Anoche tuve el privilegio de cenar con dos viejos amigos en un local clásico entre los clásicos.
El tugurio, una vieja taberna, está escondido en el Dédalo de callejas que rodean al Mercado de San Anton en Chueca. La fachada no dice nada, la puerta está protegida por una vetusta reja de celosía que se abre a primera hora de la tarde.
Se accede al local tras atravesar una vieja cortina de terciopelo rojo, como aquellas que protegen la entrada de la vista en locales de dudosa reputación, de esos en los que antes sólo había mujeres malas y humo.
Nos sentamos en una mesa en un rincón, junto a cuatro fotografías con la secuencia de la cogida y muerte de Manolete en Linares. Más allá cuadros, impregnados del humo de los habanos que se fumaron algún día. Oleos de motivos taurinos. Muchos de ellos tristes y complejos, como la aguda punzada de las cornadas que esconden.
Entraron cinco guiris que el viejo camarero escondió en un reservado para que no estorbaran demasiado. Los cinco, tres mujeres y dos hombres, pidieron rabo de toro, cinco raciones, y agua sin gas. El camarero intentó endilgarles un par de raciones de croquetas –Chicken crockets en inglés, mira tú- sin éxito.
Frente a nosotros ocupó plaza una pareja, ella una colombiana morena, guapa, él un afortunado hp que nos miró con chulería una buena parte de la noche, y que rió como una hiena , la boca cerrada y los labios inclinados, cuando mi amigo Ricardo volcó sobre mi una copa de vino tinto que me dejó hecho unos zorros.
Entre plato de callos y merluza a la romana hablamos de lo divino y de lo humano, despachamos un par de botellas de rioja y nos reímos de lo lindo.
Luis y Ricardo son dos viejos bucaneros que todavía creen en el compromiso, la confianza y guardan hueco para las emociones a la hora de vivir la vida. Ambos me devolvieron un ratico de ilusión perdida, y juntos trazamos un plan para salir de la crisis.
Se lo mandaremos a Mariano antes, así que me perdonarán los lectores que no lo desvele hoy. Ya sabrán en su tiempo cómo ha salido España de la crisis.
Terminamos la noche tomando una copa en Candelita. La barra solitaria solo acogía un par de parejas melancólicas y una chica de piernas largas, como unas vacaciones en el infierno. Supusimos que era Chilena, por el acento, y eso que no nos habló. Nos quedamos sin saberlo. No preguntamos.
Sólo nos miró y susurró algo al camarero, un equívoco muchacho, habitante de la zona, que puso una pieza con la que otro, siempre es otro, sacó a bailar a la chica. No sé en qué quedo la cosa, nos fuimos antes, pero si sé que hubiera hecho Pintado…
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