamada atraían mi mirada como si el mundo se
limitara a aquel pequeño dispositivo rectangular incrustado en el sucio mármol de
las paredes del distribuidor de la planta quinta del edificio de oficinas. Ya
era tarde y aquella jornada había durado una eternidad pasada entre indios –de la
India- y damnificados por la era Chávez –el carismático prócer en ciernes de la
Republica- . Aquello sólo lo podía arreglar una cerveza helada, una
conversación en la terraza disfrutando de la fresca brisa del mar o un paseo
por la playa al anochecer.
Allí estático, con el dedo cerca del botón de bajada, huía
de un día más de anonimato reconocido, de rutina asfixiante, de confirmación
del fracaso de toda una vida persiguiendo mi quimera particular. Hundí con saña
el índice en la pastilla plástica y observé la tenue luz titilante. ¿Los
objetos tienen orgasmos? ¿Los botones titilan porque reaccionan emocionalmente
a los deseos? Podía haberme preguntado aquello, pero no, lo que hice fue dejar
mi mente en blanco y mirar la parpadeante respuesta del triángulo de bajada.
La puerta se abrió lentamente, rechinando el cilindro de
arrastre, dejando ver poco a poco el contenido de la caja recubierta de acero inoxidable
ahora ajado y sin brillo. Otras veces lo que me había golpeado, saliendo a mi
encuentro, era el olor a humanidad contenida del interior, otras la plenitud
del vacío absoluto, otras la diversidad de Venezuela… Aquella sólo pude mirar a
la flaca que ocupaba el exacto centro de la plataforma de bajada. Describirla
no sería suficiente para entender lo que sentí. Su porte era distinguido. Era
guapa, sí. Elegante, también. Su piel de color del chocolate suave y su pelo
negro y liso. Sus rasgos finos y delicados, la nariz pequeña, los ojos negros y
almendrados y su boca entreabierta en una sonrisa amable. Parecía una princesa
escapada del castillo. Su mirada se dirigió hacia la mía, probablemente
preguntándose por el interés y las intenciones del hombre que la miraba de una manera
tan penetrante.
De pronto aquel espacio reducido se convirtió para mí en el
universo que quería recorrer y explorar, del que no quería salir… Y ya nunca
dejé, porque una parte de mí se quedó prendida, perdido en aquellos ojos que me
miraban y quizás, me imaginé, sonreían para mí…
Es cuanto hacía que no me asomaba al mundo por esta ventana
tan particular. Todo ese tiempo lo he pasado vagando sin rumbo fijo, dando
bordadas erráticas, aferrándome al cabo de vida sin demasiadas ganas de
hacerlo. Ha sido una travesía complicada de la que salgo vivo por los pelos…
La Rusa ha sido un personaje difícil de digerir, no me costó crearlo,
me la encontré porque decidí jugarme todo a su número. Ha sido una experiencia difícil
de calificar: transformadora, sorprendente, intensa, cautivadora, cáustica, decepcionante,
provocadora, estimulante, agotadora… Irrepetible en cualquier caso. La Rusa se
ha llevado con ella parte de Pintado. Afortunadamente.
Con ella al lado apuré la poesía que me llegaba a raudales mientras
buscaba su cercanía y tanta ilusión imaginada tras su sombra. Como única recompensa
alcancé la desesperación absoluta tan pronto me cercioré de que a su lado mi
cotidianidad era imposible. No le echo la culpa. ¿Cómo podría? Lo que sucedió tuvo
su parte de error: un error -mio, sólo mio- que, como todos, sólo lo es cuando adquiere la naturaleza
pasada, que mientras es presente llamamos amor, deseo, pasión, todo al mismo
tiempo. También su porción de acierto: Recuperé para el futuro partes de mí que
se habían perdido en el camino. Y de paso a mis hijos.
Ahora que pusimos lejanía, tiempo y espacio a partes casi
iguales, es hora de recuperar parte de lo perdido y de invertir lo ganado, que
de todo hubo. También le doy las gracias.
Como un náufrago que pisa la playa tras la tormenta he
recuperado el tacto de la arena bajo mis pies y he dejado que la mirada larga
se pose allí donde el carmesí de la puesta de sol se pierde. De nuevo la brisa
acaricia mi rostro y mis ojos se humedecen por una nueva oportunidad de vivir
sin morir en el intento.
Hace siete años estaba en Argentina y nos anunciaron el regreso a España. Entonces le escribí una carta a mi hijo. No sé si la leyó. Muchas cosas que le dije permanecen... Por eso hoy he querido publicarla, por si alguien se la lee.
Querido José Manuel, Hijo
El sol se refleja en la fachada del fondo, sus rayos
devueltos por la pared entran tímidos por la ventana y el silencio envuelve
todo alrededor como manto sutil y delicado. Todavía no os habéis despertado y
aún existe esa calma que invita a abandonarse en ella.
Es una buena oportunidad para decirte cosas que no te digo
normalmente. Desconozco los testigos de esta declaración, no les veo las caras,
pero me importa más la tuya. Todos estos años he añadido a tu vida incertidumbre.
Y raramente te he desvelado esas incógnitas que un día deseé que a su vez me
despejaran. Tengo dudas –la duda es humana, y como padre soy humano- de que
finalmente haya merecido la pena tanto cambio, aunque también la esperanza de
que un día el resultado se despliegue delante tuya, en la madurez que está por
llegar.
Nuestra relación es difícil, a veces imposible. Cuando
comento esto me dicen que es normal, pero yo creo que no lo es. Entonces me
entran ganas de gritarte que te quiero, que te amo y que te necesito... Hijo.
Quiero recordar cuando eras pequeño, busco fotos de ambos,
momentos, instantes... Sólo encuentro imágenes tuyas con tu madre, con tu
hermana, con tus amigos, con... Pero no conmigo. He perdido muchas
oportunidades contigo, demasiadas... Pero cada oportunidad perdida es un rastro
en la memoria y un deseo en el corazón... El de encontrar otra.
Vinimos a la Argentina siguiendo la estrella que siempre nos
guió. No es la más rutilante, ni la más brillante, ni la más conocida... pero es
nuestra estrella, la que distinguimos en el firmamento, la que miramos cuando
es noche cerrada y las demás no están. Ahora esa estrella nos saca nuevamente
de nuestra seguridad, del entorno que los días han hecho conocidos y
familiares, y de nuevo tus amigos, tus certezas, tus cosas se quedan atrás.
Pero otras certezas vendrán.
Me pides ser partícipe de las decisiones. Es justo. Pero a
veces no es posible, porque ni yo mismo puedo. Pero la certeza que se obtiene
de la elección no es la única posible. Hay elección si hay libertad, y la
libertad, Hijo, hay que conquistarla, hay que merecerla. Y en eso estás. Y en
eso estamos...
De nuevo tenemos otra oportunidad, nuevos amigos, que se
añaden a los antiguos, porque los amigos no desaparecen quedan, anclan tu vida
y tus recuerdos, tapizan tu experiencia, te aseguran un lugar en el universo, y
en la pequeña historia de los seres humanos.
No te engañes Hijo, todo en este mundo exige esfuerzo. Nada
que valga la pena se encuentra sin pesar, pero el pesar es temporario, mutable
y gozoso cuando al fin se consigue el objetivo –busca el tuyo-. Por eso, de
nuevo, debo pedirte el cambio. Navegar hacia algo desconocido, sin prometerte
–que no puedo- arribar a puerto seguro, pero es que Hijo, tú eres marino,
navegante de deseos y buscador de quimeras, que tu vida -en eso tienes la
suerte de los héroes y la de los pioneros- está llena de aventuras.
Comparte hazañas con tus amigos, navegantes como tú de esta
singladura incierta que es la vida. Brazos fuertes, y mirada clara, las armas
del marino. Queda con ellos en puertos
lejanos y haced del universo el mar de los humanos... Vuestro Mar, el Nuestro.
Cada día sin ti, parece desvanecerse en la nada, egoísta y vacío
Cada día sin ti, bajo al Averno
Cada día sin ti, mi alegría, esa que tu pones, en la miseria desaparecida clama
Cada día sin ti, mi furia enerva y mi rabia crece, torpe y tosco, garrote de tu espíritu
Y esa torpeza deja entrar en tu morada el odio que como el viento barre nuestro amor
Cada día sin ti, mata un pedacito de mi alma, el mismo que anhela
tus besos y necesita tus caricias.
Cada día sin ti, mi sonrisa lleva y mi gesto ensombrece, porque mi vida sin ti no
soy nada
Porque mi vida, sin ti, no siento nada.
Porque mi vida, cada día sin ti, muriendo mi alma, ni
siquiera hay llanto que consuele la pena que ahoga mi garganta, la misma que
anhela tu dulce boca para saciar la inmensa sed que siento.
Porque mi vida, contigo, quiero, porque mi vida, contigo,
odio…Los días sin ti...